domingo, 5 de noviembre de 2017

BOCAS QUE DICEN NUESTROS NOMBRES


BOCAS QUE DICEN NUESTROS NOMBRES
-1ra. Parte-


Largos han sido nuestros pasos por el mundo, eternas nuestras historias. En el trayecto, varios ojos han mirado a los nuestros, muchas pieles han rozado nuestra piel y muchos susurros nos han llegado con el viento. Nuestros nombres han sido pronunciados por muchas bocas: nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros amantes, nuestros hijos.
Nuestro nombre nos ha acompañado desde que nacimos, nos acompañará hasta que nuestros ojos se cierren entre la luz de las veladoras y los pétalos de la cempaxúchitl. Es la sombra que vive en nosotros, el ánima que nos debilita o fortalece. Anteriormente el nombre de las personas tenía más importancia, si no era lo suficientemente fuerte, espiritual y llevaba en cada letra un contenido repleto de la magia antigua, nuestra vida mortal y la que seguía estaba condenada. El nombre contenía al alma y si no era capaz de hacerlo, esta se desparramaba por la eternidad. El nombre era el cascarón, la muralla, los cimientos de nuestra alma.
Muchos te han nombrado, muchos más llegarán a hacerlo en tu camino. Cada boca que lo pronuncie estará llamando a tu corazón -sea que lo sepa o no-.
Cuida a los labios que conocen el interior de tu pecho, cuida los nombres de aquellos a quienes amas porque el que no te nombra, te olvida y si te olvidan, entonces morirás.
Paola Klug

+++++++++++++++++++++++++++++

JORNADA I
Flor Aguilera Navarrete

Regresar al oficio,
al juego interminable de palabras mal hechas.
Esta sucia tarea de limpiar,
de sacar la mugre de las letras,
la mierda que nubla,
la idea que se atasca entre lo que no sirve.
Abrir la oficina de nuevo,
como mil veces lo hice antes,
quizá antes de que yo misma naciera,
antes de que esto fuera mundo,
antes de que la palabra existiera
y nadie tuviera qué corregir porque nada había.
Abrir las persianas y dejar al descubierto la repetición,
la pila de papeles con manchas rojas
que exponen mi indigencia en símbolos paralelos.
Acercarme al párrafo es querer aniquilar la eternidad,
la falsa palabra
que venden por montones.

++++++++++++++++++++++++++++

SILENCIOS INMORTALES
Verónica Salazar García

Se guarda silencio en los sentimientos,
nada por decir, solo el viento que pasa grita.
Ese sonido invade la soledad
que se desgrana en el corazón.
Tu nombre quedó tatuado
en la inmortalidad de mis sentimientos.
Tus besos bebieron mi aliento y se congelaron,
las bocas que dicen nuestros nombres
callaron para no agrandar el dolor de la ausencia.




LIENZOS
Soco Uribe

En la oscuridad de su recámara, María escucha una voz que le susurra al oído frases que la inquietan. Despega la cabeza de su almohada y voltea hacia todos lados. Lo único que logra ver es la sombra de la cortina de la ventana que propina sin clemencia una serie de latigazos al cristal. Piensa que estaba soñando cuando esa voz la despertó. Se acomoda de nuevo en su cama, pero ahora boca abajo. Cubre su cuerpo con la ligera sábana de color lila y vuelve a conciliar el sueño. De nuevo, la inquietante voz emite frases inquisidoras que hieren su corazón, paralizan sus sentidos, la insensibilizan y de esta forma dirigen su vida hacia una zozobra constante y desmedida.
Esta vez, se incorpora, cierra la ventana y pregunta con voz sollozante:
-¿Quién eres, qué quieres de mí?
-Soy tu peor enemigo. Quien roba tus motivos de vida.
-Pero, ¿te conozco?
-No, aunque desde tu nacimiento estoy a tu lado. Soy el que te toma de la mano y te transporta hasta mis infiernos.
-¡Ah, maldito! Empiezo a reconocerte. ¿Eres quien me habla cuando más tranquila estoy y lo arruinas todo?
-Así es. Deseas abandonarme continuamente, pero no permito que me dejes.
-¡Yo!, ¿dejarte a ti? No entiendo. Si tú mismo has dicho que me tienes atrapada.
-Sí, pero mi batalla contigo es constante. Mi alimento es tu sufrimiento, y éste mi recompensa. Tu nombre sale de mi boca a cada instante. Estoy cansado y tú eres la única persona que la puedes acallar.
-¡Maldita sea! Eres la voz que me llama por mi nombre. Pero, no me has dicho el tuyo.
-Me llamo Menosprecio.
María abrió de nuevo la ventana de su habitación. Subió hasta la cornisa y su largo camisón color de rosa salió volando junto a los lienzos color lila de las cortinas.

+++++++++++++++++++++++++

ENTRE SILENCIOS
Laura Margarita Medina

El encuentro fue casual, inesperado.
Me bebí de un sorbo tu mirada.
Te presentí mío, en la cercanía.
Un aroma a promesa me envolvió.
Te arrulle en mi pensamiento,
el insomnio convirtió la luna en sol.
Dibujé siluetas de amor en el recuerdo.
Te reviví mil veces.
Escuché los latidos de tu corazón
que, unido al mío,
fueron como bocas que dicen nuestros nombres.


EN VOZ ABSOLUTA
María Rita

Bocas que dicen nuestros nombres con generosos alientos,
en la búsqueda incesante del timón perdido.
Porque fascinante es la esencia en increpante ilusión,
y de la mano con absolutos y fastuosos discursos perdidos en el corazón.
En su boca yace la esencia por estar apasionados en el contrario mundo.
Porque hubo quien probó tu boca en el mosto de tu piel apiñonada,
en ese hermoso camino de los pies a la cabeza.
Sin abrir su boca en su descubrir del resplandor del sol de cada mañana.
Fascinantes y enigmáticas las bocas que dicen nuestros nombres.
En semillas de maíz fueron resumidas en un solo fin universal
de corazones guerreros en la lucha de las palabras de sus bocas.
Ante una voz caída emergente son sus pies preparados llegó la reflexión,
más humanos en la tristeza de perder una ilusión.
Sin embargo en la luz rebosante de sur perdido aparece su voz,
porque de las bocas que dicen nuestros nombres
han de venir nuestra salvación en el imperante mundo de acero
y ellos tendrán la solución venida de lo más profundo de su ser.
Y plantados en la tierra emergerá una zozobra con ayuda del Creador,
ofreciendo el ritual emitido de las bocas que dicen nuestros nombres
en sabiduría heredada en las creencias que se harán presentes.
Mas ustedes serán el borbolleo de la añoranza
porque son hijos del destino osados atrevidos por ser dignos de sus bocas
en la verdad entrañable por hacer frente a la palabra.
En las bocas que dicen nuestros nombres en sinceras voces mi ser alienta,
con triunfo apaciguador, conciliador y edificador a mi voz alienta.

++++++++++++++++++++++++++++++

TRISTEZA ALEGRE
Bertha Cárdenas

Las bocas dicen nuestros nombres,
mienten y yo por dentro río.
No me fijo en melindres
ni suelto carrete para habladurías.
Parezco débil, mas tengo la fuerza de un roble.
Puse la mejilla y me abofetearon,
benévola puse la otra y fui abofeteada.
No hay tercera vez
pues nadamas tengo dos mejillas.
Aguanto carros y carretas,
coso sin hilo grandes puntadas,
un tergal de pensamientos de colores.
La cadencia de mi cara denota tristeza
pero soy feliz,
pues soy terca y me brinco las trancas.
No subestimes una cara triste.



CUANDO CAÍAN MÁS ESTRELLAS QUE HOY
José Luis Calderón Vela

Cada vez que las miro esas paredes blancas atropellan mi infancia con un carruaje hecho de ayeres.
¿Dónde quedarían esos adobes que mi hermana se comía a pedazos?
¿Dónde el barro de aquel patio que cada vez se hacía menos grande y que los tíos, hijos de mi abuelo, tendían por cama para secar lazos?
Desde entonces cualquier café me sabe a olor de noche oscura; a tierra de corral húmeda, a tropel de niños y muchachos, a chile asado en comal de barro, a gallinero, a perro y a pato, a visita de un padre lejano llegando de improviso, a trenzas de muchachas en flor ansiando ser cortadas, a noche helada cuando caían más estrellas que hoy.
Las bocas que dicen nuestros nombres, las de mis abuelos, padres y hermanos, hace tanto que se extraviaron.
Unos han muerto y otros han partido, tal vez para sembrar en sus hijos los recuerdos de esa casa que ya no existe; que he mostrado veinte veces a mis hijos, que otras mil yo he mirado, que para nadie jamás es un recuerdo pero que yo aún conservo en mis manos.
Las bocas que dicen nuestros nombres, las extraño en el trote del pasillo largo y en el galope del corral ancho.

++++++++++++++++++++++++++

LAS INCONGRUENCIAS DEL SIN TI
Víctor Manuel

Viajemos en barco a Bolivia.
Caminemos por el océano y lleguemos al polo central.
Tomemos un autobús a Marte. Un cohete al centro de la tierra.
Quiero subir contigo el Everest en moto.
Hacer salto base desde una roca.
Surfear en el desierto
y conducir por un volcán.
Seamos un huracán a la mitad de África.
Un tornado en el ártico.
Que las Bahamas sean potencia mundial
y nuestras vacaciones sean de por vida.
Que las guerras sean de paz;
las balas, letras;
los misiles, lenguas;
y las armas libros.
Que las bocas que dicen nuestros nombres se mueran y los viajes sean directo a uno mismo.
Quememos la historia del mañana
y el futuro del pasado que es hoy
hay que llenarlo de lágrimas de recuerdo.
Que los que viven a ras del suelo
se enfurezcan al vernos volar sobre su egoísmo.
Y los demonios con sus pancartas mueran ahogados en rencor.
Vengo desde Júpiter
de buscar el diamante más hermoso.
Pasé por un poco de polvo de estrella
y que en Venus lo conviertas en luna.
Que contigo la muerte
solo es una puerta a la eternidad
al infinito
y a tu lado.
Te estaré esperando.
Estoy aquí y sin ti, solo estoy.

+++++++++++++++++++++++


DESDE EL INICIO DE LOS TIEMPOS
Diana Alejandra Aboytes Martínez

A los que el amor
nos niega tres veces
antes de que el gallo cante.
Y nos cuelga
de una de las ramas de la noche
hasta que el vacío nos ahorca.
Comemos la manzana
que Adán tiró en el camino
pero su fruto termina
mordiéndonos los labios.
Entonces,
desde el inicio y el final de los tiempos
enfermos de palabras
con fiebre y en delirio
escribimos versos en el viento
y nos creemos poetas.

++++++++++++++++++++++++++++



*Bocas que dicen nuestros nombres nació por iniciativa del poeta Martín Campa a través de nuestro taller virtual en FB. Con la participación de diez mujeres y diez hombres, en dos partes. 

domingo, 29 de octubre de 2017

FIELES DIFUNTOS


FIELES DIFUNTOS

La muerte es el hecho trascendental que pone fin a la vida; suscita en el hombre reflexiones, temores y cuestionamientos.  Nada está claro sobre lo que ocurre después del último latido.  Lo indiscutible es que se trata del único porvenir seguro de todos los seres humanos.
Los mexicanos tenemos en el Día de Muertos, la ocasión ideal para recordar a esas personas amadas que se fueron, a quienes extrañamos, a quienes nunca morirán, ya que están vivos en nuestro corazón.
Son estas fechas, cuando los panteones están iluminados con veladoras y en los hogares hay altares decorados con papel picado, el marco ideal para que surjan miles de historias de apariciones y fenómenos inexplicables que ocurren en un singular encuentro entre los vivos y quienes aparentemente ya no están.  Por increíbles que resulten, nadie puede asegurar que los relatos no sean ciertos.  Después de todo, la muerte sólo es el inicio de una nueva vida.
            Los compañeros del Taller Diezmo de Palabras, en alusión a la fiesta de los Fieles Difuntos, presentan algunas historias ideales para recordarlas esta noche, cuando se apague la luz.
Javier Mendoza



LA NIÑA DEL TAXI
Javier Mendoza González

¡El día estaba muerto!  Ramón era taxista.  Deambulada por las calles de la ciudad sin mucha suerte.  Ya era tarde, pero no había logrado el pasaje al que estaba acostumbrado.  En eso vio a una niña, quien lloraba a la orilla de la banqueta.  Aparentaba no más de cinco años.  Cargaba con cariño una muñeca algo sucia y maltratada.  Con sus manitas, la chiquilla se limpiaba las lágrimas.
Ramón estacionó el auto frente a la pequeña.  Con el deseo de brindar ayuda bajó del taxi, mientras buscaba con la mirada algún adulto que acompañara a la niña, pero estaba sola.  Para esas horas, la zona ya lucía desolada.  
El taxista se agachó para estar a la altura de la niña.  Ella no dejó de llorar.  Sin saber que pregunta hacer primero, con un tono dulce, Ramón le dijo:
—¿Cómo te llamas?
—Tere –respondió ella, mientras se fundía más a su muñeca.
—Así que eres Teresa.  Yo me llamo Ramón –se presentó antes de continuar—Dime, ¿qué haces aquí tan sola?
—¡Quiero ir con mi mamá! –contestó la niña, para que luego el llanto fuera más fuerte.
—¡No llores! –le suplicó él, dispuesto a ayudar— Si me dices dónde vive, yo te llevo con ella.
Luego de un suspiro que logró controlar las lágrimas, Teresa dio las señas del lugar donde vivía su madre. Ramón conocía la ciudad a la perfección.  De inmediato ubicó el sitio que la niña describió. Sin ningún temor, la pequeña subió al asiento trasero del auto.  En ningún momento se despegó de su muñeca.  Ramón condujo por varios minutos.  Constantemente veía por el espejo a Teresa sentada en el lugar de atrás.  Ella estaba tranquila, aunque no dejó de llorar.  De vez en cuando sollozaba:
—¡Quiero ir con mi mamá!
Luego de algunas cuadras llegaron al domicilio que la niña indicó.  Ramón aún no estacionaba el auto, cuando Teresa se llenó de alegría.  Con el brazo y el dedo extendidos señaló:
—¡Ahí vive mi mamá!
Tan pronto se detuvo la marcha del motor, ella bajó a toda prisa del taxi.  Iba tan feliz, que no dio las gracias.  Sin detener su carrera entró a una casa que tenía la puerta solo emparejada. Ramón sonrió satisfecho, pero al mirar una vez más por el espejo, vio que la pequeña pasajera olvidó su muñeca.  La tomó. Con ella en sus manos tocó a la puerta.  Una mujer, ya muy entrada en años, atendió.  Al ver al hombre con la maltratada muñeca, sin mucha sorpresa lo invitó a pasar. Antes de preguntas y explicaciones, la señora le ofreció atole y buñuelos.  Luego intentó aclarar:
—Son los preferidos de Tere.
—Olvidó a su amiguita en el taxi –dijo Ramón al entregar el preciado juguete de la niña.
Habituada a lo ocurrido, la mujer retomó la palabra:
—Hace años, mi hija jugaba frente a la casa.  De pronto, sin precaución cruzó la calle.  ¡Era una niña!  Un taxi la arrolló.  Llevaba a su muñeca entre las manos.  Desde entonces, cada dos de noviembre, ella encuentra un buen hombre que la trae de regreso a casa.  Yo preparo lo que más le gustaba y lo pongo en la ofrenda de la sala.
Ramón contempló el altar a los difuntos.  En el nivel más alto estaba el retrato de Teresa.
—A la muñeca la acuesto en la cama que fue de mi hija –continuó la mujer—.  A la mañana siguiente ya no está.  El próximo año, mi Tere volverá con todo y su muñeca.  Así será, hasta que estemos juntas en la eternidad.  ¿No se dio cuenta?  Dígame, ¿dónde encontró a la niña?
—En la banqueta… frente al panteón.
Ramón se estremeció. Desde entonces tuvo la precaución de no pasar frente al cementerio, por lo menos el Día de Muertos.



LA TUMBA ABANDONADA
Carlos Javier Aguirre

El señor Juan Zúñiga platicaba que su compadre, J. Concepción Méndez, conocido por todos como el Chinito, fue durante muchos años el camposantero del Panteón Municipal.  Todos los días, una y otra vez, don Concepción recorría el cementerio por sus estrechas calles.  Por ello, conocía los nombres y la ubicación de casi todos los que estaban sepultados ahí.  Había comerciantes, amas de casa, artistas, soldados y prostitutas. Cuando terminaba de hacer sus recorridos, ya el sol estaba en lo alto.  En esos momentos de sosiego tenía la costumbre de tirarse a descansar bajo la sombra de un gran árbol.  Con calma se ponía el sombrero sobre la frente, para que la luz del medio día no le molestara. Platicaba mi compadre, que un día de noviembre del año de mil novecientos cincuenta, el Chinito apenas estaba saboreando su descanso cuando una mano fría lo movió para sacarlo de su sueño:
—¡Señor, señor, despierte! –le dijo un hombre pálido que estaba frente a él.
—¿Qué pasa?
—¡Hágame un favor!  ¿Puede limpiarme una tumba?  Hay tierra y ramas por todos lados.  ¡Está muy abandonada!  Así nadie puede descansar en paz.
—Sí, claro.  ¿Cuál es?
—Acompáñeme.
Luego de dar algunos pasos llegaron a una tumba que, efectivamente, estaba cubierta por follaje seco.  El nombre del difunto ni se veía.
—Es está –dijo el hombre aquel.
El Chinito tomó su machete, quitó la hierba y aflojó la tierra.
Al poco rato se presentó una mujer, quien le preguntó al sepulturero:
—¿Qué está haciendo?
—Un señor que estaba parado aquí me pidió que limpiara este lugar –respondió el Chinito, mientras buscó con la mirada a quien solicitó su ayuda, pero ya no había nadie más alrededor-. ¡Y sí qué lo necesitaba!  ¡La tumba estaba muy abandonada!
—Lo sé, –dijo la mujer con un tono de pena- hace tiempo que no venía a visitarla.  Dígame, ¿cómo era la persona que se lo pidió?
—Alto, flaco, con tirantes y barba de chivo.
—¡No puede ser!  ¡Ese señor era mi papá!  ¡Él es quien está enterrado aquí!



NOCHE DE INSOMNIO
Verónica Salazar García

Ya vienen los difuntos, esos que viven en el panteón.  Es noche de muertos y el sueño se me espantó.  Sólo doy vueltas y vueltas sin dormir.  ¡Tengo miedo!  Ya casi es la hora, según me dijo la abuela en la merienda, en la que se escucha arrastrar las cadenas.  Es cuando se acercan.  Vienen por nuestros pellejos.  Los huesos no les interesan.  Siempre que vienen dejan un olor a rancio.  Así se sabe que son los difuntos que se han escapado del camposanto en la noche de su libertad.  ¡Siento miedo!  Quisiera morir está noche para no oír sus lamentos; para no quitarles el tiempo.  Tétricos sonidos escucharán mis oídos.  No logro conciliar el sueño.  El insomnio se apoderó de mí.  Me envolvió en el manto de su indiferencia.  No siente el temor que tengo de sólo imaginar a los fallecidos, esos, quienes vienen por mi esqueleto.  ¡No quiero  verlos!  Me duelen sus condenas.  Vienen los difuntos por mi sangre, pero ya no queda nada.  Se la bebió el insomnio que me abrazó con horas de frialdad.  Sólo queda el sobresalto, pues está noche conoceré a las almas en pena.



EL CAMINO A CASA
Javier Mendoza González

Era el año de mil ochocientos noventa.  José tenía la costumbre de levantarse mucho más temprano que el Sol.  Era panadero.  Antes de que clareara el Cielo, él ya se dirigía al lugar donde le daba forma y sabor a la harina.  En esa ocasión, su madre le suplicó:
—¡Hijito!  No salgas.  Tengo la piel de gallina por un mal presentimiento.  Algo me dice que hoy, la muerte recorre las calles.  ¡Hazle caso a esta vieja!
José no le dio importancia a las palabras de su madre.  Parecía ser un día como cualquier otro.  Luego de recibir la bendición, el muchacho fue en busca del sustento. Caminó como siempre por algunas calles de los viejos barrios de la ciudad de Celaya: Santiaguito, Tierras Negras y San Antonio.  Todo estaba en calma.  De pronto vio a una mujer, ya anciana, quien con mucho esfuerzo arrastraba un costal.  José se compadeció de ella.  Se acercó para ayudarla.  La mujer lo miró sin la menor sorpresa.  Él exclamó:
—¡Madre de Dios!  ¿Qué hace tan temprano y tan sola?  ¿No le da miedo?
—¿Miedo?, ni a la muerte -fue la respuesta de la señora-.  Voy rumbo a mi nueva casa, pero me perdí. 
—Entonces, ¿cómo dará con ella?
—Sólo sé que es más hacia el norte.  Sí tú y la gente buena indican el camino, te aseguro que sacaran a más de un alma del Purgatorio.
—¡Ándele pues!  La ayudo.  Deme acá ese costal.
—Te lo agradezco.  ¡Ya quiero descansar!  ¡Pero ten cuidado!  Es lo único que me queda.
José se echó el bulto a la espalda.  Con paciencia caminó al lado de la señora.  Durante el recorrido, ella no le dirigió la palabra.  Luego de poner un rosario entre sus manos, tan sólo rezó y rezó. 
Así caminaron varias cuadras más, hasta que la anciana se detuvo.  Con serenidad mandó su vista al frente, para decir:
—¡Aquí es!  Estoy segura.  Hazme el favor de poner el bulto más allá de la puerta.  Mira que ya está abierta.
—¿Qué? –fue el sobresalto de José- ¡pero si es el nuevo cementerio!
—¿En qué mundo vives, muchacho?  ¿No sabes que hoy es quince de noviembre? Se abre por primera vez este panteón.  Muchos seremos desenterrados de los campos santos de las iglesias para venir a dar a ésta, nuestra nueva casa.  Nosotros ya no podemos hacerlo solos.  Necesitamos que gente noble, como tú, nos señale el camino. Luego de decir eso, la mujer se transfiguró hasta desaparecer.  José tembló de miedo, aún así, abrió el pesado saco que por varias calles cargó en su espalda.  ¡Eran huesos humanos!  Al instante se convirtieron en polvo. A pesar del temor que lo recorrió, José entró al cementerio para vaciar el costal en la fosa más cercana.  Sólo pudo mal hacer la señal de la cruz en su pecho.  De inmediato salió corriendo, mientras rezaba por su vida y por el descanso eterno de la anciana.
Desde entonces, cada quince de noviembre, en los barrios cercanos al Panteón Municipal, la gente coloca velas y fogatas en las calles, para indicarle a las almas que fueron exhumadas de los cementerios que hubo en los terrenos aledaños de algunas iglesias, el camino a su nueva morada.  Es el Día de las Luminarias.

+++++++++++++++++++++


*Javier Alejandro Mendoza González nació en Celaya. El gusto por las letras fue despertado en él durante la preparatoria “gracias a su querida maestra, Rita”. Por la inquietud de plasmar ideas y sueños surgieron los primeros escritos compartidos con las personas más cercanas.  Se integró al Taller Literario Diezmo de Palabras, donde impulsado por los colaboradores del mismo “se ha adentrado un poco más en el maravillo universo de la lectura y escritura”. En 2016 fue seleccionado en el programa Fondo Editorial Guanajuato para participar con una novela que pronto será publicada.

**Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

domingo, 22 de octubre de 2017

¿QUÉ PUEDO HACER EN ESTE REMOLINO?


¿QUÉ PUEDO HACER EN ESTE REMOLINO?

¿Qué putas puedo hacer con mi rodilla,
con mi pierna tan larga y tan flaca,
con mis brazos, con mi lengua,
con mis flacos ojos?
¿Qué puedo hacer en este remolino
de imbéciles de buena voluntad?
¿Qué puedo con inteligentes podridos
y con dulces niñas que no quieren hombre sino poesía?
¿Qué puedo entre los poetas uniformados
por la academia o por el comunismo?
¿Qué, entre vendedores o políticos
o pastores de almas?
¿Qué putas puedo hacer, Tarumba,
si no soy santo, ni héroe, ni bandido,
ni adorador del arte,
ni boticario,
ni rebelde?
¿Qué puedo hacer si puedo hacerlo todo
y no tengo ganas sino de mirar y mirar?
Jaime Sabines


EL PAPA
Herminio Martínez

Tras una larga espera por parte de los feligreses, los jerarcas, los gobernantes y todos los medios de comunicación, por fin, al aeropuerto internacional de la ciudad de León llegó el Papa de Roma.
Previamente, el gobierno de la nación había ordenado un ejército de guardianes para que lo custodiaran hasta la catedral y de allí a la casa donde reposaría dos noches, atendido por las monjas de la Adoración Santísima. Las multitudes se empujaban, atropellándose y aun faltándose al respeto, para verlo pasar en su automóvil blanco. Algunos hasta se ofendían, con tal de hacerse de un lugar casi pegado a la carretera.
“¡Es nuestro Santo Padre!”
“¡Su Santidad!”
“¡El sucesor de Pedro!”
“¡Imagínense!”
“¡El Vicario de Cristo!  Como quien dice, su representante personal”.
Esa misma mañana, procedente de la eternidad, a este aeropuerto también arribó Jesús, el hijo de Dios. Mas no le sorprendió que no hubiese nadie esperándolo, ni que el clero lo ignorara de tal manera; si acaso el policía que, de tan mala manera, le pidió esperar un poco en lo que el Papa terminaba de recorrer las avenidas y alcanzar la plaza principal, donde ya lo esperaban el nuncio, el cardenal, el gobernador y el presidente, estos dos últimos portando albas vestiduras a la manera del Pontífice.


—¿Cómo se le ocurre visitarnos cuando no hay nada abierto? Ni hoteles, ni calles, ni plazas. Nada –le increpó el funcionario-. Desconozco de dónde venga usted; de momento ni siquiera revisaré su pasaporte. Tal vez más tarde, no sé cuánto tiempo.
 —Yo sólo voy de paso -le respondió Jesús.
—De todos modos tiene que esperar ahí en la sala –le habló el hombre-, porque de aquí hasta el martes todo estará cerrado.
Al hablar, se le notaba el nerviosismo; en cambio, en Jesús, todo era esplendoroso.
—Bueno –volvió a hablar el agente, tras el mostrador-, ahora márchese, voy a continuar. Le llamaremos cuando nos llegue la orden.
—Está bien –habló Jesús con humildad.
—Y nuevamente una disculpa –agregó el empleado público-, no solemos tratar así a nuestros visitantes; pero hoy, sólo por hoy, la situación es diferente ¡Esto es una emergencia! No todos los días el Vicario de Cristo nos visita. Ahí está, rodeado de sus cardenales y arzobispos, clérigos y altos mandos del gobierno y las asociaciones religiosas; miles, cientos de miles, por no decir millones, le dan la bienvenida con rosas, canciones, lágrimas, coros y discursos al parecer escritos por los mismos ángeles. Discúlpeme, tengo que continuar. Usted espere ahí.
—Las religiones y las ideologías nos separan; los sueños y el sufrimiento nos acercan -murmuró Jesús, alejándose de la ventanilla.


Sepa la bola

  SEPA LA BOLA  Patricia Ruiz Hernández ¿Cuándo acabaría aquella lucha?, se preguntó Gabino mientras permanecía hipnotizado con la llama de ...