domingo, 21 de septiembre de 2014

CON EL FULGOR DE LA ESTRELLA DE LA MAÑANA

Sol del Bajío, domingo 21 de septiembre.
DIEZMO DE PALABRAS
Fundador: Herminio Martínez


“CON EL FULGOR DE LA ESTRELLA DE LA MAÑANA”

Martín Campa Martínez

Herminio Martínez fue un hombre de palabra y de palabras.
Dueño de una extraordinaria imaginación que lo llevó a ser uno de los autores más reconocidos, con su vasta obra enriqueció la literatura mexicana.
Pero hoy no voy a hablar de los éxitos y reconocimientos que cosechó a través de su existencia, no, hoy quiero hablar de la excelente persona que fue él.
Siempre (a pesar de sus dolencias y problemas) la alegría se le desbordaba hasta por el alma. Hombre de un vasto conocimiento que siempre transmitía a quien se acercaba a platicar con él. En sus pupilas los firmes vientos del Culiacán tenían su nido. Nunca olvidó sus raíces. Siempre estuvo atento a los dictados del destino y se encerraba en la biblioteca de Dios a construir inmensos y hermosos “Animales de amor”. Había demasiados tordos volando en sus palabras, que decidió enjaularlos para la posteridad. Y fue un hombre tan sencillo, aún en su grandeza, que siempre estaba ahí para cuando sus pupilos necesitaban un consejo o un jalón de metáforas.
Él nos enseñó a caminar por esas polvorientas calles de Machigua y también nos hizo amar a esos “Hombres de temporal” que siempre se desmañanan en estos pueblos del bajío guanajuatense.
Cuando la congoja nos desbarataba a golpe de relámpago él venía y, pacientemente, nos volvía a armar mientras le hacía la bastilla a nuestros corazones. Nunca olvidó aquellos sueños que se le quedaron lejos, en “La casa bajo la tormenta”.
Y ahí estuvo siempre: fiel, buen amigo y maestro ejemplar.
Aprendimos a ser poetas o narradores asistiendo a su taller literario. Aprendimos a leernos nuestros diezmos de palabras siguiendo sus consejos. Fuimos con él, una y otra vez, a dejar una ofrenda a la historia marítima ante “Las puertas del mundo”.
A mí, en lo personal, me enseñó a alimentarme con el fulgor de la estrella de la mañana y fui huésped y aprendiz en su hospicio literario.
En fin, él fue un hombre con muchas aventuras que siempre vamos a recordar.
Él nos dejó una encomienda que debemos cumplir: seguir sembrando sus enseñanzas por donde vayamos.
Ése, compañeros, será nuestro mejor homenaje al ÚLTIMO PEÓN DE LA PALABRA.

*** Martín Campa Martínez. Obrero y miembro del Taller Literario Diezmo de Palabras. En 1997 presentó un cartel de poesía y pintura en la Casa del Diezmo en la ciudad de Celaya. En el 2000 participó en la revista Tierra Adentro con un poema. En el 2001 ganó el Certamen Literario “Pluma del Sol”, en la ciudad de Toluca. En el 2001 la Universidad de Guanajuato publicó el libro “Mientras digo mi nombre”, donde participó con varios trabajos (el título del libro es de uno de sus poemas). Publicó en la revista Azogue de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Guanajuato. Participó, en Internet, en el 3er. Festival Mundial de la Poesía. En el 2007 el H. Ayuntamiento de la ciudad de Celaya reeditó el libro “Aire del Bajío: un acercamiento a la nueva poesía celayense” donde se incluyen varios de sus poemas. Obtuvo mención honorífica en los Primeros Juegos Florales Guanajuato 2007. En el 2012 participó en la Colección Bosques Imaginarios, en Internet. Ganó, en poesía categoría libre, en el 6to. Concurso de Poesía “María Luisa Moreno” 2014, en Dolores Hidalgo. Participó en 2014 en “Cuentos del sótano”, antología que pronto será publicada por la editorial Endora.com. Ha publicado en varios periódicos y suplementos culturales de la región.

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TIERRA ADENTRO

Herminio Martínez

Me gusta ver la rueda de la vida
que gira y tira días sobre este mundo.
Oír cómo rechinan sus engranes,
cómo caen las semanas a los años,
cómo gotean los aerolitos en una noche rota,
cómo funciona el hombre
debajo de un paraguas de llovizna.
Acá la situación es diferente:
Hay tardes en que el sol cae de maduro
sobre las tierras fértiles de abril.
Tardes para llegar tarde a la casa.
Tardes en que la vida se concentra.
Tardes para soltar la rienda al alma
por la llanura que no tienen linderos.
La rata del reloj roe el pan de las horas.
La mamá sirve el desayuno
y felicita a las macetas
por los partos recientes.
El rifle del ocaso nos apunta,
nadie resiste el golpe,
es tanta la ceniza que nos echa
el tizón de la tarde...
Amo indiscretamente la estatura del trigo
y la puntualidad de un vaso de cerveza.
Amo el rumor del agua que desciende
a galope tendido por la cuesta,
y el humo blanco con que las cocinas
anuncian que ya es hora del almuerzo.
Hermosa la jacaranda
que es la alfombra del mundo.
Hermosa es la mañana
con sus manojos de nopales
que alimentan poblaciones enteras.
Y hermosa es la alfalfa
 levantando los brazos
para que nadie se quede sin mirarla,
y las legumbres que el hortelano amarra
para que no derramen su amargura.

Amo el trigal que tiene un rumor de agua.
Y el aire en que se va mi corazón.
Y mis huaraches que no se acaban nunca.
Este es aquél lugar
donde la lluvia era el aliento
que nos levantaba del fracaso.
La eternidad de Dios
acumulada en los rincones de la tarde,
y la memoria es flor que me recuerda
aquel hondo valle con su río al hombro
cuando venían los dueños en sus coches
a ver crecer la espiga del dinero.
Hablo de la necedad de la cebolla
de levantar lazos para amarrar el aire.
Y de mi corazón que abre su boca
para decir y saborear el nombre
de mi madre alumbrando las macetas
con el humilde foco de sus manos.
Me gusta oír gorriones
encima de mi casa mientras duermo.
Sentirlos que no están en el tejado
sino en mi corazón y se lo llevan.
La cola de Machigua es de maíz,
la lluvia se la limpia cada verano
y entonces ocurre la resurrección:
los arroyos regresan con las ubres crecidas,
el día se estira en todo lo que puede
y así lo quiero yo
al escuchar la voz del que trabaja,
ser él y un hijo de él.
Ser su hermano y hablarle como un hombre.

Aquí me encontrarás,
a su lado, si vienes
en ese tren de abril
que tantas veces se detuvo en mi pecho.

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PENÉLOPE

Herminio Martínez

En nombre de esta sal
donde el azul extiende las distancias
igual que alfombras sin medida
para que en su alborozo pueda rodar el viento
te hablo yo el zurcidor de gavias con un lamento a cuestas,
el audaz que ha conquistado los pregones
que me nombran contigo, poniéndome en el corazón de los insomnios:
deplorables paisajes donde en noches como ésta dejé caer mi grito
pero nunca entre un desvelo y otro me abandonó la dicha.
Nube de amor lloviendo sobre mi ánimo,
pétalo a pétalo se me deshojan las palabras.
He andado por los bares que quedan encendidos hasta la hora del alba.
Sombra de espejo soy.
Vengo del mar que viene y va por las canciones
que entonan los inmigrantes con un fulgor de abril en el recuerdo.
Tu cuerpo imaginado
es lo que me apuntala una creación en ruinas.
Supiera, al menos, en que ojos te derramaste resignada
antes de conocerme aquel octubre
en cuyo derredor giraba la realidad de los que querían comprarte.
Y afuera el mar se movía en árboles de agua
con su raíz adentro de nosotros
y voces en las que se oían caer vicios impunes.
Te gané sólo para mí hablándote del sol y de los siglos
de espuma en que se recuestan los océanos
saliéndose del vidrio de sus límites,
mientras tus pretendientes se despiden;
míralos regresar e irse llorando a sus patrias de origen.
Yo me quedo a la fiesta, borracho entre fantasmas
que del Norte y del Sur se acuerdan de sus mástiles.
Un amargo amarillo hace olas en la tarde.
Y ráfagas de rostros buscan guarida en tu alma.
Nombres que yo no conocía se han grabado en tu boca,
como el de ese muchacho a quién, siendo menor de edad,
se le quemó la sangre en el rosal de fuego de tu fama.
Soy un calor sin cuerpo vagando a través de una Grecia olvidada,
en la que nunca me faltaron camas en las que desperté
golpeándome los sueños
(un frío ensangrentado manchaba mis auroras);
aromas que me hicieron saber
que en mis alrededores sólo habitaban los zumbidos.
La tarea más pulcra será ir al encuentro de la mujer más bella,
me dije en esa ocasión y ahí vengo por el mar
cuyas olas ebrias tambaleándose también lo celebraban;
el mar que es un abismo de ruidos refrescantes,
asombro de lagunas de pájaros y peces.

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TESTAMENTO DE CENIZAS

Herminio Martínez
                               
1                    
Si no llego al verano
no me entierres,
manda quemar mi cuerpo
como a cualquier leño de encino.
No tiene caso que hagas gastos mayores,
ni que me guardes en tumbas consagradas
lejos de la intemperie
donde agitan su mar de oro los trigos.
Arroja mis cenizas a un arroyo
para seguir soñando al paso de las aguas
y ser yo mismo acequia
retorciéndose al ojo de los sauces.
Pero si muero en julio,
ah, entonces sí
que me bautice el viento,
que me envuelva la muerte
en sábanas de lluvia
y me ponga una máscara de niebla.
Amortájame con el fulgor del aguacero
y déjame así toda una noche,
una semana, un mes,
hasta que crezcan hierbas en mi cráneo.
Después haz lo que quieras:
vende la casa o átame
al tronco de un pirul,
en la pendiente de celajes umbríos,
donde las tardes, echadas como ciervas,
se derrumban y llueve
en la llanura inmensa;
o acá también al lado de estas flores
que guarda como a sus hijas el rocío.

2
Quiero quedarme aquí después de muerto,
junto a la chimenea,
leyendo, balanceándome
en esta mecedora que mandé reparar.
En esta casa que construí con años
y en la que moran ya los sueños de mis hijos.
Quiero que aquí me vean
los que creen en espantos;
que al entrar a esta sala
adviertan mi presencia
más acá del jazmín que está floreando
y de esos tabachines de follajes espesos.
Que los álamos tiemblen al paso de mi sombra
y que el viento en la calle
cuente que no me he ido.
Digo todo esto
al contemplar ese árbol retorciéndose,
esa rama que extiende su abrazo de culebra.
Bueno, también porque ahora llueve
y la tarde se ha puesto tétrica,
y a mí me ha dado
por echarle unos leños al hogar
y ¿quién no sabe que ese esplendor
es sensitivo y tan profundo
que reverbera en nuestras almas
toda vez que le echamos
una pupila melancólica?

Y si ya no me alcanza el aguacero
a resucitar con su relámpago,
recuéstame en las hojas
para seguir oyendo el rumor de la lluvia.
Esto si me llevara la tristeza
en el último tren de este verano.
Muchacho, me preguntas,
¿dónde dejaste el junco de tu cuerpo?
¿En qué orilla se te quebró esa vara?
¿Qué timón de neblinas
te lo arrancó del agua de tu pecho?
Continuarás
cuando me veas desnudo entre la hierba.
Me la secó el dolor, oirás que te contesto,
el aire la hizo pedazos con sus filos.
Yo buscaba un hogar
para que entrara el sol
a sentarse conmigo
y hallé la noche con sus paredes frías:
oscuro sitio para alcanzar la penitencia
y entre a esperarme el próximo diciembre.
A lo mejor vuelvo a nacer
en la simiente que elevará sus tallos
cuando llueva.
¿Quién te dice que no seré yo el nuevo junco
que tensará sus ramas
al paso de los vientos?

3
Yo no inventé el dolor,
él me persigue desde que vine al mundo
tocado por la sangre
de la mujer que me engendró en su rayo.
Yo no le dije ven,
posee con tus langostas mis recintos.
Me llamó por mi nombre,
me picó con su cola de alimaña
y desde entonces soy este que gime.

4
Cuando quieras hablarme
no envejezcas doblada
buscándome en los libros.
Mi cuerpo no alcanzará ese honor
que a otros corresponde.
Sal al campo donde la grama orea
el brillo de sus verdes.
Allí me encontrarás,
-si sabes escucharla-
en la canción de los trigales.
Allí donde ya ronda mi futuro
a la luz del relámpago,
más allá de esta casa,
entre lo que me exulta y el gemido.
Encuéntrame en el polen
de las enredaderas.
En una tumba
donde crezcan los girasoles y las malvas.
A la hora en que los jazmineros
derraman su perfume.
Allí estaré tiritando en espíritu
con la misma tristeza
que no fue sino un hacha
que me marcó el semblante para siempre.
Allí donde cualquier tallo es mejor
a este sacudimiento
que todas las mañanas
me aprieta en sus molares
hasta hacerme pedazos el sollozo.
Yo quiero que me grites en el pulmón del aire;
que preguntes por mí a las aguas
que van por las acequias
entre carrizales y árboles sombríos.
No te quemes los ojos revolviendo papeles,
nadie guardó mi nombre,
lo sepultó el verano
donde la hierba y el color se sientan
a decorar los músculos del orbe.
No los arrastres por el alfabeto,
mi archivo es el mezquite
donde se achata el rayo;
la colina ancestral
donde las rocas piensan,
el eucalipto que acumula
de copo en copo,
a sus pies,

su nevada fragante.

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