domingo, 15 de julio de 2018

EN EL HUECO DE LOS DESEOS



EN EL HUECO DE LOS DESEOS



BOLERO
Rafael Palacios

Un salón enorme. Recordando tu tacto suave, mientras escarbabas caminos por mi piel y con un rastro tibio e indeleble por toda mi geografía vertebral. Navegando rio abajo, por los vados de tus orillas. Moviéndome de forma egoísta por cada centímetro del piso de mosaico que me lleva de manera hipnótica hasta ti. Lenta, como una bocanada de humo, emergiendo apaciblemente por tu boca, tras una densa bruma que luego hace que todo comience en tus labios, siempre es así, tus labios son el principio y final de mi abismo. Evasiva, casi como un chorro de agua que huye por entre mis dedos, bajo un fuego de descargas infinitas mientras te me escapas de las manos; mientras corre por todo mi ser un toque eléctrico que me disminuye hasta quedar postrado y de rodillas.
            La noche estaba abierta de par en par. Volverla a ver fue como internarse dentro de un calidoscopio inmenso. Sentirse atado de pies y manos, con ojos vendados y con las náuseas a flor de boca, sintiendo como un terrible vórtice estrujaba el corazón contra mis pulmones. Estaba de regreso, definitivamente las noches de verano me excitan más que cualquier otra. Soy calor atrapado en un cuerpo oblicuo, sesgado por los rayos del sol y por la luz de la luna de julio. Caminaba por una calle iluminada con suavidad, con reverberaciones de luz de neón; con mis ganas contenidas, pero reptando amenazadoras, lista para saltar e hincar sus colmillos en tu boca purpurea. Mis pies me pesan. A medida que avanzo la fisonomía de la calle muta, se metamorfosea en cuadras y cuadras de asfalto gris, con pequeñas flores creciendo en escollos que nunca pude imaginar. La música se entre mezcla con los sonidos salvajes. “La más vieja de tu casa es la que cobra eso”, “si tienes un hondo pesar, piensa en mí”, “por media hora en este cochino cuchitril, tienes razón, mejor le doy el dinero a mi abuela”, “si tienes ganas de llorar, piensa en mí”.
            Era muy temprano cuando alguien de la oficina lo propuso. “En la noche nos vamos de putas. En la calle de las Princesas siempre soy bien recibido”. Luego, para medio día, después de que terminábamos un almuerzo, el mismo que lo había propuesto, reculó. “Mi hermano, ya le arreglé el asunto con la Princesa del Norte, pero tendrá que ir solo. Me acaban de informar que soy persona no grata en esa calle, no sé si fue por la madrina que le acomodamos al galán de la Reina, o por el tequila adulterado que les dimos a las demás princesas.” Y así me encontré en soledad por parajes desconocidos, por callejuelas húmedas y malolientes que me recordaban lo cerca que se puede estar de la miseria humana. A segundos de ti, a escasas puertas de metal y timbres semejantes a la alarma de los bomberos.
            A mi edad y todavía creyendo en cuentos de princesas. Me sentía un adolescente ansioso, me sentía Rimbaud buscando inspiración. Pero, ¿por qué querría ella ser inspiración?, ¿inspiración de quién? Por lo que había visto las noches anteriores, ella no se sentía mal entre la sordidez de la casa de las Princesas, incluso había aceptado sonriente, aquello de Princesa del Norte, sólo por venir de Guaymas.
Buscándola por todas partes, por todas las casas, por debajo de las piedras, entre las grietas de los muros, entre las tapaderas de las alcantarillas, detrás de los botes de basura de los callejones; buscando su sonrisa reflejada en algún charco en medio de la calle. Entonces entrar a la casa y seguir el camino amarillo. Una larga tira de focos del 50, que hacen palidecer la piel de cualquiera que se aventurara a trasladarse a ese umbral profundo llamado noche.

            Tomaste sólo retazos de mi vida. Te filtraste entre mis venas, corres dentro de mí. Infectaste mi existencia de la tuya, de buenos deseos e intenciones de sentir. Te colaste, tú mismo y sin mi autorización. Me llenas, me colmas, me desbordas de una desventura irremediable. Te alojaste en mi viejo corazón, tomando como nicho ese hueco clausurado desde la última desgracia que me hizo dinamitar mis sentimientos; sin embargo estás ahí, te quedaste sin que yo te lo pidiera. Me habitas, caminas incesantemente a lo largo de mis abrazos. Y por la madrugada, despareces furtivo y con mucho miedo. Todo esto por quinientos pesos la noche.

            Estaba muy mareado cuando mis pasos me llevaron de nuevo a ese salón de baile. Sonando solamente el ritmo del dinero. El amor que viene desde un bolero por todos conocido, pero no por eso, dejando de sorprender. “De aquel sombrío misterio de tus ojos,  no queda ni un destello para mí…” Caricias impersonales, miradas inquisidoras, cabello con aroma a Marlboro rojos y besos sabor Cuervo Especial. “No te debía querer y te quise, no te debía olvidar y te olvidé…” Y los dos ahí, encontrados, enfermos del mismo mal. Con las piernas en perfecta sincronía, aprisionándonos desde la mirada y siéndonos imperfectos extraños, colmados de motivos, aderezando nuestras ganas con limón y sal. Cuanto más bailábamos, más rígidas nos parecían nuestras existencias. Sometidos a una luna glacial, a un clima especialmente destinado para ser y para estar. Si el mundo no me pareciera tan mundo, si esperar por la muerte, no me pareciera una pérdida de tiempo; si imaginar qué tú, estando tan distante, me respiras muy cerca, si nuestra vida no se asemejara tanto a un bolero, seguramente no nos conoceríamos; y yo, vago de rumbos inhóspitos, cazador ocasional de princesas, buscaría la redención en otros brazos que no me quemaran como lo hacen los tuyos.

“Por qué te hizo el destino pecadora, si no sabes vender el corazón. Por qué pretendes odiarte quien te adora, porque vuelves a quererte quien te odio…”

Y así estuvimos siendo uno. De un ritmo largo y frenético, después a uno más corto y sugestivo. Es casi media noche y la cuenta empieza a correr. Un brandy o tal vez dos, tres líneas perfectas e inmaculadas, a manera de veneno espiritual. Conviene empezar a desquitar los quinientos pesos. Las manos demandan perfección, recorren un cuerpo lejano a la delicadeza, buscando el defecto vulnerable, la enfermedad especial y el vacío. Es este el clima asfixiante necesario para la lógica del deseo. El embrujo de la luna veraniega, el borde de un abismo intenso. Y en ese abismo penetrante, la danza de la piel, las fuerzas inhumanas que nos mantienen de pie y a ojos cerrados jalando la soga de la cordura, ahuyentando el último atisbo de la mala suerte que nos perseguía desde la mañana. Soy Ícaro volando hacia el astro rey, eres el convincente Dédalo enviándome a volar con alas que tú misma derrites. La noche crece, la oscuridad todo lo devora para luego vomitarlo en un infinito de estrellas que hoy, se distribuyen a voluntad y capricho nuestro. Soy un espacio cargado de vacío en el que la angustia crece y se multiplica. La cabeza de la Hidra de las perversiones, un llanto que estremece la madrugada, la astilla clavada en el medio de la frente. Haces la danza de la peligrosa Salomé, para después pedir mi cabeza servida en un recipiente de plata. Nos desfallecemos vacíos, desnudos y brillantes. La nada toma sentido cuando una piel toca otra piel y la mancilla para después honrarla. Estamos aquí, los brandis sabían a mierda, pero los quinientos pesos han valido la pena.
            Tú, siempre tú en el hueco de mis deseos. Nunca tuve tal miedo por los insomnios, porque estaba segura que te escabullirías cuando mi voluntad derrotada, te diera tregua y razón para escapar. Tú y siempre tú, viéndote del otro lado del espejo. Eres sustancia hecha de sueños, me provees de lo esencial, inscribes mi propia muerte en alguna parte del tiempo y el especio. Mi perversión preferida, mis ojos cerrados, los quinientos pesos que más me cuesta recibir.





El Devorador De Estrellas
J.A. Aguilar Ramírez

Las estrellas habían comenzado a desaparecer desde seis meses atrás y los gobiernos de todo el mundo nos advirtieron del exterminio de nuestro planeta desde hace dos. Los científicos habían descubierto con sus poderosos telescopios “algo” que se comía las estrellas. Aquel fenómeno era una incógnita para toda la población mundial, nunca pasaron fotos en la T.V. de aquello que se movía velozmente por el espacio; simplemente lo bautizaron como “el devorador de estrellas”.
Todo fue caos en el mundo entero, revoluciones, suicidios masivos, toda clase de barbarie se podía ver por las noticias de la noche. El mundo entero estaba loco, creo que lo mejor hubiese sido calmarnos y respirar profundamente mirando el cielo esperando el fin, o al menos eso era lo que yo creía, pero no, todos los habitantes del globo estaban paranoicos, derrumbaban iglesias, mataban gente, destruían las tiendas.
El día dispuesto para el fin del mundo sería un domingo. Los científicos calcularon minuciosamente la trayectoria de aquel devorador de estrellas y se  predijo que el fin del mundo era  el domingo de la resurrección de Cristo, era una burla.
Por mi parte, había renunciado a mi trabajo de esclavo en una fábrica de autos y con lo que me dieron de finiquito me alcanzaba para beber cerveza todos los días que me quedaban de vida. De vez en cuando le invitaba a mi papá a beber una conmigo en el balcón de mi cuarto, viendo las estrellas desaparecer una por una.
Nadie en el mundo trabaja ya, ¿para qué? Si el mundo estaba a punto de ser devorado por un no-sé-qué.
Todos los días desde aquel cuando dieron la noticia de nuestra destrucción, me la pasaba bebiendo con mis amigos y con la gente que más quería, pero había algo que debía hacer antes de que el mundo se acabara.
Podría hablar de Viridiana, escribirle un libro de quinientas hojas o más si la inspiración lo pide. Viridiana estaba molesta conmigo, no me hablaba ya desde hacía tres meses, en Navidad me mandó felicitaciones, pero yo me porté grosero con ella porque estaba borracho. Días antes de navidad por milésima vez le había declarado mi amor eterno y ella por milésima vez me había rechazado rotundamente.
Mandé mensajes a Viridiana antes de que llegara el último domingo, ella me contestó, me sorprendió y me sentí muy agradecido por aquel acto. Viridiana nunca fue grosera conmigo, siempre se preocupaba por mí, aunque ya no tuviéramos relación alguna. “¡Ya no quiero que me llames ebrio¡”, me decía todos los sábados de borrachera y luego colgaba. Dejaba de escribirle por semanas y luego caía de nuevo en el cariño que aún le tengo. “Te agradezco que aún me escribas cosas, Antonio, pero quiero que me saques de tu cabeza”, me dijo un día. O la ya clásica frase “deberías dejar la planta y ponerte a estudiar”. Creo que por eso la amaba tanto. Aún tenía el periódico donde publicaron un cuento que le escribí y que nunca compró, aunque sabía que lo iban a publicar.
El domingo del fin del mundo por fin llegó y mi familia (mi madre, mi padre y mis dos hermanos), no escatimamos en gasto alguno para celebrar el día. Compramos carne de fino corte con anticipación, cuando aún los supermercados sobrevivían; cervezas y pastel, como lo hacíamos en cada cumpleaños. Yo bebía con  descontrol y solo pensaba en volver a ver los ojos de Viridiana. Le mandé un mensaje ya cuando las cervezas habían comenzado a nublarme la vista. Obtuve respuesta. Me dijo que el último día de su vida se quería sentir como yo, así que estaba demasiado ebria afuera de su casa vomitando (no es algo normal en un ángel, pero que puede saber un pobre diablo como yo de ángeles). Lo medite por una media hora, ¿dejaría a mi familia en el fin del mundo por volverla a ver? Sabía quién tenía la respuesta a esa pregunta, mi padre. El viejo sabía todo sobre la vida, así que él tendría la solución para esta encrucijada. Mis hermanos trataban de pasar el último nivel de su video juego favorito, reían y maldecían como todos los días. Bajé a la sala, ahí estaba mi padre con mi hermosa madre. El viejo estaba borracho y se sentía un galán teniendo en las piernas a mi mamá, la besaba con ternura, con amor, y pude verme así con Viridiana.
“Papá”, le dije, “hay una chica que quisiera ver antes de que esto acabara”. Mi padre apretó las quijadas, le dolía que me fuera por última vez, pero el anciano tenía un enorme corazón, al igual que mi madre y me dio las llaves de la camioneta y preguntó “¿qué tan borracho estás?”.
La situación en las calles era un desastre, parecía la tercera guerra mundial. Había muertos por todas partes, borrachos, fuego en todas las casas y gente teniendo sexo con cualquier desconocido en avenidas públicas. Supuestamente las noticias que sonaban en la radio, solo nos quedaba una hora de vida y luego de eso los seres humanos seriamos una historia más entre millones en el universo; me apresuré, pisé el acelerador para llegar a la casa de Viridiana, una casa de gente con dinero. El cielo se pintaba de un rojo obscuro, casi escarlata. Cuando llegue, ella estaba ahí sentada en la banqueta, con un vestido de color plata brillante, el cabello recogido y la cabeza recargada en sus piernas. “¡Oye,  Viridiana!, ¿te encuentras bien?”, le pregunté, tomándola de los brazos. Ella me miró a los ojos, como cuando éramos novios. Entrelacé mis manos con las suyas, aún seguían frías como la última vez que las tomé. “Hace cuatro años éramos novios ¿te acuerdas, Antonio?”, le sonreí, “siempre lo recuerdo”, contesté. “Mis papás están adentro, en la casa, están llorando y yo estoy aquí afuera, vomitando, como tú lo hiciste durante cuatro años por mí; ahora siento lo que tú sientes”, me dijo triste mientras el cielo se ponía oscuro. “El devorador de estrellas se acaba de comer el sol, Viridiana”, le informé, mientras en todo el mundo se escuchaban gritos de pánico. “¿Sabes algo, Antonio?”, comenzó ella mirándome fijamente, sabiendo que eso me volvía loco. “Nunca he hecho el amor en mi vida y no quisiera morir sin sentir el amor de una persona. La casa de enfrente, esa que tiene un gran patio, está vacía, la gente que habitaba ahí se fue a ver al devorador de estrellas a Holanda. ¿Qué te parece si vamos?, antes de que mi padre se dé cuenta de que hago falta en la familia”.
Brincamos el barandal y entramos quebrando una ventana. Ella subió rápidamente por las escaleras de caoba, quitándose aquel vestido color plata en el camino. Se acostó en la cama del matrimonio y yo le quité su lencería de encaje. La besé como nunca, la besé con verdadero amor y no por carnalidad. Le confesé lo mucho que la amaba y mi necesidad de estar con ella. Cuando entre en su cuerpo, ella abrió sus ojos completamente acompañados con un gemido. Estudié sus ojos y pude ver que ella era la que se había robado las estrellas del cielo.






*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

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