domingo, 1 de enero de 2017

IN MEMORIAM…


IN MEMORIAM…

Fundado por el cronista y escritor Herminio Martínez, el taller Diezmo de Palabras, activo desde hace más de veinte años es el lugar donde coinciden personas buscando refugio para sus palabras, para su poesía y sus narraciones. En él, se pueden encontrar historias variadas, las que van de encuentros a desencuentros, las que se asoman al futuro o las que apuntalan el pasado, con repasos a la historia o con leyendas, pero lo que ahí se construye en cada sesión no es sólo un escrito, es su escritor, quien elabora los planos de una obra y levanta la estructura donde él y cada palabra que lo asalta se convierten en una plataforma. El objetivo es sencillo, hacer de la escritura el oficio que ha sido siempre: el de invocar al lenguaje más que como una forma de expresión, tal vez en lienzo, en música, en movimiento inagotable, en el testamento de sombras y luces que somos y que nos transforman a cada uno de nosotros en personas.
O como en esta ocasión, para recordar al maestro, luego de más de dos años de ausencia, con lo mucho que pudimos aprender de él.
HÉCTOR ORTEGA

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A MI MAESTRO, HERMINIO MARTÍNEZ
Eduardo Vázquez G.

Tristes noticias rompen mi sueño
y lo que queda de cielo oscuro
se revuelve con mis ideas.
Jamás en la vida encontraré ese riel que nos guiaba.
Solo queda la paciencia para llorar la angustia.
Los recuerdos inundan la soledad de las calles
donde este silencio me grita tu adiós.
Pero lo tuyo se queda conmigo para siempre,
hasta siempre, hasta mis últimos días.



ÁNGELA
Gilda García

Tan sólo pensaba en ella, en su boca perfecta y en su cabello largo de exquisito perfume. Pero no tenía caso evocarla, con certeza se ha olvidado de mí. Hace tres años que no tengo noticias suyas. Creo que perdió el interés en cuanto la suerte dejó de escoltarme, los recursos iban decreciendo y ella bajó su cuota de besos y abrazos, yo no era el tipo de hombre que buscaba, tan solo un artista que recién se hacía de un nombre y ella quería garantizar su futuro a través de la gran belleza que poseía. No dudo de su éxito. Luego de haber bebido algunos tragos en un bar famoso del centro, la cabeza me daba vueltas, decidí no tomar más. Enfrente, la Plazuela de los Sapos estaba repleta, el cielo estaba limpio esa tarde de agosto. De pronto la vi, ahí parada viendo ansiosamente su reloj, Ángela usaba un vestido de flores y la misma chaqueta de mezclilla de siempre, su favorita. Esperaba a alguien. Mi estómago se contrajo en un movimiento involuntario como cuando tengo ansiedad, pedí un Vodka. Quise levantarme para hablarle pero, tenía miedo de confirmar que Ángela estaba definitivamente prohibida para mí y recordé que la última vez que estuvimos juntos, sus ojos miel dejaron claro que no querían volver a verme. Tuve una avalancha de recuerdos, su risa franca volvió a mis oídos y la calidez de sus manos me hizo estremecer. Imaginé un encuentro en donde ella me besaba efusivamente y mostraba arrepentimiento por su desaparición. Al cabo de unos minutos, el anhelo ardiente de su cercanía hizo que pasara por alto todo y caminé con poca seguridad directo a ella. Seguía impaciente con la mirada en las manecillas. Nadie la acompañaba aún. Repentinamente un hombre con gafas oscuras y con porte de guardaespaldas la tomó por el brazo y le dio un fajo grueso de billetes, un lujoso auto Cadillac estacionó frente a ellos y subieron de inmediato. El coche voló por la calle hacia el bulevar en donde dobló hacia la izquierda para perderse por la ciudad infinita.



IN MEMORIAM
Arturo Grimaldo

Ayer,
hombre de tierra y flores
de cielo y estrellas luego;
pluma eterna de inspiración
lluvia que aligera el fuego.
Ausencia y presencia etéreas
sombra de viento cierzo;
pensamiento de mar y cielo
autoridad y autoría en el verso.
Ánima salpicada de tinta
letras cubiertas de melodía
abrazo de perfección eterna
sonrisa de la tarde al día.
Ni el paso fúnebre del tiempo
ha vencido la fuerza de su voz;
tampoco la lluvia temprana
ha podido ocultar el sol.
Tolvaneras de olvido
solaparon desconsuelo;
brilló más su estrella
¡Se ha ido el duelo!
Hoy,
no se hable más de su ausencia
sus letras están presentes;
escritas en el corazón,
grabadas en nuestra mente.

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LAS ÁNIMAS
Carlos Javier Aguirre

El señor Antonio San Juan de la Cruz, originario de la comunidad de La Trinidad, cuando salía de su trabajo como vigilante, compraba su garrafa de Tonayán y se trasladaba a su lugar preferido debajo un gran pirul.  Un día 2 de noviembre de 1960 -una tarde fría- sentado sobre una gran piedra apenas empezaba a saborear su bebida cuando empezó a sentir la presencia de unas ánimas que le quitaban el sombrero y le escondían su trago.
El hombre exclamó y maldijo:
—¡Hijos de tal por cual, ¡déjenme en paz!
De pronto escuchó una voz de ultratumba:
—Mira, Marco Antonio San Juan de la Cruz, cierra los ojos. Vas a ver lo te va a pasar si no dejas la bebida.
—¿Quién está dentro de ese ataud?
—Asómate para que veas.
—¡No!, ¿soy yo? -Gruesas lágrimas corrían por sus mejillas.
—Vuelve a cerrar los ojos.
—¿De quién es esa tumba? Ahí está mi nombre.
Se levantó con paso rápido y llegó a su casa muy nervioso.
—Ya llegué vieja.
—¡Pero mira cómo vienes! ¿Sigues tomando tu porquería?
—Si te platicara vieja... ¡unas ánimas me desvistieron! Pero te juro que no vuelvo a tomar una sola gota más.



HOY VOLVÍ A VIAJAR A MACHIGUA
Martín Campa Martínez

UNO
Hoy las letras se nos caen solas,
mientras la tarde
(muchacha de sonrisa infinita)
pareciera seguir hipnotizada
oyendo las pláticas de los hombres.
El mundo se ha llenado de luces
y música de tristes acordes.
La lluvia vino a recordármelo:
ya no estás aquí,
y un ligero golpe en la memoria
avisa que sigues doliéndonos.
Dueles como el soñador
que hoy no tiene qué comer
y al día siguiente tampoco.
Dueles como esa congoja
que aroma las salas de espera
en los hospitales.
Dueles en las pocas fotografías
que conservo de ti.
Dueles en los pasillos de tu estudio,
en tus hijos, en tu canciones preferidas,
en los ojos de quienes no te conocieron,
en las espléndidas hojas del recuerdo.
Dueles en la piel de tus ancestros.
Dueles como esa última plática
que le obsequiaste a tu esposa.
Dueles como debe doler la eternidad.

DOS
La palabra es un artilugio
que uso para que no duela tu ausencia.
Ahora soy un hombre
que cincela tu recuerdo
con el destello de algún ángel.
Quisiera tenerte frente a mí
para que escucharas
lo que sigo escribiendo
en mis constantes locuras.
Le grito a mi musa, como tú me enseñaste:
Abrázame fuerte hasta que le hagas
una hendidura a mi esqueleto.
Estremece mis recónditas metáforas.
¿O acaso el amor no tiene huesos?

TRES
Sobre mí ha caído la sentencia del silencio.
Los enemigos de mis letras
vienen a patear mi historia.
Tú me dijiste que ser poeta
no sería una tarea fácil.
Y más cuando la humedad crece
como los versos que un día perdiste
y ahora circulan, se esconden,
despellejan su tinta
sobre los libros de tu estudio
donde bebías café
mientras tu voz era sombra recién abierta,
rosa empapada de sol.

CUATRO
Hoy volví a viajar a Machigua.
Busco el aroma que es tu fantasma.
Tu recóndita palabra estremecida
donde la ciudad grita desnuda,
hambrienta como sus hijos.
Los grillos que hablan el dialecto
de la llovizna y los tordos.
Los itinerarios de tu sed.
La sencillez de los nopales
y la incomparable rugosidad del mezquite.
El puente donde las pupilas enverdecen
y se unen los labios, enamorados.
El bosque donde las muchachas
recargan la seda de sus muslos.
Volví de cuenta nueva
a caminar por estas calles
buscando mitigar el dolor de tu partida.
Volví para sanarle a mi alma
sus incesantes dolencias.
Volví por si no recordabas
que el amor, al romperse,
solo es una sombra descarrilada.

CINCO
El viento pasa con sus pies polvosos
arrastrando la noticia
de un próximo aguacero.
Es tiempo de partir
antes de que la noche
deshoje tus historias
que huelen a nostalgia.
Vete y déjame el corazón
repleto de buenos recuerdos.
Vete, hermano,
pues ya viene la lluvia
latigueando a la tarde.



TARDES DE UNA VIDA
Vero Salazar G.

Los momentos remontan en el tiempo
el recuerdo se llena de añoranza.
Llevo en la memoria esas tardes en el patio de la casa
cuando los rayos del sol nos bañan
con pálidos fulgores
en espera del ocaso del día y de la vida.
Se hilvana la esperanza  sobre trapos
sueños con hilo de colores.
En el lapso existencial se tejen anhelos.
Se cuece el atole de zarza en el fogón,
agridulce como la existencia misma
de un pueblo anacrónico.
En el bosque de oyameles revolotean las almas
de los difuntos.
Convertidas en mariposas monarca
van a pasear entre la tumba del infortunio.
El vuelo es infinito dejando nostalgia en el camino.
La tristeza invade la remembranza del lejano momento.
En otro lugar la vida es inigualable,
ya no se borda la tela ni se bebe el atole.
La distancia dio paso al olvido
de un pueblo perdido en las montañas,
fantasmas volando como palomillas
y el recuerdo cubriéndome el alma
evocando esos días de charla con la abuela,
mi madre…
mi familia.


*Textos publicados en El Sol del Bajío. Celaya, Gto.

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