domingo, 3 de marzo de 2019

EL CUARTO DEL ESCRIBA



EL CUARTO DEL ESCRIBA

El reto fue escribir narraciones de corte fantástico y misterioso. Entre los 18 autores seleccionados tuve el honor y orgullo de ser incluido al lado de mi hija. En ese entonces ella tenía diecisiete años y ahora, con una treintena de primaveras, un pequeño león fruto de su amor y el apoyo incondicional del amor de su vida, sigue creando y disfruta intensamente la vida que ha elegido. Yo la amo igual que cuando era una niña en mis brazos.
Este es uno de los cuentos incluidos en esa antología de la Universidad de Guanajuato. Vale.
JEM




EL TIRADERO
Estrella Méndez Méndez

Entre las sombras de la noche me encuentro sentada y lágrimas secas llenan de sal mis mejillas. Miro mi reflejo pintado en el agua del lavabo –reflejo de mis ojos sin vida–, reflejos borrosos del crimen que salpicó de carmesí las paredes de mi cuarto. Sangre que dejó huellas extintas de sonrisa y alegría. De pie entre las sombras percibo ese aroma dulce del líquido que llena de vida a miles de cuerpos sin alma. Como la mía, que ya no llora, no quiere... no puede. En silencio me observa, sintiendo con placer cómo el demonio le abraza acunándola entre sus brazos. Un ruido a goteo mortal me despierta furiosa de mi letargo. Ahí, sobre mi almohada, está aquel hermoso filo del cuchillo, y éste aún resplandece con un reflejo rojo. En las paredes aún brilla la sangre como crudo adorno de mi victoria. Sonrío mirando los muros llenos de aquellas fotos encantadas y esos viejos juguetes que se empolvaron de años. Camino tarareando, bailando descalza al ritmo de la música que mi alma maldita entona, con mis manos y pies vestidos de rojo. Mis ojos con el brillo de locura que lucieron la noche anterior, aquella sonrisa de enamorada en mis labios, mientras sin dejar de reír aparto la mano muerta que cuelga de mi lecho, mi santuario, mi refugio. «Tonto, tonto, tonto», repito una y otra vez riendo de tal manera que llega un momento en que me contagio de mi propia risa. Le advertí, después de todo le advertí, «quítate de mi cama» le dije con enfado y él sólo rió acomodándose mejor. «Quítate, no te quiero en mi cama», le repetí, pero solo se rió de mí. «Tiene tu aroma, déjame estar aquí», me declaró con sonrisa de niño pequeño que a su cara de adolescente idiota no le quedaba, pero siempre la combinaba de todos modos. «Quítate, te digo, no quiero que esté en mi cama, salte de aquí y lárgate», le advertí una vez más, pero él sólo cerró los ojos riendo, burlándose de mí. «Si no te quitas, te mato», lo dije, y lo dije de tal manera que no pude evitar sonreír con malicia ante la idea. «No juegues, déjame dormir un poco», me dijo con voz ya adormilada. Enfadada porque ése estuviera contaminando mi santuario con su pestilente esencia, salí del cuarto y tomé aquel cuchillo que me gustaba tanto, aquel cuchillo con el cual solía sonreír orgullosa de mi compra, mientras despellejaba el pollo para mi comida, y regresé a mi recámara pero él ya estaba dormido. Subí despacio a mi cama y el tonto sonrió entre sueños cuando me senté sobre su vientre. «Te lo advertí», le dije con voz de canto, voz de quien va a lanzarle una cubetada de agua helada, pero lo que hice fue descender aquel cuchillo que brilló feroz en mis manos, una y otra vez mientras mis ojos brillaban con febril felicidad. Sus gritos los acallé con una de mis manos sobre sus labios y entonces la sangre salpicó mis paredes, mis fotos, mis muñecas, mi cama. Mi brazo, finalmente cansado, no pudo seguir con el juego, me senté a su lado en un pequeño espacio sobrante en mi cama y, apoyando mis pies en un costado del cuerpo, lo empujé. Cayó golpeándose la cabeza con el buró, no me importó, al fin que ya estaba muerto.
            El espejo me dice que no soy yo quien llora, sino mi otra yo que a veces se escapa para mentirle a mis padres. Pero ya pasó la sombra, fue sólo un instante de soledad. Airosa de recuperar mi cama me gana el cansancio y, sin importar que la cama estuviese toda teñida de rojo, me voy a dormir una siesta como nunca.
            Qué hermoso es despertar cuando al abrir los ojos descubres que un bello sueño es verdad y no simplemente un sueño. Bailando y cantando, retiro el cuerpo del suelo para echarlo al baño dentro de la regadera, donde abro la llave para lavar el apestoso cadáver y yo misma me meto con todo y ropa. La sangre no se lava por completo pero me siento fresca, libre. Salgo de mi recámara, me echo sobre el sillón y prendo la televisión para ver algún programa divertido. Miro con una sonrisa ensoñadora el reloj y pienso: «Pronto llegarán mis padres, espero que no se molesten por el tiradero».





*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.
**Publicados originalmente en El Cuarto del Escriba, historias de literatura fantástica, Universidad de Guanajuato. Recopilación y nota de Herminio Martínez.

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