domingo, 17 de diciembre de 2017

ALCANCEMOS NUESTRO SUEÑOS


ALCANCEMOS NUESTRO SUEÑOS
-Cuentos infantiles-


EL PUEBLO DE LAS TORTUGAS
Herminio Martínez

Mele era un niño pobre, acaso el más pobre de toda la región. Sus padres, honrados campesinos, todos los días le pedían a Dios por sus ocho hijos, para que se los cuidara mientras ellos se iban al trabajo. Mele era el mayor y acostumbraba recorrer los campos en busca de flores, frutillas y algunas raíces comestibles, para llevarle comida a sus hermanos, quienes, por supuesto, tampoco podían ir a la escuela, porque vivían lejos, muy lejos de cualquier ciudad.
—Mmmm –decía el menor-, qué rico, qué rico. Quiero más.
—Y yo… -hablaba algún otro.
—Y yo también… -continuaban los pequeños.
—Mañana les traeré miel silvestre. Iré hasta la barranca de las rocas aullantes  o tal vez un poco más allá.
Por la tarde, cuando los padres regresaban, sabían que su buen hijo tenía bien atendidos a sus siete hermanos, porque Dios lo apoyaba y un ángel de la guarda le iba marcando los caminos. Los ángeles de la guarda, en ocasiones, asumen la forma de animales para comunicarse con los niños. Éste fue el caso:
Un día, mientras Mele vagaba por ahí, escuchó un lamento. Triste, muy triste. Una especie de queja que desgarraba el corazón.
—¿Quién es? -preguntó.
—Yo –respondió una joven tortuga-; estoy atrapada en las espinas. Ayúdame, por favor, no puedo liberarme.
—Claro –respondió inmediatamente el joven-, ahora mismo, amiguita; no te muevas para que no te lastimes más.
Y diciendo y actuando, en unos instantes se lanzó hacia las púas donde la pequeña criatura luchaba por salir, doliéndose, desesperada, por no poder ni siquiera ponerse boca abajo, como andan siempre las tortugas.
—Ya casi, ya casi… -le decía, sin dejar de hacer lo que mejor le convenía por no lastimarla más-. Sólo un poco más. ¡Caramba!
—Qué tonta fui; no sé cómo vine a meterme entre estas rocas.
—No te preocupes. Ya casi está…
Al rato, cuando por fin la tuvo entre sus manos, le habló compadecido:
—Ya puedes irte, amiguita. Y ten mucho cuidado con estas plantas espinosas. Son como los gatos o… los tigres –agregó.
—¡Gracias! ¡Gracias! –exclamó emocionada la tortuga-. Y ahora, ¿cómo y con qué he de pagarte? Estoy lejos de casa.
—Me alegro que estés a salvo, amiguita -le habló Mele-; con esto me es más que suficiente. Yo también me hallo lejos de casa; todos los días salgo a buscar algo para que coman mis hermanos.
—Lo sé.
—¿Tú? –se sorprendió el muchacho.
—En realidad, en el pueblo de las Tortugas todos lo sabemos: chicos y grandes no hacen sino hablar bien de ti.
—Entonces tengo que irme, ya sabes cuál es mi obligación. Apenas comenzaba a recoger algunas hierbas.
Bueno, ¿y si te invito a casa? A mis padres les dará un enorme gusto conocerte. Comes con nosotros y después te vas.
—Oh, no. A tu paso nunca llegaríamos. Mis hermanitos no pueden esperar; además, mis padres regresan por la tarde.
—¿Y quién dice que iremos a mi paso?
—¿Entonces?
—Al tuyo. Tú me cargarás. Además, estoy muy fatigada y si me quedo aquí me comerá una zorra.
—Es que…
—¡Nada! ¡Nada! Cárgame ahora, ya.
—De acuerdo, pero nos iremos rápido.
—A tus pasos.
Mele la tomó en sus brazos: parecía tan frágil, tan pequeña.
—Tengo frío, arrópame -le pidió, temblando-. El niño la juntó a su pecho como si fuese un pajarito, una flor o una paloma enferma.
“Pobre de ella –pensó-, en verdad es una tortuguita muy hermosa. La llevaré a su casa y enseguida continuaré buscando qué comer.
—¿Por dónde me voy? –le preguntó.
—Por el camino amarillo –respondió ella.
Mele se dio cuenta que ante sus ojos había tres caminos diferentes: uno azul, otro negro y el tercero era amarillo, como el dorado de los trigos a la hora de la tarde o el cabello de las hadas cuando las peina el viento.
—Toma esta medalla –le dijo la tortuguita, bostezando-, ella te indicará por dónde irte cuando yo ya no pueda contestarte, porque me habrá vencido el sueño. Estoy tan fatigada, mmmmmm.
—Descansa, amiguita; tú no te preocupes. Total, unas horas más que mis hermanitos se aguanten las ganas de comer, no importan.
La tortuguita no le respondió más, pero el niño sintió cómo vibraba la moneda en su bolsillo.
—¿Qué? -hizo.
Y no terminaba de asombrarse, cuando se halló, de pronto, en un inmenso valle rodeado de arboledas oscuras y un horizonte azul, que a ratos destellaba, como si en él jugaran los relámpagos.
—¿Eh?
—¿Qué sucede? ¿Ya llegamos? –apenas si abrió un ojito la tortuga.
—No lo sé.
—Entonces continúa. Hazle caso a la moneda de oro. Estamos ya en el pueblo donde radicamos las tortugas.


La llanura parecía estar hecha de espigas cuando las ha madurado el tiempo. Y sí, había muchas tortugas, que por donde quiera se asomaban, charlando, comentando.
Al rato, la moneda dejó de estar inquieta y la tortuguita abrió los ojos para decirle al niño:
—Ya llegamos, bájame aquí.
—De acuerdo. Ya era hora.
—¡Mamá! ¡Papá! –gritó.
Dos enormes tortugas aparecieron a la entrada de una pequeña cueva.
—¡Hijita! –le dijo su mamá.
—Ven acá, pequeña –le habló el papá.
—Aquí está tu moneda –le dijo Mele.
—No, es para ti –respondieron las tres tortugas.
—¿Mía?
—Sí, para que ya no tengas que salir a buscar raíces entre las rocas y los vientos. De ahora en adelante, cada vez que necesites algo, bastará que frotes la moneda y expreses tus deseos.
—¿De verdad?
—Prueba –le dijo la tortuguita, sintiéndose muy feliz entre sus padres-. Sujétala como si la fueras a rodar y expresa lo que más anhelas.
—De acuerdo –respondió el niño-: Quiero estar en una hermosa casa, con mis papás y mis hermanos, delante de una enorme mesa de comida, frutas y agua fresca.
—Gracias por todo –alcanzó a escuchar decir a las tres tortugas e inmediatamente se halló sentado ante la mesa de sus sueños, en una casa que también parecía estar hecha de sueños, compartiendo con sus papás y hermanos un banquete jamás imaginado, ni siquiera en sueños.
Y a partir de entonces, aquella familia inició una existencia diferente. Cada vez que necesitaban algo, bastaba con pedírselo a la moneda mágica y ésta les indicaba qué hacer o qué no hacer, como, por ejemplo, si convenía viajar a otro país, visitar ciudades, ir al mar, socorrer a los más necesitados. En todo los complacía, porque ellos eran buenos y habían sufrido y nunca dejaban de ayudar a los necesitados de la tierra.


PEPE
Rosaura Tamayo Ochoa

Su nombre es Pablo y tiene un árbol al que le puso por nombre, Pepe. Lo plantaron hace muchos años en el patio de su  casa. Hay veces que se le queda viendo y casi siente que le habla. Un día se quedó dormido en una banca junto a él. Dormido como estaba, escuchó una voz fuerte que le decía:
— Pablo, despierta, hay muchas cosas de las  que tenemos que hablar.
Medio despertó y movió la cabeza, escuchaba una voz diferente que no había oído jamás. Volteó para todos lados y no vio a nadie, en eso se escuchó la voz nuevamente.
—Pablo, no busques a una persona que te habla, soy yo, Pepe, el árbol. ¿Recuerdas que muchas veces te arrimaste a mí y me contabas tus penas y tristezas y hasta sentías que mis ramas y hojas te abrigaban? Si, en efecto, te abrazaba con tanto cariño. Te he visto desde niño cómo has crecido y en el jovencito que te has convertido.
Pablo apenas podía creer lo que estaba escuchando y le dijo:
—Pepe, no esperaba que un día me hablaras, lo que si creía es que me escucharas en algún momento. Te tengo más que cariño.
Pepe contestó:
—Ojala y todos los niños escucharan nuestras palabras, si fuera así te aseguro que les cambiaría la idea sobre la naturaleza y más aún de nosotros los árboles.

Se escuchó el viento que movía las hojas. A lo lejos el sol salía saludando a la mañana, los pájaros volaban sobre el árbol con sus trinos como una melodía casi estudiada. Y Pepe continuó:
—Pablo, eres tan afortunado como todos los tuyos. Mira, yo tengo numerosas ramas pero no alcanzo a tocar mucho. Sin embargo, tú tienes unas manos más cortas pero puedes desplazarte todo lo que quieras y alcanzar hasta los sueños. Ve tus delicadas manos con sus dedos, puedes hacer con ellos proezas. Logras acariciar, demostrar el amor con solo tocar. Ustedes los humanos tienen una labor en la vida tan diferente a la nuestra, cuentan con una inteligencia privilegiada capaz de mover al mundo y, sin embargo, nos ven a los árboles como un objeto que sólo da sombra. Todos tenemos un trabajo en este mundo y el nuestro es dar vida y oxígeno para que ustedes y todas las especies puedan respirar. Aparte damos frutos, resguardamos a las aves, algo tan simple y valioso como eso y sin embargo nos talan sin piedad. Nos mutilan  por “estética”, cortan nuestras hojas por gusto o por jugar y aunque gritemos simplemente no nos escuchan, se cambia la tierra por pavimento y ahí ya no podemos vivir, solo estorbamos.

Pablo escuchaba con atención a Pepe y la gran razón que tenía y sobre todo la poca cultura que se tiene en el respeto a la naturaleza. Se sintió en ese momento poderoso. Volteó a ver sus manos y sus dedos, con ellas escribía, tocaba la guitarra y tomaba todo lo que quería. Tocó sus pies fuertes con los que podía desplazarse, correr, saltar, nadar y ese cerebro que demuestra lo valioso de la raza humana. Un desperdicio para muchos que solo lo usan para malos actos y vandalismos.

Pablo contestó:
—Tienes tanta razón, Pepe, nos consideramos tan superiores y creemos tener el derecho de arruinar la  naturaleza por un supuesto “vivir mejor” y poco a poco la estamos destruyendo. Hay árboles que sólo crecen un metro en mil años y a nosotros nos toma tan poco tiempo cortarlos. Aquellos bosques enteros que quemamos solo por descuido de una colilla de cigarro o una fogata mal apagada. O cuántos árboles cortamos por construir fraccionamientos o por hacer casas sobre los cerros.
Pepe estiró una rama con sus delicadas hojas para abrazar a Pablo, el muchacho abrazo el grueso árbol como quien abraza a un abuelo lleno de sabiduría y amor.


Pablo despertó en las faldas de Pepe, cobijado por sus hojas y con una lección de amor a los árboles y a la naturaleza que jamás olvidaría.


*Rosaura Tamayo es parte del Taller Literario Diezmo de Palabras, en Celaya, Gto. Ha sido publicada en docenas de antologías en México y España. Es acuarelista y su obra se enfoca en el amor a la naturaleza. 

**Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto. 

domingo, 10 de diciembre de 2017

ENTRE ESTUDIANTES Y PATADAS


ENTRE ESTUDIANTES Y PATADAS
-Narrativa de César Rivera Martínez-


UNA BROMA PESADA
César Rivera Martínez

Héctor Frías era el compañero más divertido del Instituto. Le gustaba hacer bromas. Recuerdo que el día que se presentó en una dinámica organizada por un maestro, dijo que se llamaba Ambrosio y que venía de la comunidad de Tejupilco. Como iba de huaraches y chaleco bordado,  le creímos unos y dudaron otros.
Tenía dieciocho años, igual que todos nosotros, pero parecía mayor, sobre todo si se ponía lentes y se vestía formal. En la primera semana de clases, una chica, desorientada, se acercó a nosotros a preguntar dónde quedaba la biblioteca. Héctor se esmeró en darle indicaciones lo más falsas posibles, diciéndole a la izquierda cada vez que debía doblar a la derecha; le daba las señas con una seriedad absoluta, de modo que ella no podía más que creerle, así que, en lugar de mandarla al fondo del Instituto, donde estaba la biblioteca, la mandó para la salida.
            Una vez que fuimos a almorzar, Héctor fue a la barra de la cafetería por la comida, y aquello fue un caos: adrede, le llevó quesadillas al que pidió tortas, comida completa al que sólo encargó un refresco, de chorizo con huevo para el que pidió pierna, y papas fritas al que había ordenado sincronizadas. No podía dejar de reírse de nuestras caras cuando tuvimos que comernos lo que llevó.
            Héctor era un buen estudiante, muy inteligente, pero lo que más le interesaba en la vida era divertirse. Al grito de “¿Te las tomas, Frías?” se iba a tomárselas bien frías con un par de compañeros, a veces desde el jueves, y reaparecían hasta el lunes en la escuela, a veces crudos y a veces todavía alcoholizados. Uno de esos lunes en que llegó Héctor con sus lentes oscuros que, más que ocultar, revelaban su estado etílico, estábamos en la clase más difícil, Matemáticas IV, con el maestro Peralta, un sádico de los números, que buscaba siempre el problema más difícil de cada tema en el libro, y lo anotaba en el pizarrón para acalambrarnos. Pasaban diez, quince minutos sin que nadie supiera ni por dónde  empezar  a  resolverlo, y entonces  nos  decía    “Ay, niñitos, ¿y así quieren llegar a ser ingenieros?” y se paseaba por todas las sillas viéndonos a los ojos, disfrutando de nuestro sufrimiento. Cuando terminaba su recorrido de terror, se ponía, muy satisfecho, a escribir pausadamente la respuesta en el pizarrón. Pero ese día, ese lunes en particular, no. Cuando Peralta escribió su tradicional problema-reto, y apenas iba a comenzar a desafiarnos, Héctor se levantó y, sin quitarse sus gafas negras, empezó a anotar números y más números, signos y más signos hasta casi llenar el pizarrón. No sabría decir quién estaba más asombrado, si Peralta o nosotros. Cuando por fin terminó de escribir, Héctor se quitó del pizarrón y pudimos ver el procedimiento que había escrito. Era una sarta de estupideces sin orden ni sentido, una pura payasada que no iba a ningún lado. Volteé a ver a Peralta, quien en ese mismo momento se estaba dando cuenta; se puso todo colorado y con una vena en el cuello que parecía que iba a explotarle,  se apresuró a borrar las incoherencias del pizarrón, pero el daño estaba hecho: las sonrisas y los susurros cundían por el salón, hasta una carcajada estalló al fondo del salón, que Peralta acalló con una de sus miradas asesinas. Héctor no estaba en su lugar, hábilmente siguió la ruta del pizarrón a la puerta, sin que la mayoría nos diéramos cuenta. Las tres semanas que quedaban del curso, Héctor no volvió a poner un pié en Mate IV, y se resignó a recursar la materia el próximo semestre. Con otro profe, claro.


            Cuando ya éramos veteranos de séptimo semestre, Héctor tuvo una ocurrencia. Juntó a los más desmadrosos y atrevidos del grupo, y armó un plan de bienvenida para los alumnos de primero.
A las ocho de la mañana del primer día de clases, estaban citados en el salón treinta y siete todos los alumnos de primer semestre. Parecían cortados por la misma tijera. Todos volteaban a ver el número en la puerta, y luego la hoja doblada que tenían en la mano: su horario. Algunos más inseguros todavía preguntaban a los ya sentados “¿Sí es aquí Introducción a las Ciencias?” Aquí es, muchachito, siéntate y disfruta la función, pensábamos los cuatro alumnos de séptimo que nos habíamos infiltrado al grupo de novatos.
A las ocho en punto llegó Héctor, vestido de profesor joven: camisa planchada y saco sport, lentes sin montura, pantalón de mezclilla y, claro, un grueso libro de ciencias bajo el brazo.
            –Buenos días, jóvenes
            –Buenos días –contestaron algunos, mientras Héctor escribía su nombre en el pizarrón
            –Éste es mi nombre. Grábenselo muy bien, porque soy quien va a hacerles el favor de informarles que están en el lugar equivocado. La mayoría de ustedes no tiene lo necesario para ser ingeniero.  Muchos  de  ustedes  ni  siquiera  saben  por  qué  están aquí. Tú –dijo señalando a uno de ellos – ¿Por qué estás aquí?
            –Quiero ser ingeniero. Me gusta resolver problemas.
            –¿Problemas? Eso es lo que tienen ustedes, muchachitos: problemas.
Dejó de hablar por un rato. Empezó a caminar por el salón, despacio, mirándolos. Algunos bajaban la mirada. La tensión llenaba el lugar, nadie se movía. Regresó al pizarrón y escribió dos preguntas: ’¿Cuál es el paradigma fundamental de la ciencia?’ y ‘¿Cuáles son los cuatro pilares de la ciencia Ptolomeica?’
            –A ver, ¿quién puede contestar estos cuestionamientos?
Varios compañeros de séptimo observaban la escena sentados afuera, en una jardinera, a un par de metros de las ventanas. Adentro, todos estaban nerviosos, volteaban a verse, pasaban saliva. Después de un minuto largo, una mano levantada.
            –Adelante, hable.
            –Pienso que el paradigma se refiere a la manera en que se hacen las cosas. En el pasado las cosas se hacían de un modo y pues hoy se hacen…
            –¡No! –gritó Héctor, mientras golpeaba el escritorio con la palma– ¡Qué estupidez! No tiene usted ni idea de lo que le pregunto. Salga del salón inmediatamente.
Mi compañero Alfonso recogió su mochila y se fue con la cara más apenada que pudo poner.
            –¿Alguien más? –preguntó, amo y señor del aula.
Esperó unos momentos más, y luego escribió que debíamos hacer un largo trabajo de investigación, que implicaba la lectura de dos capítulos de un libro, y un estudio comparativo entre el método de Bacon y el de Descartes. Anotó la fecha de entrega: para mañana mismo.
Otro de mis compañeros, Isaac,  se puso de pié y le dijo:
            –¿Pero qué le pasa? ¿Cómo cree que vamos a tener todo eso para mañana? Si es nuestro primer día de clases –se quejó Isaac, poniendo en palabras lo que todos estaban pensando.
            –Si no puede manejar la presión, no tiene nada que hacer aquí.
            –¿Quién se cree que es? ¿Está loco o qué?
            –Jovencito, salga de mi salón, ahora mismo.
            –Pues claro que me voy, voy a la dirección a quejarme de usted.
Mientras Isaac se iba, los otros, mudos, volteaban a mirarse, estaban realmente desconcertados, no sabían qué hacer. Una chica junto a mí tenía los ojos a punto de las lágrimas. Otro tenía ambas manos en la cabeza. Ahí ocurrió lo más sorprendente: un chico se levantó y empezó a decir, con voz suave pero firme
            –Maestro, perdone, yo no sabía que esto iba a ser así. Estoy muy apenado por no saberme sus preguntas, pero denos otra oportunidad, nos vamos a esforzar por ser buenos estudiantes, ya no nos grite por favor, yo soy una persona muy nerviosa.
Héctor se echó a reír, para gran sorpresa de los presentes. Nos llamó al frente al par de infiltrados, y mis compañeros de la jardinera entraron aplaudiendo al salón. Isaac y Alfonso regresaron, sonrientes.
El jefe de grupo les explicó que éramos alumnos avanzados de ingeniería, que estábamos haciéndoles una broma de iniciación con permiso de su verdadero maestro, y que eran bienvenidos en el Instituto. Pasado el susto, algunos se reían, otros decían groserías al “profe” Héctor y otros aceptaban nuestro saludo cuando pasábamos a sus lugares a estrechar sus todavía sudorosas manos.
De eso hace ya veintidós años. No había visto a Héctor en todo ese tiempo, hasta hoy que, por decirlo de algún modo, lo vi. Iba caminando por la calle, cuando me encontré la cara de Héctor, más avejentada pero con la misma sonrisa, en una pancarta atada a un poste: es candidato a diputado por el octavo distrito, del partido en el poder, el favorito para llevarse las elecciones. Si Héctor gana, ésta será su broma más pesada.






CABO
César Rivera Martínez

I
En cuanto la moneda entraba en el agua, salía disparado tras ella, como jalado por un hilo. Cabo podía aguantar hasta cuatro minutos bajo el agua casi transparente del arrecife. Una vez le cronometraron seis minutos y medio, según dicen, pero nunca tardaba tanto en encontrar el dinero, casi siempre bastaban un par de minutos para que emergiera victorioso, primero el brazo y luego todo el mulato, sonriente, con una dentadura más blanca que las monedas que los turistas le lanzaban.
Había gringos, franceses, alemanes y también brasileños. Pero sobre todo gringos, había una fiebre por visitar Bahía y todas las playas brasileiras desde que la Samba y el Bossa Nova se habían esparcido por el mundo entero. Y eso había cambiado los cruzeiros por valiosos dólares americanos. Por eso, había aumentado también el número de Arpones, como llamaban entonces  a los clavadistas.
Pero Cabo era sin duda el mejor Arpón. Lo era ahora que tenía catorce, pero no siempre había sido así. La primera vez que se tiró, a los ocho, estuvo a punto de ahogarse por neciar y neciar para encontrar los cruzeiros, salió  tosiendo  y  manoteando, y lo peor de todo, con las manos vacías.


II
México era muy diferente a todo lo que se pudiera haber imaginado. La comida era picosísima, el clima de lo más loco, mucho frío o mucho calor, las muchachas más bonitas aunque menos voluptuosas que las bahianas, y el dinero que le pagaban era el triple del que ganaba en Sao Paulo. Como hacía años que se había ido de su casa, se había acostumbrado a estar solo, y se había hecho a la idea de estar sin compañía en un país extraño; pero no,  no había un momento del día o de la noche que lo dejaran solo. Primero, con el pretexto de instalarlo en su nuevo departamento, sus compañeros le organizaron una fiestecita que duró dos días. Y luego, después de su primer partido y su primer gol, siempre había alguien junto a él con un vaso en la mano, dispuesto a celebrar por horas.
Su adaptación fue inmediata. Diecinueve goles en su primer año lo confirmaron como uno de los mejores delanteros de la liga, con sus consiguientes diecinueve celebraciones, estruendosas y frenéticas. A lo que no podía adaptarse era a la música. Los mexicanos ponían canciones  rancheras a la menor provocación, y todos las cantaban; todos menos él, que no se las sabía.
El segundo año fue una locura: treinta y cuatro goles, campeón goleador lejísimos del segundo lugar y volverse un ídolo a tal nivel que no podía salir a la calle sin que puñados de fanáticos lo reconocieran y le pidieran un autógrafo en su playera, en el mejor de los casos, o sus zapatos, un beso o un mechón de su cabello, que ya era demasiado.
“¿Cuál es el secreto de su éxito?” le preguntaban. “Yo sólo juego para divertirme, como cuando era niño. Lo demás viene solo” decía, aunque nunca le creyeron. Las estadísticas indican que más de la mitad de sus goles los anotó en la última media hora de partido, cuando la mayoría de los delanteros solían más bien anotar poco, debido al cansancio. Esos 181 goles representan el 58% de sus 312 goles totales, una marca histórica que parece imbatible en el país. Quizá lo prolífico le viene de familia, pues en su casa eran catorce hermanos, seis hombres y ocho mujeres. Aunque su papá tuvo, en total, veintiséis hijos.
“No es que fuéramos pobres, es que como éramos muchos en mi casa, no había dinero que alcanzara” recuerda sin tristeza. Por eso iba a la playa a vender pescado a los turistas, y luego empezó con los clavados. Había que tirarse de inmediato para alcanzar la moneda antes que llegara al fondo, si no, sería mucho más difícil encontrarla. Los tres o cuatro minutos, que era el máximo que podía soportar bajo el agua, le fueron dando con los años, una capacidad pulmonar mucho mayor que la de los demás, incluida la de los futbolistas profesionales.

III
Cabo no entendía cómo su mamá estaba siempre de buen humor, con tanto chiquillo, cómo no se volvía loca. Ella lo quería mucho, igual que a sus demás hermanos. Debía lavar ajeno para poder alimentar a tanto hijo, pues sólo los más grandes aportaban algo a la casa. Cabo llevaba lo que podía a la mamá, y le gustaba platicarle lo que había hecho en el día, antes de dormir. De lo que más le gustaba hablar a ella era de tener una casa más grande, donde cada uno pudiera tener su propia cama. La acompañaba por las tardes al cuartel de la zona militar, donde entregaba la ropa limpia a los soldados. Algunos le regalaban dulces, y le preguntaban si quería ser soldado, cuando fuera mayor, y lo llamaban Cabo, Cabinho. En secreto, Cabo pensaba que él, y no sus hermanos más grandes, le iba a comprar una casa nueva a la mamá en cuanto pudiera. No tenía manera de saber que a ella le quedaban ya muy pocos años.

IV
Regresó a Bahía para su cumpleaños cincuenta. Está solo, después de su segundo divorcio. Nada está igual. La zona turística ha sido modificada por completo. Un complejo hotelero rodea ahora la zona donde él jugó de niño tantas veces. La casa y toda la colonia que había habitado ha sido demolida y convertida en zona comercial. Ni siquiera siente nostalgia. Vuelve al hotel  y  se  cambia  para  ir  a  la  alberca. Entra al agua bajando los escalones y,  sin cerrar los ojos, se sumerge y comienza a aguantar la respiración, y cuenta en su mente para ver cuánto puede soportar.



Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

* Evanivaldo Castro Silva, Cabinho, es un ex-futbolista brasileño que se desempeñó como delantero; desarrolló la mejor parte de su carrera en México. Es el máximo anotador de la Primera División de México, anotando 312 goles y consiguiendo ocho títulos de goleo, cifra que también significa un récord, jugó entre 1974 y 1988 para los equipos de la UNAM, Atlante, León y Tigres.


**César Rivera Martínez es integrante del Taller Literario Diezmo de Palabras en Celaya, Gto. Es ingeniero en computación y tiene una licenciatura en Letras Hispánicas.





domingo, 3 de diciembre de 2017

GERMINACIÓN DE LA TERNURA



GERMINACIÓN DE LA TERNURA

“Para Anaís que inspira lo que siento
y me dicta lo que escribo”.

¿Cómo puedes, Anaís, causar tanto dolor con tu ausencia? ¿Quién es culpable de que te hayas marchado: la noche o la lluvia? Y es que ese hombre que hoy se queja de su historia, es el mismo que se pincha el alma con los alfileres de tu lejana piel. Ese que aún siente amor por ti, y también odio por tu partida. Madrugadas y fines de semana no le alcanzan para olvidarte. Va de un sitio a otro buscando la calidez de tu sombra. Dice, gritando con su voz de relámpago: “Fuimos paraíso antes del diluvio. Ahora tengo tres días llorando a la orilla de la vida”. Y se marcha pensando en ti, mujer, mientras el mundo abre sus fauces para tragarse su dolor. Anaís, escucha su voz que se quiebra como la nada.
Disfrutemos pues, de las letras de un antiguo miembro del taller literario Diezmo de Palabras. Un “poeta de a de veras”, como solía llamarlo el maestro Herminio. Deleitémonos con la tinta de este luchador social, buen amigo y viajero incansable.
Martín Campa Martínez

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GERMINACIÓN DE LA TERNURA
Francisco Martín Escobar Ozornio

¿Sabes cuántas noches te he llorado?
Ahora que soy adicto a tu piel de nubarrón
merezco el olvido que me das desde entonces.
Aún recuerdo las tres canciones que te cantaba de memoria
antes de la noche del desencanto.
Quería que me amaras a pesar de todo
como cuando no teníamos nada,
literalmente solo el amor que nos entregábamos
y un hijo que pronto nacería.
Ojalá te hubieras quedado a mi lado,
a mirar de reojo el destino
tan absurdo como nuestro pasado.
Casi son las cinco de la mañana,
no creo que te desveles hasta esta hora.
¿No sabes por qué te escribo
a oscuras y escuchando la música que nunca te gustó?
Algún día adivinarás mi entusiasmo
de las cuatro de la mañana en ayunas.
¿Cómo decirte que te quedaras?
Si entonces ni siquiera yo sabía que te necesitaba
ni tú misma sabías que me ibas a amar para toda la vida,
hoy que soy este ser desesperado que te busca
en una ladera del olvido.
No te encuentro por ninguna parte,
ni en los cuerpos hermosos de musas pagadas,
ni en mis sueños seniles sin ti.
¿Por qué no te quedaste tres meses más a cambiarme la vida?
Me habrías ahorrado diez años de desdicha.
¿Sabes cómo se siente decir lo que te digo?
Sollozando a las cinco de la mañana
con los ojos nublados y tristes que me conoces,
los de esas tres madrugadas en que nos amamos de verdad
cuando no teníamos más prejuicio que el amor.
Entonces no éramos porcentaje ni adivinanza,
ni probabilidad o azar.
Éramos caricia perfecta de madrugada,
película de medio día,
hambre de las cinco de la tarde.
Fuimos paraíso antes del diluvio.
Ahora tengo tres días llorando a la orilla de la vida.
Ojalá me recuerdes como era
porque ya no soy así.
¿Te acuerdas cuando era viernes y quería llegar a verte?
Perdóname por el rencor que te guardo,
espero que se vuelva poesía
y lo puedas leer entre las páginas de un libro
cualquier día o cualquier noche.
Como ya te habrás dado cuenta no tengo a quien contarle,
tal vez por eso te escribo.
Tengo veinte mil cosas más que decirte,
sería más fácil si no llorara tanto,
si tu cuerpo no fueran los atardeceres que extraño
ni tus senos el desconsuelo de mi futuro.
Me acuerdo de ti,
con tu piel más delgada en la madrugada.
Así era la vida entonces:
noches de luna llena bajo el árbol de mandarina,
la sirena de la fábrica que decía: “vamos a dormir”
mientras tu piel delgada se deshacía entre mis manos.
¿Te acuerdas?
Eras delgada como la luz de la luna,
como las líneas de la palma de mi mano.
Amorosa como la mañana en que creíamos,
invisible como el futuro que nunca llegó.
Después fuiste todo eso que eres y que no conozco:
ruido de fiestas a las que nunca fui invitado,
trescientas cartas, como te dije, que no he leído.
Ojalá pudiera dormir temprano
sin tener que escribir nada,
como si fuera una mala noche del pasado
en la que te dolían las constelaciones.
Me acuerdo de entonces.
Borra todo lo que he dicho,
como siempre, no vale la pena.
La sirena de la fábrica me manda a dormir.
Después de diez años sigues siendo la misma:
un recuerdo que sangra,
tatuaje que ya no quiero que sea caricia,
sonrisa que ya no es nada;
y te quedas a pesar de todo
en los hijos hermosos que amamos
a la orilla de un río sin llanto.
De nada sirve suspirar
y recordar que ya no somos los mismos,
a pesar de que rellene
cien hojas en blanco y escriba otras cartas
que te sigo guardando para cuando me olvides.
Cómo me voy a quedar solo,
si ya estoy solo.
El despertador ha sonado tres veces,
no le hice caso,
no era la delgada mirada de tu falda la que me despertaba
ni el engaño de todos los días
pensando que me necesitabas.
Eres hermosa desde antes de conocerte,
antes de esas tres horas imaginarias
en que no fuimos nada
sino solo desencuentros que parpadeaban
en el instante que duró el aroma de tu silueta.
Y ¿cómo hago después para amanecer?
si rompiste trescientas cartas de amor
antes de que fuéramos polvo y olvido
y este rencor que no sé dónde guardar
pero me derrota de madrugada.
A veces pienso
que deberías invitarme
aunque nunca fuera tu piel lo que tocara.
Tal vez me olvide de ti
y entonces lloraré hasta arrepentirme
por ser solo un litigio de juzgado,
y además de perderlo y condenarme al olvido
con la fría sentencia judicial,
derrumbaré mis castillos de la sala y el jardín.
Los años terminarán por hacernos nada:
ni serenatas, ni poemas, ni cartas, ni nada.



EL DOMINGO SERÁ IGUAL
Francisco Martín Escobar Ozornio

Un sábado sin ti se vuelve imposible
me doy prisa por dormir y no lo consigo
escucharé 344 veces la misma canción
qué curioso que sea una canción de amor
me sorprende estar sobrio y recordarte
extraño beber de tu piel
mirando los incendios del azul poniente
invoco el recurso del olvido
haría falta que me perdonaras
que impúdico es extrañarte
cargando las cosas que nos unen
y todas las baratijas que nos separan
me voy a sentar en este rincón hasta que amanezca
y deje de ser sábado.

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UN MINUTO AL DÍA
Francisco Martín Escobar Ozornio

Pensarás en mí
al menos el tiempo que dura un suspiro
para que no seas fantasma en las madrugadas del olvido,
para que no seas solo piel o solo lluvia o solo reproche.
Quédate para que seas esperanza,
para que seas alas y paracaídas,
para que seas abismo y lago,
para que seas risa, dolor, lamento, amor.
Quédate para que no seas solo canción o poema.
Quédate para ser compañera, consejera, árbol, hamaca.
Quédate para ser refugio, salvoconducto para la vida.
Quédate para que seas flor, arcoíris, rocío.
Quédate para que seas caricia,
para que seas aroma, silueta.
Quédate amor no un día ni una fecha.
Quédate una vida, una época.
Quédate a compartir esta aventura de estar vivos.

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MIEDO
Francisco Martín Escobar Ozornio

Llegaste, estoy bien,
después no sé.
Volveré a recordar las horas duras,
sentiré el látigo del abandono,
quedaré quieto, respirando, sintiendo.
Me asusta como la noche que te vayas.
No quiero que desaparezcas
relámpago en la tormenta,
quédate más, suplico, tiemblo.
Tocan fuerte a mi puerta, es solo la lluvia,
ojalá fueran caricias las que me recorren,
no esta tormenta helada de angustia.
A quien reclamo si no llegas
en esta oscura hora
aclarando el futuro con tus sueños.
Anaís ¿dónde estás?
¿Cómo es tu piel desnuda mientras llueve?
Me estremezco, casi lloro, imaginando.

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LIBRERO
Francisco Martín Escobar Ozornio

Busco entre las páginas de mis libros
donde guardé una sonrisa tuya la otra noche.
Encontré un par de caricias sueltas
que me volvía poner sobre los hombros
para recordar cómo eres.
En mi cama siempre eres un fantasma
Que desapareces al amanecer
Encontré un libro en el que aparece tu nombre Anaís.
Lo repetiré como rezo hasta el amanecer.


Sepa la bola

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