domingo, 18 de diciembre de 2016

CUENTOS INFANTILES DE GRANDES AUTORES


UN PALACIO ILUMINADO POR INFINITAS VELAS DE ORO
Herminio Martínez

Al amanecer, cuando las copas de los árboles huelen todavía a lucero, me siento en esta roca a contemplar el mundo. Me gusta ver cómo se van tiñendo las nubes, las llanuras, los cerros, que poco a poco resplandecen como si las manos del aire fueran colocando sobre ellos esos colores rojos, azules, verdes y amarillos, bajados de la memoria de Dios -piensan algunos-, la cual es un Palacio Iluminado por Infinitas Velas de Oro.
¿Que cómo lo sé yo?  Qué importa. Es lo que pienso y no estoy equivocado. Toda la gente dice que estoy loco, y que a un loco no se le cree nada. Esto lo digo sólo para mí y para quienes sean como yo, es decir, de los que madrugan a sentarse sobre una roca a oler el campo, las luces, la hierba, la brisa húmeda que viene dejando caer sobre las hojas el rocío.
¡La brisa!... Ayer me sorprendió cuando iba saliendo de mi cueva. ¿No les he dicho que vivo en una cueva? Pues sí, allí tengo mi morada, algunos libros, mi ropa, dos platos rotos, un  pintura de Van Gogh, fotografías de cuando yo fui  niño, ah, y algunos juguetes para cuando me llega la nostalgia y me da por jugar delante de la luna (la luna es mi mamá). Eso es lo malo de llegar a viejo y estar loco. Ni siquiera me importa todo eso que murmuran cuando me ven pasar, mirándome como si fuera un habitante de las sombras, un ser de las tinieblas, sin saber que vengo de la luz y de estos prados que aquí huelen a aquéllo que alguna vez sentí en el Palacio Iluminado por Infinitas Velas de Oro.
De joven hacía versos, algunos los conservo en la memoria, que es el único libro que no roen los ratones. A veces, algunos hombres observan cuando me alejo hasta la otra colina y entran a revisar mis cosas, a ver qué y qué se llevan. Antes sí había qué se robaran, ahora ya no se llevan nada, ¿quién iba a querer una camisa vieja? ¿Quién unos libros deshojados? ¿O algún sucio pantalón que no le queda a nadie?
En estos instantes miro el sol, abre su boca, escupe una baba larga y encendida que baña las ondulaciones de los montes, haciéndome creer que allá, hasta donde pueden llegar mis ojos, acaba de despertarse una serpiente roja, más grande que los pueblos que también se levantan al golpe de los destellos de los rayos. Ahora es un arco iris el que corona el cielo, el horizonte es un listón flotando en el vacío, la distancia se acerca de la mano del mundo y a mí me vuelve a sostener, oh, sí, lo siento, pero voy muy feliz, porque me vuelve a llevar a ese maravilloso palacio de Dios, que es una memoria iluminada por infinitas velas de oro…
Hacen bien en descansar, suspiren, porque la historia es larga.
La memoria de Dios tiene dos puertas, una da hacia su rostro y la otra hacia su corazón, el cual, ¡pero esto es increíble! palpita al ritmo de una ciudad toda hecha de campanas. Yo estuve allí sólo dos días o no sé si eran noches o tardes, porque siempre hubo luz. Aún me acuerdo que vagaba por aquí, asombrándome, igual que ahora, antes de que terminara de ocultarse el sol. ¡Qué hermoso atardecer! Me dirigía a mi cueva cuando un desconocido me salió al paso, preguntándome que si quería ver el sol, que si no estaba interesado en saber adónde se iba a la hora del crepúsculo.
-¿El sol? –me sorprendí-. Pero si se acaba de ocultar. Ahora sólo quedan por  ahí sus lenguas de colores.
-Podemos ir adonde se ocultó, para que lo conozcas cuando duerme, lo que sueña y en quién sueña, allí en un palacio donde todo se halla escrito en grandes libros rojos.
-¿Libros? –pregunté.
-Sí, la biblioteca universal.
-Vamos, sí quiero ir – le dije.
Me tomó de la mano:
-Sólo cierra tus ojos y ábrelos cuando escuches murmurar un río, un pájaro y el viento.
Y empezamos a andar, primero sobre la tierra, después como si cayéramos a un inmenso abismo en el que nada se escuchaba, excepto nuestro propio corazón al precipitarnos al vacío. Pero de pronto allí estaba aquel rumor de aguas hundiéndose en un acantilado de rocas y peñascos, un pájaro endulzaba los aires, que gemían como si los lastimara la tristeza. Abrí los ojos, nos encontrábamos en una llanura desolada, delante de nosotros había un monte y una vereda colgada de la cima.
-Ése es el camino –comentó el personaje-. Al otro lado está el palacio.
-¿El palacio?
-Sí, el de todas las cosas, todos los nombres y todas las distancias. El infinito mismo, el universo, el cosmos.
-¿Y el sol?
-Ahora duerme. Él ocupa una gran sala. Lo podrás ver, espera un poco… No nos extrañe que nos esté soñando.
-Creí que estaba menos loco -hablé, pero el extraño ser me respondió:
-Aquí nadie está loco. La realidad tiene dos caras: la tuya y la que verás en cuanto pises el suelo donde las flores cantan. Pero antes hay que pasar el arco de la melodía de las serpientes.
El arco de la melodía de las serpientes se halla debajo de una inmensa roca, tan alta como un monte, oscura y fría como si en su cumbre todo el tiempo lloviera. En ese instante tenía nubes de fuego muy arriba, y muy abajo el puente, aquel ojo por el que el personaje y yo teníamos que cruzar hacia donde se veía una luz, una especie de alfombra hecha de sol o luna como la que admiramos en el mes de octubre.
-Es por ahí –me habló.
Yo le cogí la mano, porque de pronto sentí un golpe de frío; sería difícil precisar qué era aquello que me mordió las piernas, un ojo, la  nariz, toda la espalda.
-Te sigo.
-Hacia la luz, esa agua que camina delante de nosotros, es el sendero de las almas en paz. Ahora escucharemos la melodía de las serpientes.
-¡Yo ya la escucho!
-No, esas son las palomas que anuncian que estamos a punto de llegar. Espera, tengo que prepararte…-murmuró, poniéndome en las orejas un poco de saliva-. Así no sufrirás y podremos llegar hasta la orilla donde ya ves esa alfombra brillante: el camino, esa vereda verde por la que alcanzaremos la memoria.
-La memoria, el palacio… –murmuré.
-Lo entenderás.
En eso comenzó a silbar la melodía de las serpientes, era una música espantosa, que, con todo y saliva en mis orejas, me golpeaba como un huracán de gritos estridentes. En realidad la atmósfera era oscura, sólo aquel como arroyo de plata o luna, que era el camino hacia la cumbre, me parecía seguro, pero la melodía de las serpientes continuaba, escalofriante, ríspida, como si fuéramos atacados por un ejércitos de víboras de cascabel, dispuestas a lanzarse sobre nosotros, que no nos deteníamos.
-No resistiré…
-Cuando terminen, habremos superado esta barrera –me dijo el personaje, quien se veía dispuesto a continuar conmigo de la mano. No me soltaba, pero tampoco se veía asustado, como si ya supiera que habríamos de salir de allí.
Como así sucedió, pues de pronto ya estábamos sobre aquel río, sendero, luz, agua de plata, alfombra de colores, y al rato tocábamos una de las puertas del hermoso palacio iluminado sólo por velas de oro.
-Hemos llegado –advirtió.
Hasta entonces le descubrí un dibujo en la cabeza: era como una mancha anaranjada, parecida a un pie, un beso o la palma de una pequeña mano.
-Vamos a entrar.
-Ya están abriendo.
La sala era una estancia dispuesta como si fuera una ciudad, en la que vi dos lados llenos de ojos y dos con unas marcas parecidas a árboles enfermos. Pero nos detuvimos un poco más adentro, cuando salieron a nosotros algunos seres con alas en las sienes y unos curiosos pies que en lugar de dedos lucían hermosas flores. Nos ofrecieron de beber, también comida, yo sí acepté un poco de todo, las copas eran de oro, los panes de una materia azul, olorosa y de un sabor que no podría describirse con palabras.
-Yo no lo necesito –respondió el personaje cuando le pregunté que por qué él no bebía ni comía nada-. Ahora mi tiempo es otro.
También aparecieron unos niños pálidos, los cuales nos condujeron a otra sala, en la que, efectivamente, se hallaba dormido el sol..., ¡lo hubieran visto! Era un hombre con ropa de cristal, completamente ciego pero con una gran sonrisa dibujada en su rostro. Dormía sin moverse, boca arriba, vigilado por un ejército de aquellos personajes.
Después vimos el trono hasta donde llegaba el eterno tañido del corazón de Dios. Dijeron que era una ciudad toda hecha de candelabros y campanas. Allí nos ofrecieron unas sillas, para que miráramos o para que mirara sólo yo, aquel pasillo iluminado únicamente por velas infinitas, hechas de oro desde su llama hasta el pabilo, inagotables, porque tampoco se quemaban. Y sí, allí había abiertos muchos libros, muchas páginas escritas por dedos que quisieron hablarnos acerca del amor de Dios. Yo me puse a leer, a sentir, pero lo que leía era tan increíble, tan hermoso, tan limpio, que mi sangre comenzó a revolverse con la luz y desperté acostado en esa cueva que me sirve de casa.
Hoy apenas lo creo, sin embargo, en días así, cuando amanece el mundo como un lienzo pintado por Van Gogh, me siento a meditar en tales maravillas, de las que, acaso sin ser digno, pude yo disfrutar, ignoro si un instante, un año, un siglo.



LA FLOR MÁS GRANDE DEL MUNDO
José Saramago

Las historias para niños deben escribirse con palabras muy sencillas, porque los niños, al ser pequeños, saben pocas palabras y no las quieren muy complicadas. Me gustaría saber escribir esas historias, pero nunca he sido capaz de aprender, y eso me da mucha pena. Porque, además de saber elegir las palabras, es necesario tener habilidad para contar de una manera muy clara y muy explicada, y una paciencia muy grande. A mí me falta por lo menos la paciencia, por lo que pido perdón.
Si yo tuviera esas cualidades, podría contar con todo detalle una historia preciosa que un día me inventé, y que, así como vais a leerla, no es más que un resumen que se dice en dos palabras… Se me tendrá que perdonar la vanidad de haber pensado que mi historia era la más bonita de todas las que se han escrito desde los tiempos de los cuentos de hadas y princesas encantadas…
¡Hace ya tanto tiempo de eso!
En el cuento que quise escribir, pero que no escribí, hay una aldea. (Ahora comienzan a aparecer algunas palabras difíciles, pero quien no las sepa, que consulte en un diccionario o que le pregunte al profesor.)
Que no se preocupen los que no conciben historias fuera de las ciudades, ni siquiera las infantiles: a mi niño héroe sus aventuras le esperan fuera del tranquilo lugar donde viven los padres, supongo que también una hermana, tal vez algún abuelo, y una parentela confusa de la que no hay noticia.
Nada más empezar la primera página, sale el niño por el fondo del huerto y, de árbol en árbol, como un jilguero, baja hasta el río y luego sigue su curso, entretenido en aquel perezoso juego que el tiempo alto, ancho y profundo de la infancia a todos nos ha permitido…
Hasta que de pronto llegó al límite del campo que se atrevía a recorrer solo. Desde allí en adelante comenzaba el planeta Marte, efecto literario del que el niño no tiene responsabilidad, pero que la libertad del autor considera conveniente para redondear la frase. Desde allí en adelante, para nuestro niño, hay sólo una pregunta sin literatura: “¿Voy o no voy?” Y fue.
El río se desviaba mucho, se apartaba, y del río ya estaba un poco harto porque desde que nació siempre lo estaba viendo. Decidió entonces cortar campo a través, entre extensos olivares, unas veces caminando junto a misteriosos setos vivos cubiertos de campanillas blancas, y otras adentrándose en bosques de altos fresnos donde había claros tranquilos sin rastro de personas o animales, y alrededor un silencio que zumbaba, y también un calor vegetal, un olor de tallo fresco sangrado como una vena blanca y verde.
¡Oh, qué feliz iba el niño! Anduvo, anduvo, hasta que los árboles empezaron a escasear y era ya un erial, una tierra de rastrojos bajos y secos, y en medio una inhóspita colina redonda como una taza boca abajo.
Se tomó el niño el trabajo de subir la ladera, y cuando llegó a la cima, ¿qué vio? Ni la suerte ni la muerte, ni las tablas del destino… Era sólo una flor. Pero tan decaída, tan marchita, que el niño se le acercó, pese al cansancio.
Y como este niño es especial, como es un niño de cuento, pensó que tenía que salvar la flor. Pero ¿qué hacemos con el agua? Allí, en lo alto, ni una gota. Abajo, sólo en el río, y ¡estaba tan lejos!…
No importa.

Baja el niño la montaña,
atraviesa el mundo todo,
llega al gran río Nilo,
en el hueco de las manos recoge
cuanta agua le cabía.

Vuelve a atravesar el mundo
por la pendiente se arrastra,
tres gotas que llegaron,
se las bebió la flor sedienta.

Veinte veces de aquí allí,
cien mil viajes a la Luna,
la sangre en los pies descalzos,
pero la flor erguida
ya daba perfume al aire,
y como si fuese un roble
ponía sombra en el suelo.

El niño se durmió debajo de la flor. Pasaron horas, y los padres, como suele suceder en estos casos, comenzaron a sentirse muy angustiados. Salió toda la familia y los vecinos a la búsqueda del niño perdido. Y no lo encontraron.
Lo recorrieron todo, desatados en lágrimas, y era casi la puesta de sol cuando levantaron los ojos y vieron a lo lejos una flor enorme que nadie recordaba que estuviera allí.
Fueron todos corriendo, subieron la colina y se encontraron con el niño que dormía. Sobre él, resguardándolo del fresco de la tarde, se extendía un gran pétalo perfumado, con todos los colores del arco iris. A este niño lo llevaron a casa, rodeado de todo el respeto, como obra de milagro. Cuando luego pasaba por las calles, las personas decían que había salido de casa para hacer una cosa que era mucho mayor que su tamaño y que todos los tamaños.
Y ésa es la moraleja de la historia.
Éste era el cuento que yo quería contar. Me da mucha pena no saber narrar historias para niños. Pero por lo menos ya conocéis cómo sería la historia, y podréis explicarla de otra manera, con palabras más sencillas que las mías, y tal vez más adelante acabéis sabiendo escribir historias para los niños…

¿Quién me dice que un día no leeré otra vez esta historia, escrita por ti que me lees, pero mucho más bonita?…

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