domingo, 10 de junio de 2018

UN DÍA VINO A MÍ MELANCOLÍA



UN DÍA VINO A MÍ MELANCOLÍA

“Un día vino a mí Melancolía
y dijo: «Quiero estar contigo un poco»...”
Dante Alighieri





LA OLVIDADA
Soco Uribe

Esta mañana, al despertar, por la ventana pude ver que las gotas de rocío se deslizaban sobre los pétalos de las rosas como las lágrimas sobre el rostro de los enamorados después de una despedida. 
Entonces, me pregunté: ¿Qué ha pasado, por qué me siento tan triste, sola, acabada y sin ganas de continuar luchando en este mundo? 
Yo, que siempre había sido tan eficiente, tan alegre y tan llena de vitalidad; ahora, me encontraba sin fuerzas, desgarbada, con los cabellos maltratados y el cuerpo marcado por el trabajo arduo que había desempeñado durante toda mi vida. 
Volví a preguntarme el porqué ya no me movía, por qué permanecía en el mismo sitio y pasaba desapercibida ante los ojos de los demás.  ¿Por qué mi cuerpo, que alguna vez había sido fibroso y firme, ahora era flácido y encorvado y daba la sensación de una clara y prematura vejez?
Entonces, comencé a recordar lo importante que había sido para mí mantener la casa y el patio limpios, al pasto del jardín sin hojas secas, los techos sin telarañas,  los tapetes sin polvo y sin pelusas que los hacían verse deteriorados y a los pisos limpios y brillantes.  
También recuerdo cuando, en algunas ocasiones, les había hecho caballito a los niños y los transportaba a mundos imaginarios, donde yo podía volar como un Pegaso, por encima de países lejanos, para después encontrarnos con los príncipes y princesas de los cuentos más famosos y cabalgar con ellos hasta el infinito; deseando finalmente que, al igual que Pegaso, con un golpe de casco, pudiésemos hacer brotar de nuevo, agua del Helicón para seguir inspirando con ella a los poetas.
Recuerdo, como si hubiese sido ayer, haber servido de pareja para que aprendieran a bailar los niños de la casa cuando ya eran adolescentes, ya que les daba pena pedirles a los adultos que los enseñaran porque, seguramente, descubrirían cuál de los jóvenes estaría interesado en algún muchacho o en alguna jovencita, según el caso.
Sin embargo, en estos momentos, hasta recordar me cuesta trabajo. Tristemente, veía mi sombra reflejada en la pared y no me reconocía, no podía aceptar que ésa fuese yo.
Por la tarde, cuando el calor comenzó a menguar, escuché que alguien,  desde el jardín, dijo que necesitaba un poco de leña para encender el asador y fue  entonces, cuando una voz contestó desde adentro de la casa: “Toma la vieja escoba que tenemos en la lavandería, esa te puede servir”
Y así fue. Nuevamente, volví a servirles;  pero, en esta ocasión, por última vez.




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