domingo, 1 de enero de 2017

IN MEMORIAM…


IN MEMORIAM…

Fundado por el cronista y escritor Herminio Martínez, el taller Diezmo de Palabras, activo desde hace más de veinte años es el lugar donde coinciden personas buscando refugio para sus palabras, para su poesía y sus narraciones. En él, se pueden encontrar historias variadas, las que van de encuentros a desencuentros, las que se asoman al futuro o las que apuntalan el pasado, con repasos a la historia o con leyendas, pero lo que ahí se construye en cada sesión no es sólo un escrito, es su escritor, quien elabora los planos de una obra y levanta la estructura donde él y cada palabra que lo asalta se convierten en una plataforma. El objetivo es sencillo, hacer de la escritura el oficio que ha sido siempre: el de invocar al lenguaje más que como una forma de expresión, tal vez en lienzo, en música, en movimiento inagotable, en el testamento de sombras y luces que somos y que nos transforman a cada uno de nosotros en personas.
O como en esta ocasión, para recordar al maestro, luego de más de dos años de ausencia, con lo mucho que pudimos aprender de él.
HÉCTOR ORTEGA

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A MI MAESTRO, HERMINIO MARTÍNEZ
Eduardo Vázquez G.

Tristes noticias rompen mi sueño
y lo que queda de cielo oscuro
se revuelve con mis ideas.
Jamás en la vida encontraré ese riel que nos guiaba.
Solo queda la paciencia para llorar la angustia.
Los recuerdos inundan la soledad de las calles
donde este silencio me grita tu adiós.
Pero lo tuyo se queda conmigo para siempre,
hasta siempre, hasta mis últimos días.



ÁNGELA
Gilda García

Tan sólo pensaba en ella, en su boca perfecta y en su cabello largo de exquisito perfume. Pero no tenía caso evocarla, con certeza se ha olvidado de mí. Hace tres años que no tengo noticias suyas. Creo que perdió el interés en cuanto la suerte dejó de escoltarme, los recursos iban decreciendo y ella bajó su cuota de besos y abrazos, yo no era el tipo de hombre que buscaba, tan solo un artista que recién se hacía de un nombre y ella quería garantizar su futuro a través de la gran belleza que poseía. No dudo de su éxito. Luego de haber bebido algunos tragos en un bar famoso del centro, la cabeza me daba vueltas, decidí no tomar más. Enfrente, la Plazuela de los Sapos estaba repleta, el cielo estaba limpio esa tarde de agosto. De pronto la vi, ahí parada viendo ansiosamente su reloj, Ángela usaba un vestido de flores y la misma chaqueta de mezclilla de siempre, su favorita. Esperaba a alguien. Mi estómago se contrajo en un movimiento involuntario como cuando tengo ansiedad, pedí un Vodka. Quise levantarme para hablarle pero, tenía miedo de confirmar que Ángela estaba definitivamente prohibida para mí y recordé que la última vez que estuvimos juntos, sus ojos miel dejaron claro que no querían volver a verme. Tuve una avalancha de recuerdos, su risa franca volvió a mis oídos y la calidez de sus manos me hizo estremecer. Imaginé un encuentro en donde ella me besaba efusivamente y mostraba arrepentimiento por su desaparición. Al cabo de unos minutos, el anhelo ardiente de su cercanía hizo que pasara por alto todo y caminé con poca seguridad directo a ella. Seguía impaciente con la mirada en las manecillas. Nadie la acompañaba aún. Repentinamente un hombre con gafas oscuras y con porte de guardaespaldas la tomó por el brazo y le dio un fajo grueso de billetes, un lujoso auto Cadillac estacionó frente a ellos y subieron de inmediato. El coche voló por la calle hacia el bulevar en donde dobló hacia la izquierda para perderse por la ciudad infinita.



IN MEMORIAM
Arturo Grimaldo

Ayer,
hombre de tierra y flores
de cielo y estrellas luego;
pluma eterna de inspiración
lluvia que aligera el fuego.
Ausencia y presencia etéreas
sombra de viento cierzo;
pensamiento de mar y cielo
autoridad y autoría en el verso.
Ánima salpicada de tinta
letras cubiertas de melodía
abrazo de perfección eterna
sonrisa de la tarde al día.
Ni el paso fúnebre del tiempo
ha vencido la fuerza de su voz;
tampoco la lluvia temprana
ha podido ocultar el sol.
Tolvaneras de olvido
solaparon desconsuelo;
brilló más su estrella
¡Se ha ido el duelo!
Hoy,
no se hable más de su ausencia
sus letras están presentes;
escritas en el corazón,
grabadas en nuestra mente.

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LAS ÁNIMAS
Carlos Javier Aguirre

El señor Antonio San Juan de la Cruz, originario de la comunidad de La Trinidad, cuando salía de su trabajo como vigilante, compraba su garrafa de Tonayán y se trasladaba a su lugar preferido debajo un gran pirul.  Un día 2 de noviembre de 1960 -una tarde fría- sentado sobre una gran piedra apenas empezaba a saborear su bebida cuando empezó a sentir la presencia de unas ánimas que le quitaban el sombrero y le escondían su trago.
El hombre exclamó y maldijo:
—¡Hijos de tal por cual, ¡déjenme en paz!
De pronto escuchó una voz de ultratumba:
—Mira, Marco Antonio San Juan de la Cruz, cierra los ojos. Vas a ver lo te va a pasar si no dejas la bebida.
—¿Quién está dentro de ese ataud?
—Asómate para que veas.
—¡No!, ¿soy yo? -Gruesas lágrimas corrían por sus mejillas.
—Vuelve a cerrar los ojos.
—¿De quién es esa tumba? Ahí está mi nombre.
Se levantó con paso rápido y llegó a su casa muy nervioso.
—Ya llegué vieja.
—¡Pero mira cómo vienes! ¿Sigues tomando tu porquería?
—Si te platicara vieja... ¡unas ánimas me desvistieron! Pero te juro que no vuelvo a tomar una sola gota más.



HOY VOLVÍ A VIAJAR A MACHIGUA
Martín Campa Martínez

UNO
Hoy las letras se nos caen solas,
mientras la tarde
(muchacha de sonrisa infinita)
pareciera seguir hipnotizada
oyendo las pláticas de los hombres.
El mundo se ha llenado de luces
y música de tristes acordes.
La lluvia vino a recordármelo:
ya no estás aquí,
y un ligero golpe en la memoria
avisa que sigues doliéndonos.
Dueles como el soñador
que hoy no tiene qué comer
y al día siguiente tampoco.
Dueles como esa congoja
que aroma las salas de espera
en los hospitales.
Dueles en las pocas fotografías
que conservo de ti.
Dueles en los pasillos de tu estudio,
en tus hijos, en tu canciones preferidas,
en los ojos de quienes no te conocieron,
en las espléndidas hojas del recuerdo.
Dueles en la piel de tus ancestros.
Dueles como esa última plática
que le obsequiaste a tu esposa.
Dueles como debe doler la eternidad.

DOS
La palabra es un artilugio
que uso para que no duela tu ausencia.
Ahora soy un hombre
que cincela tu recuerdo
con el destello de algún ángel.
Quisiera tenerte frente a mí
para que escucharas
lo que sigo escribiendo
en mis constantes locuras.
Le grito a mi musa, como tú me enseñaste:
Abrázame fuerte hasta que le hagas
una hendidura a mi esqueleto.
Estremece mis recónditas metáforas.
¿O acaso el amor no tiene huesos?

TRES
Sobre mí ha caído la sentencia del silencio.
Los enemigos de mis letras
vienen a patear mi historia.
Tú me dijiste que ser poeta
no sería una tarea fácil.
Y más cuando la humedad crece
como los versos que un día perdiste
y ahora circulan, se esconden,
despellejan su tinta
sobre los libros de tu estudio
donde bebías café
mientras tu voz era sombra recién abierta,
rosa empapada de sol.

CUATRO
Hoy volví a viajar a Machigua.
Busco el aroma que es tu fantasma.
Tu recóndita palabra estremecida
donde la ciudad grita desnuda,
hambrienta como sus hijos.
Los grillos que hablan el dialecto
de la llovizna y los tordos.
Los itinerarios de tu sed.
La sencillez de los nopales
y la incomparable rugosidad del mezquite.
El puente donde las pupilas enverdecen
y se unen los labios, enamorados.
El bosque donde las muchachas
recargan la seda de sus muslos.
Volví de cuenta nueva
a caminar por estas calles
buscando mitigar el dolor de tu partida.
Volví para sanarle a mi alma
sus incesantes dolencias.
Volví por si no recordabas
que el amor, al romperse,
solo es una sombra descarrilada.

CINCO
El viento pasa con sus pies polvosos
arrastrando la noticia
de un próximo aguacero.
Es tiempo de partir
antes de que la noche
deshoje tus historias
que huelen a nostalgia.
Vete y déjame el corazón
repleto de buenos recuerdos.
Vete, hermano,
pues ya viene la lluvia
latigueando a la tarde.



TARDES DE UNA VIDA
Vero Salazar G.

Los momentos remontan en el tiempo
el recuerdo se llena de añoranza.
Llevo en la memoria esas tardes en el patio de la casa
cuando los rayos del sol nos bañan
con pálidos fulgores
en espera del ocaso del día y de la vida.
Se hilvana la esperanza  sobre trapos
sueños con hilo de colores.
En el lapso existencial se tejen anhelos.
Se cuece el atole de zarza en el fogón,
agridulce como la existencia misma
de un pueblo anacrónico.
En el bosque de oyameles revolotean las almas
de los difuntos.
Convertidas en mariposas monarca
van a pasear entre la tumba del infortunio.
El vuelo es infinito dejando nostalgia en el camino.
La tristeza invade la remembranza del lejano momento.
En otro lugar la vida es inigualable,
ya no se borda la tela ni se bebe el atole.
La distancia dio paso al olvido
de un pueblo perdido en las montañas,
fantasmas volando como palomillas
y el recuerdo cubriéndome el alma
evocando esos días de charla con la abuela,
mi madre…
mi familia.


*Textos publicados en El Sol del Bajío. Celaya, Gto.

domingo, 25 de diciembre de 2016

LAS TELAS DEL CORAZÓN


LAS TELAS DEL CORAZÓN

“Yo vengo de ver, Antón,
un niño en pobrezas tales,
que le di para pañales
las telas del corazón”.
Yo vengo de ver, Lope de Vega

Ya llegó la Navidad. Hagamos algo al respecto. Si puedes ayudar a alguien a tener menos frío, menos hambre, menos soledad, no esperes instrucciones. Tú sabes a quién y de qué manera lo puedes hacer. Esa es la mejor manera de celebrar estas fiestas.
De parte de todos los compañeros del taller literario Diezmo de Palabras, enviamos un enorme abrazo a nuestros lectores y nuestros mejores deseos de que estos días sean de paz, salud y amor. Les compartimos tres bellos cuentos para leer en familia. Vale.



WASY, EL FANTASMA DEL PIANO
Soco Uribe

El ratón Wasy se había empecinado en aprender a tocar el piano.  Y no sólo a tocarlo, sino a leer música y ejecutarlo magistralmente.  Inteligente, vivaz y muy pero muy persistente, comenzó su aprendizaje cuando escuchó al pequeño Frederic tocar el piano en la sala de música de la casa que, el inteligente roedor, eligió como su residencia.
En un principio, más que atraído por la música que el niño ejecutaba, el olor a pastel de chocolate fue lo que magnéticamente lo arrastró hasta ese lugar repleto de virtuosismo. Después, el sonido del piano lo cautivó y decidió quedarse a vivir junto al intérprete de ese instrumento de cuerdas percutidas.
Wasy inició sus estudios dentro de la caja de resonancia del aparato. Por instantes, se asomaba por una pequeña ranura de la tapa a observar cómo las pequeñas manos del niño tecleaban el enorme piano de cola.
Por las noches, se introducía en esa enorme caja de madera en cuyo interior se encontraba un laberinto repleto de alambres, cuerdas, tablas, puentes, barras, bastidores y una multitud de piezas. Sobre el teclado comenzaba a dar pequeños saltos entre tecla y tecla. Por más que practicaba, brincando de un lado a otro, no alcanzaba a respetar los tiempos de los compases.  Eso lo fatigaba de inmediato y, en consecuencia, su frustración era enorme.
Por otro lado, Frederic escuchaba desde su cama los sonidos que su piano emitía en soledad, sin aparente intérprete y a deshoras.  En las noches, el niño salía de su cama y bajaba las escaleras que conducían al salón donde el piano se encontraba tocando solo.  Sin miedo alguno, se asomaba por todos lados y creía que se trataba de algún sueño, de su imaginación o, en el último de los casos, de algún fantasma. La escena se repitió durante varias noches. En vano buscó al intruso nocturno sin dar con su paradero. 
Mientras tanto, Wasy continuaba con sus exhaustivas prácticas nocturnas, hasta que claudicó por cansancio. Entonces, tuvo una magnífica idea.  Se dio a la tarea de convocar a todos los roedores polacos con talento que amaran la música, para presentarse a una audición nocturna en su guarida.
A ese llamado llegaron cientos de ratones.  La residencia se infestó de esos escurridizos animalillos y, sin preámbulo, Wasy realizó una estratégica selección. El talento de todos debería de ser extraordinario para tener como resultado una coordinación perfecta.
Después de varias horas de prueba, selección y ensayo, Wasy se quedó con ochenta y ocho ratones de tamaño regular; cincuenta y dos blancos y treinta y seis negros, para que coincidieran con cada una de las teclas del piano. Además de cuatro ratones muy rechonchos para oprimir los pedales del instrumento, cuando así lo requiriera la melodía.
Durante meses y meses, todas las noches practicaron las melodías que el pequeño niño escribía e interpretaba durante el día. Hasta que una madrugada Frederic escuchó una de sus composiciones interpretada de la manera más genial que hubiese oído. La ejecución superaba a las de muchos otros, quienes lo querían igualar en todo Varsovia.  El niño quedó sorprendido y les hizo saber a sus papás de tan sorprendente hallazgo sonoro, pero éstos lo tomaron muy a la ligera. Pensaron que el niño necesitaba descansar o que tal vez su imaginación, como su maestría en la composición y ejecución musical, era tan  desbordante que el desvarío lo comenzaba a afectar.
A la siguiente noche, el pequeño niño saltó de su cama, bajó las escaleras que conducían a la sala y decidió averiguar si se trataba de un fantasma para preguntarle cómo podía tocar el piano tan maravillosamente y hacer algunos apuntes de lo que él espectro sabía, de sus secretos o de lo que podría servirle para mejorar su técnica.
Se dirigió al piano y en el momento en que se asomó al teclado vio cómo los ochenta y ocho ratones saltaron, en desbandada, hacia la guarida de Wasy.  Mientras que el valiente roedor, se sentó sobre las partituras, lo enfrentó y le dijo:
—¡Un momento, Frederic!, no les temas, todos ellos son mis amigos. Tampoco le vayas a contar a tus papás lo que has visto.  Nosotros sólo tratamos de igualar tu maestría, pero necesito a varios de mis compañeros para lograrla. Cada uno de ellos son como dedos que utilizo para desarrollar las obras que tú escribes. Además, tal vez hasta podamos ayudarte a mejorar tu técnica. Somos tan pequeños que hemos recorrido rincones de tu piano, a los que jamás podrías llegar.  Sabemos las claves de cómo funciona el instrumento y de cómo podrías mejorar el sonido de éste. Tú, sólo mantén en secreto la localización de nuestro refugio y prometo ayudarte a mejorar día con día.
Frederic jamás los delató y Wasy cumplió su promesa de cooperación. Fue así que el pequeño niño, siguió practicando con su maestro durante el día y por la noche con el roedor y sus compañeros músicos.
Debido a la gran lealtad que se tuvieron el uno al otro, su amistad se mantuvo intacta y cordial, hasta el día en que Wasy murió. Años más tarde, El pequeño virtuoso, Frederic Chopin, viajó a Viena donde emprendió una brillante carrera profesional. Finalmente, se mudó a París donde continuó sus estudios y alcanzó la gloria.

(Wasy, significa bigotes en idioma polaco).


FÁBULA DEL VENADO TITO
Patricia Ruiz Hernández

Un día, en el bosque, estaban reunidos los animales con el propósito de realizar un concurso de artes. Deseaban exhibir sus talentos y embellecer aún más su hermoso hábitat. Decidieron que el juez sería Goyo, el oso.
Yoli, la araña, muy diligente comenzó a tejer una enorme red, muy resistente, que brillaba al sol. Ella siempre se esmeraba en hilar con preciosos diseños, a todos encantaba con sus creaciones, y en ésta ocasión lo haría todavía mejor. Chuy, el pájaro carpintero, moviendo su penacho rojo, se posó en el  tronco de un árbol para hacer figuras con el pico. Su ayudante sería Toni, el espino. Sus púas serían de gran utilidad para apoyar el trabajo de Chuy; ambos formaban un gran equipo. Entretanto, Quique, el chimpancé, tomó tizas de un árbol carbonizado para dibujar sobre un tronco, pues era un excelente dibujante. Los pájaros, Lalo y Toño, tendrían a cargo el número musical, por lo que iniciaron los ensayos para la presentación a dúo. Sabían que su precioso canto deleitaría al grupo. Mientras, Nati, la rana, sería instructora de danza de sus compañeras y Pepe, el castor, puso dientes a la obra, tomando troncos para realizar con su poderosa dentadura una bella escultura.
Tito, el venado, llegó con un extraño artefacto que tomó de una aldea abandonada por el hombre. Su plan era adornarlo con diversos objetos. Sin embargo, los animales se burlaron de él.

—¡Ja, ja, ja!, ¡qué cosa tan fea!, parece un árbol seco, con esas ramas ridículas, ¡qué adefesio! ¡No he visto algo más horrible!  –dijo Chuy.
—No está hecho por ti, lo trajiste del mundo de los hombres  -exclamó Quique.
—¡Fuera, sáquenlo! –exclamaron  a coro algunos. 
Para resolver el problema, Goyo consultó a Paco, el búho, por ser el más sabio de todos los animales. Sus juicios siempre eran atinados. Una vez deliberado el asunto, comunicó su respuesta.
—A Tito se le permitirá participar. Algunos de ustedes toman de la naturaleza el material para sus obras y lo transforman, lo mismo hará él  -dijo el justo Goyo. Los animales tuvieran que acatar aquella decisión.
Tito se esmeró en su trabajo, colgando hojas, flores y muchos extraños objetos que traía de sus excursiones al mundo humano. Finalmente quedó una estructura multicolor.
El día del concurso se hicieron las presentaciones de aquellos artistas. Algunos se burlaron de Tito.
—¡Ja, ja, ja!, es un esperpento –dijo Quique.
-Ustedes no comprenden, a esto le llaman arte contemporáneo –lo defendió Pepe. 
—No hagas caso, Tito. Algunos si apreciamos la estética y la originalidad de tu obra –dijo Lalo.
—Sí, no hagas caso –afirmó Toño-, te apoyamos.
Al final, el concurso lo ganó Pepe con su maravillosa escultura, todos aplaudieron con gusto, reconociendo la belleza de su obra.
Esa noche, comenzó una gran tormenta, los animales corrieron a protegerse a sus madrigueras. Los relámpagos iluminaban la negrura del bosque, las madres abrazaban a sus temblorosos pequeños y todos temían que la tempestad destruyera su hogar. Entonces, el cielo se iluminó y un gran estruendo se escuchó al caer un rayo sobre la obra de Tito, que resultó ser un pararrayos. A la mañana siguiente, cuando la tormenta pasó, pudieron darse cuenta que aquella estructura evitó que se dañara el lugar.  Así, aprendieron la importancia que tiene el respeto y la tolerancia hacia el trabajo de los demás.



MENSAJE
Lalo Vázquez G.

Junto con la primavera, muy temprano llego a mi ventana un pajarito. Aferrado al marco de la ventana, tocaba con su pico sobre el vidrio. Era tanta su insistencia que salí de mi cama y, al asomarme, esa maravillosa ave tan pequeña,  entonó un delicioso gorjeo que me dejó realmente asombrado. Creí que al verme cerca de la ventana se espantaría y huiría, pero todo lo contrario, sentí que venía directamente a cantarme o como si con su canto me estuviera diciendo algo. Voló a la barda de enfrente y se fue.
Al día siguiente, a la misma hora, puntual, regresó el pajarito y de nuevo picó sobre el vidrio. Al hacerlo dejaba una manchita muy tenue que apenas se percibía. De pronto empecé a dudar que fuera el mismo pajarito, como son muy comunes... Era el mismo pajarito, no había la menor duda. Me quedé observándolo fijamente: tenía su pecho y parte de su cabecita un color amarillo limón pero muy suave, y sus alas tenían plumas negras y en las puntas una manchita blanca. Sus ojitos eran muy pizpiretos y las plumas de su colita eran totalmente de color gris. Al abrir la ventana, el pajarito cantaba tan bello que parecía como si me quisiera decir algo.  Extendí mi mano abierta y se posó en ella, me tocó la palma con su piquito como si hubiera sido un beso, para luego volar y desaparecer.
Así transcurrieron varios días, tantos, que la mancha del vidrio se hizo más grande. Se había convertido en rutina que el pajarito llegara a despertarme todas las mañanas.
De pronto, un día no llegó. Pero no le tomé mucha importancia ya que yo mismo me echaba la culpa, porque tal vez me quedé dormido y no lo escuché. Al segundo día tampoco apareció y al tercero, nada. Estaba seguro de que en algún  momento  ya no iba a regresar y eso era lo que estaba pasando.
Al comentarle a una vecina -una señora de edad-  lo que pasaba con mi tempranero amigo, el pajarito, o pajarita tal vez, me decía que a veces el alma de alguna persona querida que ya falleció, se hace presente en algún animalito y que, probablemente, esa sería la señal para transmitir algún mensaje.
 —Fíjate bien por donde andaba ese pajarito y tal vez encuentres algo  –me dijo.
Rápidamente recordé que el pajarito todos los días picaba el cristal de la ventana y fui a ver. Grande fue mi sorpresa, al ver el sitio donde  picaba el pajarito. Justo ahí, donde fue creciendo la  mancha, ahora tenía forma de un corazón y debajo, estaba escrito mi nombre.


*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

domingo, 18 de diciembre de 2016

CUENTOS INFANTILES DE GRANDES AUTORES


UN PALACIO ILUMINADO POR INFINITAS VELAS DE ORO
Herminio Martínez

Al amanecer, cuando las copas de los árboles huelen todavía a lucero, me siento en esta roca a contemplar el mundo. Me gusta ver cómo se van tiñendo las nubes, las llanuras, los cerros, que poco a poco resplandecen como si las manos del aire fueran colocando sobre ellos esos colores rojos, azules, verdes y amarillos, bajados de la memoria de Dios -piensan algunos-, la cual es un Palacio Iluminado por Infinitas Velas de Oro.
¿Que cómo lo sé yo?  Qué importa. Es lo que pienso y no estoy equivocado. Toda la gente dice que estoy loco, y que a un loco no se le cree nada. Esto lo digo sólo para mí y para quienes sean como yo, es decir, de los que madrugan a sentarse sobre una roca a oler el campo, las luces, la hierba, la brisa húmeda que viene dejando caer sobre las hojas el rocío.
¡La brisa!... Ayer me sorprendió cuando iba saliendo de mi cueva. ¿No les he dicho que vivo en una cueva? Pues sí, allí tengo mi morada, algunos libros, mi ropa, dos platos rotos, un  pintura de Van Gogh, fotografías de cuando yo fui  niño, ah, y algunos juguetes para cuando me llega la nostalgia y me da por jugar delante de la luna (la luna es mi mamá). Eso es lo malo de llegar a viejo y estar loco. Ni siquiera me importa todo eso que murmuran cuando me ven pasar, mirándome como si fuera un habitante de las sombras, un ser de las tinieblas, sin saber que vengo de la luz y de estos prados que aquí huelen a aquéllo que alguna vez sentí en el Palacio Iluminado por Infinitas Velas de Oro.
De joven hacía versos, algunos los conservo en la memoria, que es el único libro que no roen los ratones. A veces, algunos hombres observan cuando me alejo hasta la otra colina y entran a revisar mis cosas, a ver qué y qué se llevan. Antes sí había qué se robaran, ahora ya no se llevan nada, ¿quién iba a querer una camisa vieja? ¿Quién unos libros deshojados? ¿O algún sucio pantalón que no le queda a nadie?
En estos instantes miro el sol, abre su boca, escupe una baba larga y encendida que baña las ondulaciones de los montes, haciéndome creer que allá, hasta donde pueden llegar mis ojos, acaba de despertarse una serpiente roja, más grande que los pueblos que también se levantan al golpe de los destellos de los rayos. Ahora es un arco iris el que corona el cielo, el horizonte es un listón flotando en el vacío, la distancia se acerca de la mano del mundo y a mí me vuelve a sostener, oh, sí, lo siento, pero voy muy feliz, porque me vuelve a llevar a ese maravilloso palacio de Dios, que es una memoria iluminada por infinitas velas de oro…
Hacen bien en descansar, suspiren, porque la historia es larga.
La memoria de Dios tiene dos puertas, una da hacia su rostro y la otra hacia su corazón, el cual, ¡pero esto es increíble! palpita al ritmo de una ciudad toda hecha de campanas. Yo estuve allí sólo dos días o no sé si eran noches o tardes, porque siempre hubo luz. Aún me acuerdo que vagaba por aquí, asombrándome, igual que ahora, antes de que terminara de ocultarse el sol. ¡Qué hermoso atardecer! Me dirigía a mi cueva cuando un desconocido me salió al paso, preguntándome que si quería ver el sol, que si no estaba interesado en saber adónde se iba a la hora del crepúsculo.
-¿El sol? –me sorprendí-. Pero si se acaba de ocultar. Ahora sólo quedan por  ahí sus lenguas de colores.
-Podemos ir adonde se ocultó, para que lo conozcas cuando duerme, lo que sueña y en quién sueña, allí en un palacio donde todo se halla escrito en grandes libros rojos.
-¿Libros? –pregunté.
-Sí, la biblioteca universal.
-Vamos, sí quiero ir – le dije.
Me tomó de la mano:
-Sólo cierra tus ojos y ábrelos cuando escuches murmurar un río, un pájaro y el viento.
Y empezamos a andar, primero sobre la tierra, después como si cayéramos a un inmenso abismo en el que nada se escuchaba, excepto nuestro propio corazón al precipitarnos al vacío. Pero de pronto allí estaba aquel rumor de aguas hundiéndose en un acantilado de rocas y peñascos, un pájaro endulzaba los aires, que gemían como si los lastimara la tristeza. Abrí los ojos, nos encontrábamos en una llanura desolada, delante de nosotros había un monte y una vereda colgada de la cima.
-Ése es el camino –comentó el personaje-. Al otro lado está el palacio.
-¿El palacio?
-Sí, el de todas las cosas, todos los nombres y todas las distancias. El infinito mismo, el universo, el cosmos.
-¿Y el sol?
-Ahora duerme. Él ocupa una gran sala. Lo podrás ver, espera un poco… No nos extrañe que nos esté soñando.
-Creí que estaba menos loco -hablé, pero el extraño ser me respondió:
-Aquí nadie está loco. La realidad tiene dos caras: la tuya y la que verás en cuanto pises el suelo donde las flores cantan. Pero antes hay que pasar el arco de la melodía de las serpientes.
El arco de la melodía de las serpientes se halla debajo de una inmensa roca, tan alta como un monte, oscura y fría como si en su cumbre todo el tiempo lloviera. En ese instante tenía nubes de fuego muy arriba, y muy abajo el puente, aquel ojo por el que el personaje y yo teníamos que cruzar hacia donde se veía una luz, una especie de alfombra hecha de sol o luna como la que admiramos en el mes de octubre.
-Es por ahí –me habló.
Yo le cogí la mano, porque de pronto sentí un golpe de frío; sería difícil precisar qué era aquello que me mordió las piernas, un ojo, la  nariz, toda la espalda.
-Te sigo.
-Hacia la luz, esa agua que camina delante de nosotros, es el sendero de las almas en paz. Ahora escucharemos la melodía de las serpientes.
-¡Yo ya la escucho!
-No, esas son las palomas que anuncian que estamos a punto de llegar. Espera, tengo que prepararte…-murmuró, poniéndome en las orejas un poco de saliva-. Así no sufrirás y podremos llegar hasta la orilla donde ya ves esa alfombra brillante: el camino, esa vereda verde por la que alcanzaremos la memoria.
-La memoria, el palacio… –murmuré.
-Lo entenderás.
En eso comenzó a silbar la melodía de las serpientes, era una música espantosa, que, con todo y saliva en mis orejas, me golpeaba como un huracán de gritos estridentes. En realidad la atmósfera era oscura, sólo aquel como arroyo de plata o luna, que era el camino hacia la cumbre, me parecía seguro, pero la melodía de las serpientes continuaba, escalofriante, ríspida, como si fuéramos atacados por un ejércitos de víboras de cascabel, dispuestas a lanzarse sobre nosotros, que no nos deteníamos.
-No resistiré…
-Cuando terminen, habremos superado esta barrera –me dijo el personaje, quien se veía dispuesto a continuar conmigo de la mano. No me soltaba, pero tampoco se veía asustado, como si ya supiera que habríamos de salir de allí.
Como así sucedió, pues de pronto ya estábamos sobre aquel río, sendero, luz, agua de plata, alfombra de colores, y al rato tocábamos una de las puertas del hermoso palacio iluminado sólo por velas de oro.
-Hemos llegado –advirtió.
Hasta entonces le descubrí un dibujo en la cabeza: era como una mancha anaranjada, parecida a un pie, un beso o la palma de una pequeña mano.
-Vamos a entrar.
-Ya están abriendo.
La sala era una estancia dispuesta como si fuera una ciudad, en la que vi dos lados llenos de ojos y dos con unas marcas parecidas a árboles enfermos. Pero nos detuvimos un poco más adentro, cuando salieron a nosotros algunos seres con alas en las sienes y unos curiosos pies que en lugar de dedos lucían hermosas flores. Nos ofrecieron de beber, también comida, yo sí acepté un poco de todo, las copas eran de oro, los panes de una materia azul, olorosa y de un sabor que no podría describirse con palabras.
-Yo no lo necesito –respondió el personaje cuando le pregunté que por qué él no bebía ni comía nada-. Ahora mi tiempo es otro.
También aparecieron unos niños pálidos, los cuales nos condujeron a otra sala, en la que, efectivamente, se hallaba dormido el sol..., ¡lo hubieran visto! Era un hombre con ropa de cristal, completamente ciego pero con una gran sonrisa dibujada en su rostro. Dormía sin moverse, boca arriba, vigilado por un ejército de aquellos personajes.
Después vimos el trono hasta donde llegaba el eterno tañido del corazón de Dios. Dijeron que era una ciudad toda hecha de candelabros y campanas. Allí nos ofrecieron unas sillas, para que miráramos o para que mirara sólo yo, aquel pasillo iluminado únicamente por velas infinitas, hechas de oro desde su llama hasta el pabilo, inagotables, porque tampoco se quemaban. Y sí, allí había abiertos muchos libros, muchas páginas escritas por dedos que quisieron hablarnos acerca del amor de Dios. Yo me puse a leer, a sentir, pero lo que leía era tan increíble, tan hermoso, tan limpio, que mi sangre comenzó a revolverse con la luz y desperté acostado en esa cueva que me sirve de casa.
Hoy apenas lo creo, sin embargo, en días así, cuando amanece el mundo como un lienzo pintado por Van Gogh, me siento a meditar en tales maravillas, de las que, acaso sin ser digno, pude yo disfrutar, ignoro si un instante, un año, un siglo.



LA FLOR MÁS GRANDE DEL MUNDO
José Saramago

Las historias para niños deben escribirse con palabras muy sencillas, porque los niños, al ser pequeños, saben pocas palabras y no las quieren muy complicadas. Me gustaría saber escribir esas historias, pero nunca he sido capaz de aprender, y eso me da mucha pena. Porque, además de saber elegir las palabras, es necesario tener habilidad para contar de una manera muy clara y muy explicada, y una paciencia muy grande. A mí me falta por lo menos la paciencia, por lo que pido perdón.
Si yo tuviera esas cualidades, podría contar con todo detalle una historia preciosa que un día me inventé, y que, así como vais a leerla, no es más que un resumen que se dice en dos palabras… Se me tendrá que perdonar la vanidad de haber pensado que mi historia era la más bonita de todas las que se han escrito desde los tiempos de los cuentos de hadas y princesas encantadas…
¡Hace ya tanto tiempo de eso!
En el cuento que quise escribir, pero que no escribí, hay una aldea. (Ahora comienzan a aparecer algunas palabras difíciles, pero quien no las sepa, que consulte en un diccionario o que le pregunte al profesor.)
Que no se preocupen los que no conciben historias fuera de las ciudades, ni siquiera las infantiles: a mi niño héroe sus aventuras le esperan fuera del tranquilo lugar donde viven los padres, supongo que también una hermana, tal vez algún abuelo, y una parentela confusa de la que no hay noticia.
Nada más empezar la primera página, sale el niño por el fondo del huerto y, de árbol en árbol, como un jilguero, baja hasta el río y luego sigue su curso, entretenido en aquel perezoso juego que el tiempo alto, ancho y profundo de la infancia a todos nos ha permitido…
Hasta que de pronto llegó al límite del campo que se atrevía a recorrer solo. Desde allí en adelante comenzaba el planeta Marte, efecto literario del que el niño no tiene responsabilidad, pero que la libertad del autor considera conveniente para redondear la frase. Desde allí en adelante, para nuestro niño, hay sólo una pregunta sin literatura: “¿Voy o no voy?” Y fue.
El río se desviaba mucho, se apartaba, y del río ya estaba un poco harto porque desde que nació siempre lo estaba viendo. Decidió entonces cortar campo a través, entre extensos olivares, unas veces caminando junto a misteriosos setos vivos cubiertos de campanillas blancas, y otras adentrándose en bosques de altos fresnos donde había claros tranquilos sin rastro de personas o animales, y alrededor un silencio que zumbaba, y también un calor vegetal, un olor de tallo fresco sangrado como una vena blanca y verde.
¡Oh, qué feliz iba el niño! Anduvo, anduvo, hasta que los árboles empezaron a escasear y era ya un erial, una tierra de rastrojos bajos y secos, y en medio una inhóspita colina redonda como una taza boca abajo.
Se tomó el niño el trabajo de subir la ladera, y cuando llegó a la cima, ¿qué vio? Ni la suerte ni la muerte, ni las tablas del destino… Era sólo una flor. Pero tan decaída, tan marchita, que el niño se le acercó, pese al cansancio.
Y como este niño es especial, como es un niño de cuento, pensó que tenía que salvar la flor. Pero ¿qué hacemos con el agua? Allí, en lo alto, ni una gota. Abajo, sólo en el río, y ¡estaba tan lejos!…
No importa.

Baja el niño la montaña,
atraviesa el mundo todo,
llega al gran río Nilo,
en el hueco de las manos recoge
cuanta agua le cabía.

Vuelve a atravesar el mundo
por la pendiente se arrastra,
tres gotas que llegaron,
se las bebió la flor sedienta.

Veinte veces de aquí allí,
cien mil viajes a la Luna,
la sangre en los pies descalzos,
pero la flor erguida
ya daba perfume al aire,
y como si fuese un roble
ponía sombra en el suelo.

El niño se durmió debajo de la flor. Pasaron horas, y los padres, como suele suceder en estos casos, comenzaron a sentirse muy angustiados. Salió toda la familia y los vecinos a la búsqueda del niño perdido. Y no lo encontraron.
Lo recorrieron todo, desatados en lágrimas, y era casi la puesta de sol cuando levantaron los ojos y vieron a lo lejos una flor enorme que nadie recordaba que estuviera allí.
Fueron todos corriendo, subieron la colina y se encontraron con el niño que dormía. Sobre él, resguardándolo del fresco de la tarde, se extendía un gran pétalo perfumado, con todos los colores del arco iris. A este niño lo llevaron a casa, rodeado de todo el respeto, como obra de milagro. Cuando luego pasaba por las calles, las personas decían que había salido de casa para hacer una cosa que era mucho mayor que su tamaño y que todos los tamaños.
Y ésa es la moraleja de la historia.
Éste era el cuento que yo quería contar. Me da mucha pena no saber narrar historias para niños. Pero por lo menos ya conocéis cómo sería la historia, y podréis explicarla de otra manera, con palabras más sencillas que las mías, y tal vez más adelante acabéis sabiendo escribir historias para los niños…

¿Quién me dice que un día no leeré otra vez esta historia, escrita por ti que me lees, pero mucho más bonita?…

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