domingo, 19 de abril de 2015

¿Y EL AGUA QUE ENTRARÍA CANTANDO AL PUEBLO?

El Sol del Bajío, Celaya, Gto.


¿Y EL AGUA QUE ENTRARÍA CANTANDO AL PUEBLO?
 Poesía de Herminio Martínez (+)

“Bendito sea Dios que los alimentó con panes...
si hubiera bastado con hierba.”
Herminio Martínez

Ya llegó el circo. Desfilan caravanas de colores sobre las calles llenas de baches mal tapados de nuestra cajetera ciudad. Los gritones de feria prometen todo lo que se puede prometer. Los actores son los mismos, pero en diferente papel. Se reparten los pedazos del pastel entre los invitados. El pueblo sólo mira, aplaude, chifla, grita, se une, se separa, se anima solo, solo se desanima. Ahora sí se va a poder, ahora sí nos van a respetar. Ahora sí, pero no. ¿Cómo que no, si ya hasta nos prometieron que va a caer maná del cielo? Pero... ¿se acuerdan de las promesas de hace años?
Herminio Martínez, el poeta de Machigua, siempre con la sensibilidad a flor de piel, con las metáforas cargadas de conciencia social, preguntaba... ¿Y el agua que entraría cantando al pueblo?
Julio Edgar Méndez



A TI, REVOLUCIÓN
Herminio Martínez

1
¿Quién lee el periódico a estas horas
en que todos sabemos que amaneció nublado
y no hay otra noticia que el sollozo
de los que ven perdida la hipoteca?
¿A quién consolarán tantas reuniones?

Lo que nos interesaría ya se sabe:
Un ministro conmina a las naciones,
un empresario pone cara de ángel,
un boxeador golpea con su retiro,
un cardenal opina sobre el sexo,
una pintora cree que ha reencarnado,
anuncian con gran ruido las memorias
de un poderoso ex funcionario público,
le habla el zodiaco a su feligresía,
la sociedad se yergue en cada página
donde algunos preguntan con la frente
si Dios será un cigarro o un vehículo.

Está el planeta con su luz de neones
y todo lo demás que conocemos:
que los intelectuales se acometen,
que el dinero crea hombres de la nada,
que es más feliz el salteador corriente,
que hay un país donde la muerte ha puesto
su trono entre la gente con más hambre,
que la contaminación se ha incrementado
y que pronto veremos cómo caen
pájaros, hombres y ángeles a tierra.
El banco ya subió sus intereses.
Y un policía muy poco te consuela
cuando vas a sudar al urinario.

¿Qué importa si el tamaño de la dicha
acrecentó el volumen de los jueces
y a los demás les hizo el mundo de ámbar?
Hay que pagar, sangrando, la hipoteca
para que pronto pasen los veinte años.

El hombre es pobre. Es cierto.
El funcionario, erecto en su grandeza,
se asoma a contemplar el universo,
mientras acá nos llegan los ronquidos:
esas voces opacas de los poros,
la suma que encadena reflexiones
-como reses a un palo- a la desgracia.
Papeles a caballo y por micrófono
cuando el esplendor busca sufragios.
Papeles que dan frío más que esperanzas.
Papeles con los lunes llenos de hoyos.

Uno podría dar sombra y caracoles,
pero llega en misión el freno negro
y pone a tu silueta de rodillas:
papel para pagar los intereses,
papel para pagar la indiferencia,
papel para pagar una hora de agua
y la multa atrasada del vehículo
o el impuesto que sólo come carne.

Papel para pagar el avalúo,
papel para cubrir la dura deuda
que dura más en cuanto más se paga.
Cúmulo de jamón y de gusanos
que rebasó las cuentas de tu lápiz.
¿A qué andar jubilosos, pues, entonces,
con todos los periódicos que avisan
que el Presidente regresó de un viaje?

2
Hay algo en el azul de esta mañana.
Algo que no se ve pero se siente
agazapado en cada transeúnte.
Delante de las frondas del descanso,
en el trono esplendente del prestigio,
detrás de la presencia imponderable
que es el poder sentado junto a un águila.
Un algo que nos mira y nos acecha
desde ciertos señores que están rotos
del hígado y por eso amargan tanto.
Hombres de cascabel y de corbata
con brillos en la punta de sus pómulos.
Un algo que es enorme por lo grueso
y feroz por la forma de su imagen.
¿Qué será? Me preguntan azorados
los que al igual que yo lo desconocen.
¿Acaso el mal carácter que anda en muchos?
¿La espuma neurasténica de tantos?
¿Será la envidia con su piel rugosa?
¿La hipocresía creyéndose importante?
No se puede saber si es una especie
letal por la manera de su aliento,
que se come a la vida de un mordisco.
Uno se cansa de buscarle el rabo
y él se endereza más en sus cubiles
donde oficia el ritual de su progenie.
Hay algo en el azul que nos ahuyenta
con el hollín que emerge de su entorno
y la sangre quemada de sus párpados.
Un destino con ojos y mandíbulas,
una verdad con uñas en la imagen,
una lengua salida del estiércol
a hablar de los demás con muchos dientes
y canas en la sien, desde el periódico.
Es algo con facciones de político
y protervo perfil de catedrático,
inconfundible por su ser de rata,
metido en el tamaño del encono.

3   
¿Desde cuándo el dolor ara en tu pecho
con pardas yuntas de gobernadores?

¿Desde cuándo los hijos se te enarcan
sobre la ardiente flor de la diarrea?

¿Cómo plancharle el entrecejo al viudo
y al huérfano zurcirle el entusiasmo?

¿Cómo quitarle una puntada al triste
y enderezarle el muelle al paralítico?

¿Cómo besarle el sabañón al sucio
y bajarle algún nardo de la luna?

¿Cómo sacar del túnel al minero
y lavarle lo verde hasta encontrarlo?

¿Cómo darle un pulmón al que se asfixia
en cualquier avatar de la carencia?

Se sufre cuando anuncian los ministros
que ya vas en el tren del alfabeto.

Se sufre cuando baja el Presidente
a rascarse la patria con discursos.

Déjalos deletrear tu calavera
cuando hablen de sí mismos en su altura.

Cuando a los diputados se les prenda
el foco de tu nombre en la tribuna
y el alcalde, sentado en sus razones,
diga que ya te hicieron una clínica,
ponles una criatura ante los ojos,
de ésas que no ha probado aún la historia,
y que lo juren, entonando el himno,
por las tierras a cuadros de sus feudos.


¿Y EL AGUA QUE ENTRARÍA CANTANDO AL PUEBLO?
Herminio Martínez

Sentado en estas piedras,
recuerdo aquéllos hombres
que sacaban a orear nuestro silencio.

Mis padres ya no viven
en ninguna memoria de estas casas,
lo mismo las personas que venían
a lavar su orfandad en el barranco
o coserle los fémures al agua
con las propias agujas de sus huesos.

Desde entonces sabíamos
que el voto ciudadano no da lápices
para aprender a deletrear el mundo,
ni es cierto que tendríamos una clínica,
ni agua entubada, ¡menos luz eléctrica!
ni una placita para que la gente
paseara de la mano los domingos.

Tampoco aquel camino que soñábamos
para los pies descalzos del futuro.
Y el agua que entraría cantando al pueblo.

Hablo en tu nombre y se me nubla el mío
como si fuera a acariciarme un ánima.
Me pongo a meditar hacia el mezquite
y se me viene un llanto de puntitas.
Tu recuerdo no sabe a cómo estamos.

¿Hasta cuándo –me rasco- habrá estas sombras
manchando como buitres nuestro cielo?
Los pobres sólo existen en el mundo
de votos que hacen dios a algún político.

Los desheredados mal empiezan
su mañana rodeada de carnívoros.


EN UN LENGUAJE DE VAPOR ERECTO
Herminio Martínez

Aquí están las laderas de los parques,
habla el calor en un tono que suda.
Cada semana al sauce
en su sombra le crece un cuerpo de hombre.

Aquí están las ranuras, semejantes
a un árbol de mordidos pensamientos.

En su falso fulgor el sol enseña
una verdad en capítulos de tizne.
Y yo que vengo a gritos de otros árboles,
tengo que leer metido en ramas de óxido.

Oh muchacho de ayer con padre y madre,
retoño de un rumor en la hojarasca
y tan hombre en la cumbre de una pena.

Viniste a revolcarte en tos de escombros,
a fajarte el desdén cada minuto,
cuando a hocicazos se te va la bestia
encima con su olor de perro muerto.

El crepúsculo ya se está fumando el día,
la floresta se ha vuelto cripta de ecos,
llamarada que lame las paredes
a los pies de ese polen y ese polvo.

La ciudad tiene trenzas
y a veces blancas lágrimas
para que la confundamos con las nubes
y hallemos, en sus láminas,
frescos aún los pasos de la lluvia.

Conversa con las casas
en un lenguaje de vapor erecto,
hace las veces de sillón
para que se siente la pereza
a ver cómo la sed y la fatiga se van dando,
vestidos de obispado o de gobierno.
Entra a mi ingenuidad con el poder en su alma.


POR TUS CABELLOS EN QUE LLORA EL POLVO
Herminio Martínez

Y aunque te canten,
y aunque te deleiten
con una olla de barro llena de agua
o un taco de carnitas y una coca,
¡no les creas aunque su habla ande en muletas!

Aunque te den abrazos
y aunque truene
el prólogo estupendo de la lluvia,
aunque te coloquen
un ramo de estrellitas en el pelo,
por tu herrumbre, tus párpados, tus pechos,
¡por  tus huesos a mano no les creas!

Por tus hijos que nadie ha remendado.
Por tus cabellos en que llora el polvo.
Por tus sueños despiertos a la nada.

Ahora es natural como una mano
diciendo adiós atrás de la neblina.

Pero aunque te lo firmen y no acabes
de comprender la sombra que es su aprecio,
obsérvalos, si quieres, es su estilo,
pero no pongas a asolear tus creencias.

Aunque te hagan reír, aunque te canten,
aunque se pongan rojos como un chile,
aunque vengan con séquito de líderes,
aunque citen al Papa y lleven dientes
donde campea el espíritu del oro,

¡no les creas, no les creas, aunque comulguen!

domingo, 12 de abril de 2015

LOS QUE VIERON Y VIVIERON LOS COMBATES DE CELAYA

El Sol del Bajío, Celaya, Gto.


LOS QUE VIERON Y VIVIERON
LOS COMBATES DE CELAYA
Del 6 al 15 de abril de 1915

Crónicas históricas de los archivos
del maestro Herminio Martínez (+)

Entre los miles de vecinos y visitantes circunstanciales en armas que vieron y vivieron los combates de Celaya, y que incluso sobrevivieron para contarlo, de acuerdo con sus específicas vivencias, presentamos a continuación cuatro testimonios que nos ofrecen un cuadro fragmentario pero connotativo de aquellos hechos, y que desde sus correspondientes atalayas contribuyen a ilustrarnos con bastante elocuencia: Se trata de un niño curioso, y de un personaje con responsabilidades oficiales; y de dos soldados adscritos al constitucionalismo, tres de ellos originarios de Celaya.


1.
Como dice Velasco y Mendoza, ante la inminencia de los combates, los celayenses optaron por ocultarse en el intento de no ser blanco de las balas, pero hubo algunos que por su edad no medían el peligro, como el mozo de 13 años, Antonio Noria Muñiz,  que viviendo desde 1911 en la calle de Manuel Doblado, en las cercanías del sitio en que se estableció la línea de fuego, notó el desconcierto de los vecinos cuando el 4 de abril llegaron los carrancistas, acampando en el lado poniente de la población, muy cerca de la fábrica de alcoholes "La Internacional" (Segundo sector: 2º Batallón de Sonora, con el teniente coronel yaqui José Amarillas, al mando).
Con otros chicos de su edad, acudieron a curiosear al campo carrancista, ante la novedad que originó la llegada de la gente armada. De inmediato encontraron allí ocupación, ya que los propios soldados les pidieron que consiguieran pastura para los caballos, en tanto las soldaderas, les encargaron elementos para cocinar.
El día 6 por la mañana, una parte de los carrancistas dejaron el campo, tomando el camino antiguo que conducía a Salamanca, haciendo estación en el cerro de "Las Brujas" (ahora Villahermosa), frente a El Guaje (ahora Villagrán).
Como a las once de la mañana, cuando el niño Noria Muñiz llegaba con una carga de pastura al campo carrancista, oyó a las soldaderas que gritaban: "¡'Ai viene el enemigo!". El mismo grupo de muchachos que hacían los mandados, ayudaron a las mujeres a buscarles acomodo, trasladándolas a un solar de un señor Segura, por la calle Real (ahora Hidalgo).
Por los rumores que pronto circularon, los carrancistas que habían salido por la mañana acampando en el cerro de "Las Brujas", habían sido derrotados por los villistas que venían camino a Celaya, a confrontarse con las fuerzas de Obregón.
A las 3.30 de la tarde, escuchó los primeros disparos villistas, cuya gente estaba a inmediaciones del rancho de Estrada.
Al poco rato, Antonio vio pasar un tren cargado de yaquis que pararon frente a "La Internacional", dispuestos a hacer frente al enemigo que se aproximaba. Un grupo de 30, portaban unos tamborcitos que utilizaban para las contraseñas, situándose cada uno a una distancia convenida, mientras los soldados tomaba sus posiciones, apostándose uno de otro a un metro de distancia.
El padre de Antonio, consciente del gran peligro que corría la vida de su hijo, acudió en su búsqueda y lo encaminó a su domicilio, en cuyo interior pasaron lo más cruento de los combates. El chiquillo percibía las balas "como si una olla con maíz estuviera a la lumbre", en tanto observaba que sus hermanos mayores cavaban un hoyo, para resguardarse de las balas (un remedo de las famosas loberas, tan caras a la estrategia de Obregón). En las remembranzas del muchacho, el primer encuentro con Villa terminó el 8 de abril.
En el segundo ataque, recordaría Antonio que las tropas villistas llegaron por el rumbo de la hacienda de San Nicolás, el día 13, y dos días después las fuerzas obregonistas se agenciaban la victoria, con un descalabro estrepitoso para el enemigo, pudiendo observar que los muros de "La Internacional" habían quedado "como cedazos", junto con otros muchos deterioros en algunos edificios de la ciudad, "por las bombas que alcanzaron a llegar a la zona urbana".
Por lo que se refiere a los muertos que quedaron sembrados en el campo, el curioso mozalbete contempló que hasta el día 25 de abril fue posible "que les echaran paladas de tierra", encargándose de estas fúnebres labores "personas que de la calle eran llevadas a realizar ese trabajo".
Al cabo de los combates, fue tanto el parque que se quemó, "que en la estación del ferrocarril compraban a veinte centavos el kilo de casquillos".

2.
Otro superviviente, cercano al Presidente Municipal J. Luz Ramírez, por haber sido su Inspector de Policía, lo fue Silvano Velázquez Ayala, que en 1915 contaba con 27 años de edad.
Originario de Pénjamo, Gto., a la edad de 8 años llegó al vecino poblado de Rincón de Tamayo, donde creció, para más tarde dedicarse a la administración de algunas haciendas.
Se encontraba en la hacienda de Roque, cuando las fuerzas del general Lucio Blanco acamparon allí. Él continuaba en sus labores, mas como "a cada semana era víctima de las arbitrariedades de la gente del general Blanco [convencionista], y semanalmente tenía la necesidad de comprar nuevo caballo", hubo de radicarse finalmente en la ciudad.
El 3 de abril de 1915, cuando se acercaban las fuerzas carrancistas a Celaya, el entonces alcalde, J. Luz Ramírez (que a la sazón tenía un negocio de ropa por la calle de San Elías, hoy Corregidora), mandó llamar a Silvano, con quien llevaba buena amistad, para comunicarle que él presentía que la ciudad iba a ser escenario de algún combate revolucionario, ya que las fuerzas de Álvaro Obregón se aproximaban, en tanto que las de Francisco Villa acampaban en Irapuato, en espera de refuerzos provenientes del norte. Le pidió su colaboración y él se puso a sus "incondicionales órdenes", diciéndole que en lo que creyera conveniente, lo ocupara. El señor Ramírez le dio el cargo de inspector de Policía.
Al día siguiente, 4 de abril, arribaron a la ciudad las fuerzas del general Cesáreo Castro, quien se presentó en la Inspección, para pedirle "que abriera la cárcel, que tenía deseos de conocerla".
En la cárcel (ex convento de San Agustín), una vez que entraron el general Castro y sus ayudantes, se oyó "un grito ensordecedor" de los presos: "¡Viva la Revolución! ¡Viva el general Obregón!".
Ante aquellas aclamaciones, el jefe militar subió a la parte superior del penal para proponerles a los presos que si querían su libertad, engrosaran sus filas, lo que aceptaron los reclusos en su totalidad, viéndose ese día desierto el penal de internos, que en palabras de Velázquez Ayala, "fueron a luchar por los ideales de la Revolución".
También recordaría la entrada del general Obregón a Celaya, y de los frecuentes contactos que tuvieron "por las necesidades de la guerra", así como de su primer encuentro con el general Joaquín Amaro Domínguez.
Uno de esos días, el general Obregón lo mandó llamar, exponiéndole que él tendría que estar atento a sus órdenes, para que la policía de Celaya lo auxiliara.
En estas circunstancias, en una oportunidad lo llamó Obregón para que llevara unos bultos envueltos en petate y flejados, al campo donde se emplazaban las fuerzas del general Amaro. Silvano buscó a éste "por el lado norte de la ciudad", entregándole los bultos que le enviaba Obregón. "Amaro los recibió, ordenando de inmediato fueran desenvueltos". El contenido de los paquetes eran "uniformes a rayas azules y blancas", que deberían usar los soldados de Amaro. "Ese fue el origen de los 'Rayados de Amaro', mote que tomaron para el resto de la revolución", y que estuvo motivado en la inicial desconfianza que le inspiraba al divisionario sonorense el general Amaro, por sus recientes aunque efímeras simpatías por el villismo, trocándose en lo sucesivo, en uno de los más confiables militares tanto de Obregón como de Calles, siendo Secretario de Guerra y Marina con este último.
El inspector alcanzó a ver que Amaro tenía a la mano los aparatos de telégrafo que lo comunicaban con el cuartel de Obregón, instalado en el templo de San Antonio, y siguió con atención las peripecias que se produjeron en los días de los combates, "aciagos para la ciudad, cuyas calles estuvieron desoladas en el transcurso de esos días". Ante los muchos riesgos que iban a afrontarse, muchos efectivos policíacos se negaron a seguir portando el uniforme. "Pasados los días de batalla, quedaron los campos cubiertos de sangre y sembrados millares de cadáveres. Para sepultar a los caídos se ocupó mucha gente y una vez desocupados los campos, se quemaba petróleo para desinfectarlos".

3.
Por su parte, José Alvarado Gil, originario de Jerez, Zacatecas, fue un combatiente carrancista que se encontró en Celaya en aquel azaroso mes de abril. Entonces contaba con 24 años de edad, y también guardaría muy fresco el recuerdo de acontecimientos en que fue actor en la primera línea de fuego.
Previamente, cuando se levantó en armas Venustiano Carranza con el Plan de Guadalupe, Alvarado Gil fue enviado a la División del general Lucio Blanco, en la Brigada de Caballería del 28º Regimiento, bajo las órdenes del Jefe de Brigada, Gonzalo Novoa.
Luego de que el carrancismo ocupó la ciudad de México, tras el Tratado de Teoloyucan, el destacamento del que formaba parte Alvarado Gil ocupó la residencia del general porfirista Manuel González de Cosío, en San Ángel. "En el saqueo —confesaría más tarde— hicimos suaderos para nuestros caballos con las cortinas de la casa, pisoteamos los muebles, etc., todo lo que se acostumbró en la Revolución".
Con motivo de la escisión que se registró en el constitucionalismo, los villistas o convencionistas marcharon hacia el norte y los carrancistas o constitucionalistas salieron por Atzcapotzalco, llegando a Villa del Carbón, cercana a Atlacomulco; de allí se desplazaron a Acámbaro y luego a San Luis Potosí, donde su contingente resultó derrotado por los antiguos aliados.
Nuevamente avanzaron hacia el sur, y en San Felipe Torres Mochas volvieron a ser derrotados por la gente de Villa, saliendo herido Alvarado de dos balazos en la pierna izquierda, recuperándose gracias al cuidado de unas monjitas, al caer prisionero de Villa, con cuyas formaciones se dirigió a Celaya, al encuentro de las fuerzas de Obregón, contra las cuales peleó, estando presente "en la quemazón de alcoholes 'La Bética', que él recordaría como "un edificio de tres pisos, que lucía pintura roja en sus muros".
En un descuido de sus transitorios compañeros, aprovechó para reincorporarse con sus anteriores tropas, ubicándose en el cuartel de San Francisco (el antiguo convento del mismo nombre), cerca del cual existían los baños homónimos, donde se tomó algunas abluciones, unas veces de medio placer, por 5 centavos, y otras de placer, por 10 centavos.
En las filas carrancistas libró el segundo combate, que se inició el 13 de abril y terminó el 15. Una vez obtenida la victoria, siguió él con rumbo al norte, sin separarse ya más de las fuerzas obregonistas, dentro de las que alcanzaría varias medallas al mérito y ascensos, como el que le confirió en 1925 el general Joaquín Amaro, siendo Secretario de Guerra y Marina, que le otorgó el rango de teniente de artillería.

4.
Otro soldado carrancista, Juventino Martínez Estrada, era mucho más joven que el anterior cuando participó en los combates de Celaya.
Militante del Regimiento del general Alfredo Elizondo, Juventino nació en San Juan de la Vega, trasladándose a radicar a la cabecera del Municipio en el año de 1913, a los 15 años de edad.
En diciembre de 1914, cuando Elizondo llegó a la ciudad por segunda vez, a su regreso de la fallida Convención de Aguascalientes, el imberbe muchacho se dio de alta, animado por un tío suyo que ya formaba parte de aquellas fuerzas, que la primera vez que se habían posesionado de esta plaza, tomaron por cuartel general la finca que ocuparía la tienda de "El Cerrojo", es decir, la señorial mansión del matrimonio González-Valencia, en el céntrico Portal Corregidora.
Por instrucciones de la superioridad, las tropas de Elizondo salieron rumbo a Salvatierra, luego a Acámbaro, donde estuvieron 15 días, para después marchar a Zitácuaro, Mich., de donde habían llegado noticias acerca de que los zapatistas habían invadido aquella región michoacana. Acuartelados en Zitácuaro, de allí salían a combatir a la gente de Zapata, o a Valle de Bravo, o a Real del Oro.
En el mes de marzo abandonaron Zitácuaro, enfilando a Estación de Cazaderos, donde se unieron al ejército de Obregón, con quien siguieron el camino al centro del país. El Jueves Santo de 1915, 2 de abril, "sin necesidad de combatir", ocuparon Querétaro, que habían evacuado los villistas.
Aquí permanecieron hasta el Sábado de Gloria, cuando a las 8 de la mañana tomaron el camino a Coroneo, pernoctando en Jerécuaro. A las 5 de la tarde del Domingo de Resurrección, las fuerzas de Elizondo tomaban Acámbaro, después de que el general villista Carrera Torres abandonaba la plaza.
De Acámbaro salieron para Celaya el lunes 6 de abril a las 7 de la mañana, habiendo tenido noticias de que los Dorados de Villa venían al encuentro del ejército de Obregón.
El contingente de Juventino descansó en Tarimoro, hasta las 9 de la noche, cuando llegó un correo del general sonorense, ordenando que se concentraran en Celaya, por lo que se situaron en el camino viejo que va a Rincón de Tamayo, quedando allí a manera de reserva, porque ya se estaba librando el primer combate.
A las 7 de la mañana del día 7, después de que Elizondo había sostenido pláticas al respecto con Obregón, los mandaron a formar una línea por toda la vía, hasta el puente de fierro. Más tarde, cuando ya se había determinado la estrategia a seguir, los estuvieron destacando en partidas de 40 hombres, a unas barrancas que están frente al cerro de Merino, donde hasta que estuvieron todos reunidos, se puso en marcha el plan del general en jefe: hacer una salida en falso, para llamar la atención a los villistas y entonces cargar con la caballería por la retaguardia, cometido que cumplieron a satisfacción las fuerzas de los generales Alfredo Elizondo y Joaquín Amaro, con el coronel Villarreal como eficaz auxiliar, porque al cabo de algún tiempo empezaron a retroceder los villistas, "de los cuales quedaron más de cinco mil en calidad de prisioneros, además de una parte de la artillería".
Aunque los Dorados de Villa recurrieron una y otra vez a la carga, la resistencia de los obregonistas fue denodada y no la doblegaron. Personalmente, Elizondo ordenó a Juventino Martínez Estrada y compañeros, que mataran los animales que formaban el tiro de los cañones, lo cual hicieron, pero los villistas, no obstante esto, "lograron recuperar su artillería, mas no los prisioneros. Una vez recuperados sus cañones, nos siguieron hasta cerca de la hacienda de San Nicolás".
Entonces el general en jefe mandó un tren con carga de cañones, atacando al campo villista, siendo esto suficiente para que los Dorados emprendieran la retirada, mientras los obregonistas los perseguían hasta más allá de Cortazar. Así terminó el primer combate.
Juventino y sus compañeros acamparon durante tres días por el Barrio de la Resurrección, en unos solares pertenecientes de Pánfilo Maldonado. De allí pasaron al rancho de Bartolo Jaramillo.
El día 13, como a las 5 de la tarde, estaban haciendo el "lonche", cuando se empeñó el segundo combate: Se formó la línea de fuego, desde el rancho de Jaramillo, hasta la hacienda de Torres (cerca de donde se instalaría tiempo después la termoeléctrica). Por el rumbo de "La Internacional", estaba en su apogeo el segundo combate, "mas nosotros no gastamos un solo cartucho hasta el día 14 a las 7 de la mañana", ante el avance de las fuerzas enemigas de los generales José Prieto y José Inés Chávez García y del coronel José Altamirano. A los primeros disparos hirieron en la cabeza al mayor Leoncio Muñiz, del Primer Escuadrón al que Juventino pertenecía, principiando allí su intervención en el segundo combate, peleando todo el día y toda la noche. Cada dos horas "tiraban cajas de parque cerca de la línea de fuego".
Juventino condujo al mayor Muñiz al Teatro "Cortazar"  (sobre la Calzada Independencia, lugar en que eran atendidos una parte de los carrancistas heridos, pues otros lo eran en el Hospital Municipal). A pesar del estado de gravedad de Muñiz, "logró recuperarse perfectamente".
Cuando Francisco Villa emprendió la retirada, sus fuerzas debilitadas tomaron el rumbo de Santa María, yendo entonces los constitucionalistas en su persecución, hasta cerca de Salamanca.

Terminados estos combates, el general Elizondo les ordenó concentrarse en El Sabino, para tomar por Salvatierra el rumbo de Michoacán, en cuya capital, Morelia, se volvieron a encontrar con el general villista Prieto, que hubo de desalojar la plaza. Entonces Venustiano Carranza extendió el nombramiento de Gobernador para Elizondo, con quien combatieron, sin derrotarlas, a las fuerzas desmandadas de José Inés Chávez García y Jesús Cíntora.


domingo, 5 de abril de 2015

LOS COMBATES DE CELAYA

El Sol del Bajío, Celaya, Gto.


En el marco histórico de los terribles acontecimientos que sucedieron en Celaya hace 100 años, entre Villa y Obregón, el Diezmo de Palabras ofrece a nuestros amables lectores el fragmento de un texto preparado por el Cronista de Celaya, Herminio Martínez, donde se puede sentir el fragor de la batalla, el arrojo de los participantes, el valor y la inteligencia para dirigir uno de los episodios definitivos para la revolución mexicana...

LOS COMBATES DE CELAYA
Del 6 al 15 de abril de 1915

¿QUÉ FUERON? ¿CUÁNDO OCURRIERON?
¿POR QUÉ A ÁLVARO OBREGÓN SE LE LLAMÓ
“EL MANCO DE CELAYA” Y NO “EL MANCO DE LEÓN?”

LOS TRENES

A  Celaya  bajaron los guerreros,
los guerreros bajaron a Celaya,
traían en la memoria la batalla
de un México social sin agujeros.

Los llanos fulguraban de luceros
paridos por la luz de la metralla.
Cuántos hombres sembrados en la raya
hecha surco al fulgor de los aceros.

Cuántos trenes llorando en la llanura,
cuántas madres metidas en la pena
y cuánta juventud en la espesura.

Largas noches de lágrimas y arena,
pero después de aquella noche oscura,
ya no muerde la patria su cadena.

+++++++++++++++++++++++++

LOS GENERALES

Los dos a ti llegaron con el día,
los dos a ti llegaron con su orquesta
de cañones y balas: una fiesta,
aquel México pobre en su alegría.

De repente la tarde se hizo fría,
abril se había sentado en la floresta
a ver pasar el rumbo de la apuesta
que echó con la llanura y la armonía.

Obregón como fiera desatada
y Villa igual, en su amplitud dispersos,
sembraron en tu suelo la jornada

más difícil, cual yunta de universos,
y se quedó la noche perforada
llorando sobre ti mundos y versos.

+++++++++++++++++++++++++

SÍNTESIS

Así se le llama a una serie de decisivos encuentros militares de nuestra Revolución, entre los ejércitos de los generales Francisco Villa y Álvaro Obregón (Convencionistas y Constitucionalistas), ocurridos en los alrededores de la ciudad de Celaya, que para aquel entonces tenía la fabulosa cantidad de 12,000 habitantes. Previamente, Obregón había concentrado sus huestes en Querétaro y Francisco Villa en Irapuato.
La primera fase de la batalla se dio en los días 6 y  7 de abril, un tanto cuanto favorable a los villistas, pero Obregón supo defenderse y resistió estoicamente las bravas  arremetidas de aquellos hombres a quienes la fama ya había dado el nombre de “Dorados”.
La fase final comenzó el 13 de abril. Obregón supo aprovechar las debilidades del villismo en cuanto a estrategia militar se refiere, haciéndose de la victoria total el día 15 de abril, cuando el Centauro se vio en la necesidad de replegarse hacia León, cargando su derrota.
 Después de esta batalla, hubo otras entre los mismos bandos en Trinidad, León, Santa Ana del Conde y Aguascalientes, pero Villa ya no volvería jamás a ser el mismo.
Fue en la batalla de León donde Obregón, quien llegó a ser Presidente de México entre 1920 y 1924, perdió uno de sus brazos, razón por la cual se le conoce como el “Manco de Celaya”, no porque el brazo lo haya perdido en la Puerta de Oro del Bajío, sino porque el nombre de los Combates de Celaya comprendía un territorio que iba desde Querétaro hasta la ciudad de León.



LA PRIMERA BATALLA

Una carabina de once
en Celaya se lució,
la acompañó el treinta-treinta,
la metralla y el cañón.
Pistolas cuarenta y cinco,
pistolas cuarenta y cuatro,
pistolas cuarenta y uno
treinta y cinco y treinta y dos,
¡cantaron recio en Celaya
contra el malvado Obregón!

(Viejo trovador de la comunidad de San Elías, Mpio. de Celaya)


Aquel 5 de abril de 1915, Francisco Villa pasaba revista a sus joviales tropas en la ciudad de Salamanca, porque al día siguiente tomaría la decisión de acabar de una vez por todas con Álvaro Obregón, al que él llamaba “El Perfumado”.
De este modo, inició su avance con tres columnas: al norte la caballería, al mando de Agustín Estrada; al centro la infantería, constituidas por las brigadas de José Herón González, Dionisio Triana, San Román y la brigada Bracamontes; al sur puso otra de caballería, al mando del general Abel B. Serrato; y  en la retaguardia puso la artillería. El día seis se trabó un combate: Villa chocó contra el carrancista Fortunato Maycotte, precisamente en El Guaje, hoy Villagrán, Gto. Al saberlo Obregón, de inmediato envió refuerzos, primero con el general Manuel Laveaga y 1,500 hombres. Posteriormente él mismo arribó al Guaje, únicamente para ser testigo de la derrota de su gente. Hubo 800 muertos federales,  heridos y un desánimo total. No obstante, él y el general Maycotte lograron organizar ordenadamente su retirada hacia Celaya, perseguidos ferozmente por los ejércitos de Villa y todos sus aguerridos generales.
Sin embargo, en Celaya, Pancho Villa cometió un error al no modificar sus tácticas de ataque ni esperar la llegada de la artillería. Obregón le había ordenado a Benjamín Hill que dispusiera toda la gente e inspeccionara bien el terreno, por lo que, súbitamente, Villa se encontró frente a un muro de fuego. El choque fue durísimo. Al caer la noche sonaron los últimos balazos de un combate que, a todas luces, habían perdido los villistas, a quienes no les quedó más remedio que recular hacia su posición de origen, jurando ferozmente regresar al día siguiente.
Entonces, el general Obregón ordenó que vinieran a apoyarlo hasta Celaya Alfredo Elizondo, Alejo González y Porfirio González, y a las primeras horas del día 7 de abril, la suerte pareció estar de su lado. Villa reinició el ataque, el cual poco a poco fue aumentando entre explosiones y cargas de caballería, dejando sobre el campo miles de cadáveres. Ahora sí la artillería villista, dirigida por los generales José María Jurado y José Saavedra, abatió Celaya. Lo mismo la caballería, al mando del coronel Pedro González. A las nueve de la mañana los carrancistas entraron en crisis, al ver que a los batallones 5, 9, 17 y 22 se les habían terminado ya las municiones. Obregón le ordenó al general Cesáreo Castro que le mandara tropas para cerrar la brecha y así llegó a auxiliarlo  Jesús Novoa con toda su brigada. Pero no bastaba. Villa se enardecía, echando denuestos contra Obregón y todos los seguidores de Carranza. Es en estos momentos en que el genio de Obregón se ve precisado a trabajar psicológicamente al ordenarle a un joven corneta, del 9º Batallón, tocar “diana”, lo que creó confusión en las tropas de Francisco Villa, quien ordenó un ataque general, pero nuevamente sus guerreros fueron contenidos. Había mucho desgaste moral y físico. Dieron más de cuarenta cargas de caballería y en todas fueron rechazados. Los constitucionalistas pasaban ahora a la ofensiva. La gran caballería, al mando de los generales Cesáreo Castro, Maycotte, González y Novoa, actuó llevando a cabo un doble envolvimiento de victoria. El general González atacó por el norte, llegando hasta donde estaban los ferrocarriles del villismo, que comenzaban a huir. Los canales de riego fueron pieza clave para que este día 7 de abril los villistas huyeran derrotados, deteniéndose, al caer la tarde, en la estación de Crespo y en el Guaje.
Las bajas fueron, por los constitucionalistas: 4 jefes, 27 oficiales y 527 de tropa muertos; heridos fueron 5 jefes, 20 oficiales y 340 de tropa.
Por los villistas: 1,800 muertos, entre ellos los generales Agustín Estrada y Francisco Natera; 3,000 heridos y 500 prisioneros, así como gran cantidad de material de guerra y ganado. Estos marcharon hacia Salamanca para reorganizarse, recibir refuerzos y curarse las heridas, pero sobre todo a preparar su nueva operación.


LA SEGUNDA BATALLA

Para estas alturas, las fuerzas de Álvaro Obregón habían sido convenientemente reforzadas por la primera División de Oriente con tres regimientos de caballería, un batallón de infantería y una sección de ametralladoras; dos fracciones de la Brigada Gavira; fracciones de la Brigada de Novoa; dos batallones “Rojos” de obreros más la Brigada completa del general Joaquín Amaro y sus “rayados”, quienes anteriormente habían sido también villistas. Con estos elementos, el efectivo del Ejército de Operaciones subió a 15,000 hombres, de los que 8,000 eran de caballería, con trece piezas de artillería y más de 100 ametralladoras. Finalmente, el día 12 arribó un convoy de municiones al mando del general Antonio Norzagaray.
Por su parte, Francisco Villa también se reforzó: se le sumaron las brigadas de los generales José I. Prieto, José Ruiz y César Moya; más tropas de infantería y artillería, provenientes del estado de Jalisco, al mando de Francisco Carrera Torres y Pánfilo Natera, así como importantes remesas de municiones que desde Ciudad Juárez le envió su hermano el general Hipólito Villa.
 El día 13 arrancó este otro combate. Villa avanzaba en dos grupos, uno al norte y otro al sur de la vía férrea; la infantería desembarcó en la estación de Crespo, a ocho Kilómetros de la ciudad y la artillería marchó a la retaguardia. Obregón tomó otra vez la defensiva, manteniendo una gran reserva. La batalla inició en la tarde, con un ligero tiroteo y otras acciones. Una hora después el combate se había generalizado, principalmente en el sector de la 2ª. brigada del general villista Francisco Manzo, quien mantenía su cuartel en la hacienda de San Juanico. Los constitucionalistas abrieron fuego, Villa contestó. Poco después se combatía en todo el frente. La táctica seguida por la División del Norte era la misma: furiosos ataques frontales, violentas cargas de caballería que se estrellaban ante el fuego de la infantería constitucionalista y tantas zanjas abiertas para el riego. Así ocurrió el 13 y el 14, igual, fue una repetición: las caballerías buscaban el lugar vulnerable que permitiera la ruptura. Obregón sabía que a ese ritmo, las tropas del Centauro no durarían mucho tiempo en pie, se preparó, pidió más municiones, le escribió a Carranza.
 En la madrugada del día 15 consultó con sus comandantes sobre el estado de sus tropas,  a fin de poder iniciar un ataque a las primeras horas. La respuesta fue optimista. El agrupamiento de la caballería obregonista quedó formado, del lado norte, por el general Cesáreo Castro, aunque tomó el mando el general Fortunato Maycotte, debido a una enfermedad del general Cesáreo, más la caballería del general Dionisio Triana. El del sector sur quedó constituido por las Brigadas de Joaquín Amaro, Antúnez, más las brigadas de caballería Jaimes y Gavira. Así, los constitucionalistas pasaron a la ofensiva, por lo que Villa fue sacado de balance. El propio Obregón marchaba al centro de sus fuerzas. De inmediato la batalla se hizo general: Los villistas, desconcertados, se defendieron, sin evitar ser  rechazados de la estación de Crespo hasta la hacienda de las Trojes, por el norte. Porque por el centro, las tropas constitucionalistas los habían hecho retroceder más rápidamente, quedando tan sólo aislado el núcleo de las Trojes, que posiblemente por falta de información se aferraba a su posición perdida.

Para el medio día la batalla estaba decidida a favor de Álvaro Obregón. Al caer la noche, los últimos villistas que luchaban en Trojes, fueron atacados, huyendo hacia Juan Martín y Jofre, por cuyas acequias y campos labrantíos iban arrojando sus “cueras” y armamento.

Sepa la bola

  SEPA LA BOLA  Patricia Ruiz Hernández ¿Cuándo acabaría aquella lucha?, se preguntó Gabino mientras permanecía hipnotizado con la llama de ...