domingo, 11 de diciembre de 2016

COMO SI FUESEN CIENTOS DE LUCIÉRNAGAS


COMO SI FUESEN CIENTOS DE LUCIÉRNAGAS
-La narrativa de José Velázquez Fernández-

José Velázquez Fernández, poeta y narrador, es un incansable promotor cultural. Durante años –doce con éste- ha organizado el Encuentro Internacional de Escritores en Salvatierra. A veces incluso con sus propios recursos. Su vocación de servicio –es médico obstetra- se nota en sus textos. El lector recibe una receta para bienestar, acompañada de magia, misterio, metáforas y mensajes de aliento y formación. Como poeta ha publicado los libros: Voces de Salvatierra, Agua solar, Regalo para el amor, El Vuelo de la palabra y Ecos de un canto en el desierto, entre otros. En narrativa: Prosa para beber, Entre el amor y el celibato y Los Habitantes de la luna, obra infantil de belleza profunda que se debe leer con detenimiento para disfrutar las analogías, metáforas y textos herméticos que sin duda incidirán de manera diferente según la edad de cada lector. Pero José es también un soñador –en referencia al otro José que fuera vendido como esclavo y conquistó el poder en Egipto- quien procura que su obra permee hacia dentro del espíritu de sus lectores:
“Los extremos del globo que habitamos
son el punto preciso donde yace
el brillo transparente del principio del alma,
la chispa diminuta que la forma,
el brillo infinitesimal del pensamiento
que nos mueve, desde el centro de la frente,
hasta el último suspiro de los días...”
Aquí compartimos algo de la obra de este buen amigo y compañero de letras, quien nos honra con su participación virtual en El Diezmo de Palabras. Por cierto, también es Presidente Municipal de Salvatierra. Vale.
Julio Edgar Méndez



LAS CHAMANAS
José Velázquez Fernández

Un día cualquiera de diciembre, de un año impreciso, pero cierto, dos amigos me llevaron camino a San Miguel el grande. El auto en que viajábamos por un lapso de poco más de una hora, moderno y elegante por cierto, recorría veloz y silencioso los kilómetros de aquella concurrida carretera; recta en lapsos y en otros sinuosa y caprichosa. Yo viajaba en el asiento trasero, callado y meditando, viendo cómo pasaban veloces las montañas y los árboles a nuestros costados. Una inquietud hacía un enorme hueco en mi epigastrio y un dejo de inexplicable nerviosismo invadía mi cuerpo, mientras mis amigos intentaban sacarme de mis reflexiones con alguna broma o anécdota chistosa, pero pronto me volvía a sumir en el asiento cada vez más profundo. Me inquietaba la promesa de que me llevarían a vivir una experiencia nueva para mí, pues se trataba de entablar una relación nocturna con dos mujeres a la vez. La incertidumbre es una bestia que hinca sus colmillos en la carne más blanda del corazón y hace que el espíritu se sienta como una oveja abandonada en medio del desierto. A las doce de la noche estaba pactada la cita, no antes ni después, so pena de perder la maravillosa oportunidad de experimentar el placer más maravilloso de mi vida. Llegamos a San Miguel a las 22:45 horas. Mis amigos sugirieron que fuésemos a cenar pozole o algunos tacos de perro al pastor (digo de perro porque en estos tiempos que vivimos ya no sabemos qué animal nos dan de comer).
—Yo los acompaño -les dije-. Porque hambre no había en ningún rincón de mi estómago invadido por una sensación extraña de saciedad emocional. Al ver mi inapetencia, decidieron que mejor nos iríamos a buscar el domicilio de la cita. En vez de seguir la ruta hacia el centro de la ciudad, nos dirigimos por un camino rumbo a las orillas, por un paraje en las faldas de la montaña, desde donde se apreciaban las luces de las farolas como si fuesen cientos de luciérnagas rutilantes en un vuelo estático y lejano. Nos detuvimos por unos minutos a contemplar el paisaje de la ciudad cobijada por la noche, mientras un viento helado proveniente de la cumbre nos azotaba con delicadeza el rostro y las orejas. Me estremecí al sentir el frío colarse hasta mi consciencia, y la impaciencia comenzó a bullir en mis entrañas. Reanudamos nuestra marcha. Para entonces faltaban sólo quince minutos para la media noche. Uno de mis amigos conocía muy bien el camino que nos llevaría al domicilio indicado. Recorrimos un trecho de terracería; llegamos a un paraje boscoso, semi oscuro, porque la luz escasa provenía de una lámpara triste que había quedado a unos cincuenta metros atrás. Nos detuvimos y bajamos del automóvil. Se percibía un aroma a copal intenso en el ambiente y unos ladridos de perro ronco se escucharon al otro lado de una cerca de piedras, a unos veinte metros de nosotros. Nos detuvimos frente a una casa que parecía ser de campesinos. El amigo guía tocó la puerta muy discretamente con la llave del carro; no hubo respuesta. Volvió a tocar, ahora con los nudillos del puño derecho, más fuerte. Entonces la puerta se abrió muy lentamente, como con timidez. Para entonces yo tenía ya varios minutos preguntándome si allí sería el lugar para mi encuentro. Desconcertado y con una sensación de inconformidad, esperé a que la puerta se abriera por completo. A medida que se abría, brotaba del interior de la casa el aroma de incienso, cada vez con mayor intensidad, mezclado con fragancia de flores. Un rostro joven, femenino, regordete y con una hermosa sonrisa reluciente, apareció detrás de los aromas.
—Buenas noches  -nos dijo- los estamos esperando... pasen y acomódense en las sillas pegadas a la pared. Y sin decir más, desapareció en un santiamén de nuestros ojos.
Revisé rápidamente, de un vistazo, el entorno de la pequeña sala. Todo reflejaba ser una casita modesta de familia sencilla, sin lujo alguno, con una imagen de San Martin Caballero colgada en la pared, una mesa pequeña en una esquina, con un florero de plástico y unas flores blancas que no reconocí. La sala estaba iluminada por un foco amarillento pendiente del techo. Después de escudriñar, miré la cara de mis dos amigos: uno, el guía, permanecía en silencio, con una pícara sonrisa dibujada; el segundo me miraba interrogante y algo dijo entre labios, inaudible, pero legible, extrañado igual que yo. Alcancé a leer: "¿Qué pedo?". Sólo encogí los hombros y negué con la cabeza. Momentos después apareció la adolescente gordita que nos recibió, pero ahora ataviada con una túnica blanca impecable, descalza; paso lento, ceremonial, cadencioso, con una diadema de jazmines en su cabeza.
—¿Quién es el afortunado de esta mágica noche? -preguntó.
Sin pronunciar palabra, el guía me señaló con el índice derecho. La adolescente, quien no rebasaba los diecisiete se aproximó y extendió sus brazos abiertos en ademán de bienvenida, que yo instintivamente rechacé, al mismo tiempo que reclamé a mis compañeros:
—No, pues... ¿a dónde me trajeron?, no soy pederasta ni jamás lo seré.
—No es lo que imaginas. Sólo deja que te lleve y disfruta tu momento -me respondió el guía.
La muchacha me sonrió y me tomó las manos como nunca nadie lo había hecho: con una ingenuidad, delicadeza y tibieza sin igual, que infundieron en mi ser una sensación de pureza jamás vivida, y me dejé llevar hacia lo desconocido. Al fin a eso iba, a vivir algo novedoso, lo inimaginable.
—Quítese los zapatos -ordenó con dulzura-. Y me condujo por un angosto pasillo iluminado con velas, por donde había un tapete de pétalos blancos y rojos esparcidos a lo largo del estrecho pasadizo.
A medida que avanzábamos, el aroma de incienso, cada vez más fuerte, comenzaba a causarme desagrado. Pronto llegamos a una habitación donde había un catre de tablas de madera, angosto, cubierto con una delgada colchoneta blanca y a los lados del catre una extensión también de madera, lo que parecían ser descansa brazos. A un lado de la entrada del recinto había una silla pequeña sobre la que descansaba algo de tela blanca, como una túnica similar a la que vestía la adolescente.
—Se desnuda totalmente y se pone la bata que está sobre la silla... voy a decirles a las señoritas que ya está listo -me dijo-. Y se esfumó por la puerta diminuta.
Mi corazón latía como cien caballos desbocados y un sentimiento de temor se apoderó de mí. Me Despojé de la ropa, hasta la desnudez absoluta y me puse la túnica que, para mi sorpresa, estaba tibia, no obstante el miedo a no sé qué algo desconocido.
Pensaba en lo último que dijo la hermosa gordita adolescente:
—Voy a decirles a las señoritas...
En eso estaba cuando aparecieron en la puerta dos figuras femeninas, bajitas de estatura, mayores de edad, unos setenta años les calculé; idénticas físicamente, como gemelas, ambas mostrando una bella y enigmática sonrisa, ojos grandes, cejas pobladas, canosas, delineadas de manera natural; vestían túnica como la mía, descalzas, esbeltas. Me impactó su presencia. Una portaba un manojo de plantas olorosas y un lienzo blanco limpísimo con un círculo rojo grabado al centro. La otra tenía en su mano derecha una pequeña jarra de porcelana blanca y en la izquierda un vaso de cristal, vacío, y de su cuello pendía un collar de patoles rojos con un ojo de venado en el extremo distal.
—Buenas noches tenga su mercé -corearon al entrar- sabemos quien es usted. Viene desde muy lejos. Esta noche lo vamos a amar como nunca usted ha sido amado.
Mientras una decía esto, la otra llenaba el vaso con el contenido de la jarra: un líquido verde, espeso.
—Beba este jarabe y acuéstese boca arriba sobre el camastro -ordenó con gentileza-.
Obedecí sin decir nada, resignado a cualquiera que fuese mi destino en aquella promesa de amor nunca vivido. Ya recostado en el catre y habiendo bebido la pócima con un sabor entre menta y albahaca, ambas mujeres se aproximaron. Una se dirigió hacia la cabeza y la otra hacia mis pies. La primera colocó sus manos, una en cada una de mis sienes, y la segunda posó las manos sobre el empeine de mis pies. Luego sentí aproximarse a la adolescente quien colocó sus manos sobre mi vientre. Eran más que tibias, quemantes. Comencé a sentir un sudor frío recorrer mi rostro, los brazos, muslos, entre pierna y por la espalda hasta los glúteos. Después, un sueño profundo se apoderó de todo mi ser y me sentí caer en un remolino repleto de imágenes. Luces increíbles y una música jamás imaginada ni escuchada invadió mis oídos y quizás mi alma. Los más increíbles paisajes, llanuras pobladas de miles de caballos, montañas, ríos y mares fabulosos y mujeres de belleza incomparable, como nunca había tenido ante mis ojos. Allí me quedé por no sé cuánto tiempo, y quería seguir allí por el tiempo que quisiera la intemporalidad. Pero de pronto percibí otra vez el aroma penetrante del incienso; escuché voces femeninas junto a mí: eran las ancianas gemelas y la adolescente, que cantaban algo así:
—No dejes que el mundo te subyugue, busca la esencia del amor en el fondo de tu ser; vuelve a tu origen, olvida lo que fue, recorre el camino de lo que es y lleva tus pasos a lo que será. Eres tierra, eres montaña, eres mar; eres carne y eres sangre, eres amor, eres dolor; eres vida, eres muerte... al final, la nada.
Cuando terminaron su canto abrí los ojos, me incorporé con lentitud. Las mujeres no estaban allí. Alcé la mirada hacia la puerta: lo único que había era un lienzo blanco colgado con la leyenda: “Tu amor es más fuerte que tú. Sal de aquí y derrámalo entre las almas. Gracias”.
Leí varias veces el mensaje. Y con una sensación de bienestar profundo me vestí, fui a donde mis amigos. Me recibieron sonrientes. Salimos por donde entramos, abordamos el coche y, ya de madrugada, emprendimos el regreso.

En el camino supe que mi encuentro amoroso duró una hora y media y que las gemelas se llaman Eulalia y Artemisa y que mi amigo el guía ya había vivido esa experiencia.


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