domingo, 13 de diciembre de 2015

DESMORONANDO EL TIEMPO



DESMORONANDO EL TIEMPO

Recibí una llamada del Director del Museo de Historia de Celaya, el historiador Rafael Soldara Luna, con quien he coincidido en diferentes ocasiones sobre temas literarios, para invitarme a leer el primer libro del escritor Israel Mendoza Torres.
Rafael me pidió que los acompañara en la lectura de la presentación aquí en la Casa de la Cultura. Cuando leí los primeros cuentos de inmediato me atrapó la sensibilidad de Israel. Escribe con el puño del alma. Las historias en su libro, Desmoronando el tiempo, son reminiscencias personales de otro tiempo, otro lugar y otras circunstancias. Pero cualquier lector puede identificarse plenamente. En cada una de ellas el paisaje nos muestra las tonalidades de una liberación plena. El cuento que hoy presentamos a nuestros lectores es pertinente a nuestros días. Israel nos relata de manera lineal, pletórica de emociones, una historia muy actual.
Julio Edgar Méndez


EL REGRESO A CASA DEL PELIRROJO SAMUEL
Israel Mendoza Torres

Samuel siempre fue un chico saludable, lleno de energía. Con sus escasos 17 años y lleno de muchos sueños se sentaba, todos los días, a la orilla de un monte, cerca de su casa. Ese era su lugar favorito después de la larga y pesada jornada de trabajo al lado de su madre en los sembradíos. Samuel, con sus cabellos rojizos, miraba a lo lejos imaginándose aquel día en que todo cambiaría en su vida. Y así pasaban las horas hasta que el sol amenazaba con dormir. Era momento de ir a lavarse los pies y las manos para sentarse a cenar.
— ¡La mesa está servida! —anunciaba Doña Antonia, mamá de Samuel, Rosa, Martina y Gonzalo, de 17, 15, 13 y 6 años respectivamente. Como era costumbre, y a falta de su padre, el hermano mayor tendría que oficiar la oración de los alimentos. Frijoles remolidos y servidos con chorizo y queso rallado, atole de avena y, un bolillo cada quien. El aroma del brasero y el ruido que los pollos hacían era el ambiente de todos los días. Rosa y Martina ayudaban a levantar los trastos sucios y lo que se ocupó en la cena. Doña Antonia lavaba los trastos. Samuel y Gonzalo corrían al baño para lavarse los dientes antes de dormir. La luna se filtraba entre las rendijas de la ventana de madera que se encontraba del lado izquierdo.
Amaneció. Samuel le dijo a su mamá que quería hablar con ella a la hora de la comida. —¿Estás bien, te ocurre algo? Seguro peleaste con los hijos de Don Silvestre, ¿verdad? —Doña Antonia cuestionó a su hijo. —No mamá, no es eso, es sobre algo que he estado pensando. Lo hablamos en la tarde, ya se nos hace tarde y los burros ya terminaron de comer. Hay que irnos—. Y fue así como Samuel se montó a un burro, el cual cargaba una carretilla vacía; Rosa y la mamá se montaron a otro trasladando consigo dos canastas grandes.
Enervados, con el sudor en la frente y espalda retornaron a casa. Martina se encargaba de cocinar para su mamá y sus hermanos. Gonzalo, al regreso de la primaria, les daba de comer a los pollos y a los dos cerditos que tenían. Sentados en la mesa, comiendo huevo con nopales, acompañados con frijoles recién hechos en la olla, agua de limón y tortillas de maíz hechas a mano. Martina se paraba a cada momento para ir a traer las tortillas que terminaban de hacerse en el comal.
En el ir y venir de Martina, —Mamá, voy a irme a trabajar a la ciudad de México— inesperadamente aseveró Samuel a su mamá. Martina con las tortillas en la mano se sentó y, al igual que todos, se quedó en silencio, como si un ruido enorme los hubiera mantenido así. —Pero ¿qué vas a hacer allá tan lejos, sin nadie? ¿A dónde vas a vivir?— con los ojos inundándose por las lágrimas Doña Antonia le preguntó a su hijo. Severa pero sin ocultar el dolor que le provocaba la decisión de Samuel, dejo la cuchara de peltre sobre la mesa.
—Sólo faltan dos días para que cumpla los 18 años, podré trabajar allá y mandar dinero para que salgamos de ésta pobreza. No quiero que nos la pasemos comiendo frijoles, huevo, salsa y tortillas para siempre. Ya está próxima la navidad y ni árbol podemos tener. Gonzalito no tiene más que un par de juguetes; los mismos que usamos nosotros—. Con la voz quebrantada, el hijo mayor participaba de su decisión.
La mamá no podía creerlo, sentía que al irse el hombre de la casa (como hace años el padre se fue, en busca de un buen empleo y una mejor vida, y nunca volvió) no regresaría jamás. Pero con la fuerza que siempre identificó a Doña Antonia le dijo —que Dios te bendiga hijo mío. No sé si volverás, pero siempre estarás en nuestro corazón. Haz lo que mejor creas conveniente y vuelve si no tienes éxito, aquí te estaremos esperando—.
El 23 de diciembre, a las seis de la mañana, Samuel con sus maletas en mano se dirigía a la puerta de madera, vieja y con rechinidos al abrirla o cerrarla, donde sus hermanos y su madre lo esperaban con la tristeza enorme que los embargaba.
—No se pongan así, volveré; les juro que volveré. No sé cuándo pero me tendrán de regreso. Rosa, ahora tú eres la que llevará las riendas de la casa después de mi mamá. Martina, tendrás que poner más empeño para ayudar en la casa. Gonzalito, prométeme que seguirás estudiando y que harás tu tarea como hasta ahora; te vas a portar bien con mamá y con tus hermanas. . . Mamá, le prometo que regresaré por ustedes y nos iremos a vivir a una casa donde no pasemos frío, hambre, ni padezcamos la temporada de lluvias—. Doña Antonia abrazó a Samuel.
El autobús salía a las 7:10 de la mañana de la estación del pueblo, en Chiapas. Samuel, quien se caracterizaba por su cabello rojizo y pecas en las mejillas, se separaba de la comunidad que lo vio nacer, pero de la que también recibió golpizas a causa de la pobreza extrema en la que vivía. Viajaba con una maleta grande y una caja de cartón amarrada con mecate, sentado en la parte media del autobús, recargando su cabeza en el cristal de la ventana, veía como se separaba de su pueblo.
Llegó a la Terminal de la ciudad de México, bajó del autobús y sin rumbo fijo caminó hasta llegar a un restaurante que solicitaban lava lozas. Preguntó sobre el empleo. Lo consiguió. Dormía en el establecimiento, en un cuarto que se encontraba junto a la cocina; fue por un arreglo que sostuvo con los dueños del lugar. Samuel, como siempre lo hizo en su natal pueblo, su trabajo fue la mejor carta de presentación. El restaurante no era grande, tampoco chico. Pero siempre estaba lleno porque recibía a todos los viajeros de la terminal de autobuses de la capital mexicana. Así pasaron varias semanas. Su sueldo era muy poco, pero lo que podía lo ahorraba. En su hora de descanso, acostumbraba a leer los periódicos. Siempre en la sección de empleos. Un anuncio le arrancó la comida de la boca. Buscaban a hombres delgados, altos y atractivos sin experiencia para una nueva agencia publicitaria. Pidió permiso al matrimonio, dueños del lugar, y fue.
Con un pantalón de mezclilla y una playera negra lo acompañaban. Se sentó en una pequeña salita donde, le indicaron, le llamarían para entrevista. Estaba muy nervioso. En momentos, Samuel veía pasar a muchos jóvenes y su inseguridad no abrazaba. Parecía un desfile de modas al que no estaba acostumbrado. En cierta ocasión, sentado en la barra del restaurante, Samuel veía un canal de televisión donde desfilaban hombres con ropa colorida. Caminaban con mucha seguridad. Samuel tendía a encorvarse debido a su trabajo de carga que siempre llevó en casa de su madre. Apareció una mujer muy arreglada y lo llamó. Entró a un set donde estaba una pantalla blanca, como si fuera un muro de cortina. Cámaras por todos lados. Samuel sólo observaba sorprendido. Le indicaron que se sentara en un banquito en medio de todo eso que lo cautivó. Lo contrataron. Así surgió su primer empleo. Dentro del contrato que firmó, mencionaba que estaría en una escuela para capacitarse en muchas áreas de modelaje. Era una inversión que la agencia tenía para preparar modelos que fueran contratados por grandes marcas y así contar con excelentes comisiones. Ganaba dinero mientras acudía a la escuela por las mañanas. Por las tardes se iba al restaurante.
Comenzó a tener llamados para diversas marcas de prestigio. Ahí conoció a un compañero, quien le dijo que necesitaba a alguien para compartir departamento. Los gastos eran muchos y si se compartían el gasto era menor. Samuel se mudó. Dio las gracias al matrimonio que le brindó la oportunidad de trabajar y vivir cuando estaba solo en esta ciudad.
Emmanuel, de piel blanca, cabello castaño claro, ojos grandes, organizó una cena de cumpleaños para Samuel, quien ya cumplía la mayoría de edad. Cuando el pelirrojo entró a casa, todo estaba apagado. Encendió las luces. Sobre el piso había una tarjeta. La levantó y abrió. “Te tengo una sorpresa”. Siguió avanzando entre la casa y llegó hasta el comedor. La mesa estaba servida para dos: copas, vino tinto, pasta y salmón. En medio un enorme pastel que tenía en la cubierta una frase “feliz cumpleaños”. Samuel fue sorprendido aún más cuando sintió que unas manos cálidas y suaves envolvían sus ojos. Volvió hacia quien le cubría la mirada y estaba ahí Emmanuel. —Feliz cumpleaños, Samuel—, le susurraba mientras le brindaba un fuerte abrazo.
La relación de amistad que sostenían Samuel y Emmanuel se fue tornando en algo más estrecho. Una mañana de domingo, mientras Samuel preparaba el desayuno, Emmanuel llegó de correr por el vecindario y se fue directo a la ducha. Salió con un pants negro y se dirigió a la cocina. —¿Qué hace falta?—, le preguntaba a Samuel mientras sacaba del refrigerador una jarra con jugo de naranja.
Un día, los compañeros de cuarto decidieron ser más que amigos. Comenzaron a enamorarse y no podían ocultarlo. Samuel se sentía muy bien al lado de Emmanuel. Desde siempre se dio cuenta que era homosexual (por eso es que los hijos de Don Silvestre lo molestaban), pero no quiso mortificar a su madre diciéndole algo que podría lastimarla, sobre todo porque era el encargado de la familia desde que su padre los abandonó.
Samuel abrió una cuenta a nombre de su mamá en donde mes con mes le depositaba dinero; cada vez era más la cantidad. Doña Antonia, por un lado estaba tranquila de que su muchacho estuviera bien y con trabajo; pero por el otro, le preocupaba la forma tan rápida de ganar dinero. Samuel le decía, a través de sus cartas, que era producto de su desempeño en el restaurante, pero no era así. La razón por la cual Samuel le escondía a su madre la forma en que ganaba el dinero era porque él vivía en un departamento con otro chico, su novio.
Pasaron así cinco años. El departamento de Samuel cada vez se hacía más lujoso. Una noche, sentado en su sofá que se encontraba en el cuarto de televisión, pasaron un anuncio comercial sobre la navidad. Necesitaba sentir el abrazo de su familia y recordó lo que le dijo aquella tarde, a la hora de la comida, su mamá —No sé si volverás, pero siempre estarás en nuestro corazón—, una lágrima recorrió su mejilla hasta que cayó en su mano. Se paró, se fue a su habitación, se metió a las cobijas, abrazó a Emmanuel y se dispuso a dormir.
Cada navidad era más dura, sabía que estaba ganando dinero y que su familia estaba viviendo mejor que antes, pero no se sentía bien porque le faltaba el abrazo de su madre. Nunca nadie le dijo que era un chico guapo, y cuando comenzaron a contratarlo, precisamente por aquello que según él no tenía, vino un choque de emociones. Hasta que encontró a Emmanuel, quien le recordó que era importante la familia, que a pesar de vivir juntos, la familia no sólo eran ellas dos, también su madre y sus hermanos. Necesitaba ir a verlos.
Sábado 24 de diciembre; siete años después.
La familia de Samuel preparaba los alimentos que ofrecerían a Dios antes de llevárselos a la boca. Martina de pronto oyó que la cerdita, que se encontraba en el corral, estaba a punto de dar a luz. Todos salieron a auxiliarla. Eran casi las 10:10 de la noche. Dos cerditos nacieron; buscaban a su mamá, quien estaba cansada del proceso de parto. Felices todos por la llegada de dos animalitos más.
Doña Antonia dijo —vayámonos a arrullar al niño que ya casi es hora de cenar y se va a enfriar todo. Entraron a la casa y se dirigieron al árbol de navidad que les enviara el hijo mayor desde la ciudad de México; vaya sorpresa que se llevaron, el niño Dios no estaba. Comenzaron a buscarlo y no aparecía. Las manecillas del reloj amenazaban con colocarse a las 11:50 de la noche
—No puede ser, pero si lo dejamos hace un momento aquí, ¿no lo dejaríamos en el corral?— dijo Rosa. —No, pues antes de irnos lo dejamos en su pesebre— aseguró Gonzalo, quien ya había cumplido los 13 años de edad. De pronto la luz se fue, había que correr por las velas. Las encendieron y decidieron irse a sentar a la mesa, pues ya casi darían las doce de la noche, momento de orar, brindar y cenar. Llegó la luz. A lo lejos, cerca de la sala se oía una letanía. Y todos voltearon y descubrieron que era Samuel. Salió de atrás de uno de los sillones y traía consigo al niño Dios. Todos corrieron a abrazarlo.
Samuel era todo un hombre, guapo, fornido y vestido con muy buena ropa. Había dejado su automóvil cerca de la casa. Traía regalos para todos, un pavo ya preparado. Doña Antonia sabia que lo que había ocurrido con el alumbramiento de la cerdita era un muy buen augurio —sabía que regresarías; tarde o temprano volverías a casa—. El chico pelirrojo tomó entre sus brazos a su madre —y yo le dije que regresaría por ustedes—. Las doce exactas marcaban el reloj — ¡Feliz navidad!; otra vez juntos— gritó entusiasmado Gonzalito.
Ya para el año nuevo, Samuel llevó a Emmanuel, con quien toda la familia se sentía a gusto. Realmente no importaba lo que fuera su hijo, lo importante es que era feliz y todos así lo eran también.


*Israel Mendoza Torres se formó profesionalmente con la carrera en ciencias de la comunicación. Especializado en literatura y periodismo. Cuenta con 10 años de trabajo literario. Ha escrito más de 300 artículos periodísticos y de investigación publicados en diversos medios de información de Estados Unidos, México, Chile, Ecuador, Argentina, Venezuela, Brasil, Costa Rica, Cuba, El Salvador, España. Y posee más de 50 entrevistas a personajes públicos.


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