domingo, 16 de abril de 2017

SIZIGIAS Y CUADRATURAS LUNARES...


Sizigias y Cuadraturas Lunares...
-Primera Parte-
Manuel Antonio de Rivas

El título original de este maravilloso relato, “Sizigias y cuadraturas lunares ajustadas al meridiano de Mérida de Yucatán por un anctítona o habitador de la Luna y dirigidas al Bachiller Don Ambrosio de Echeverría, entonador que ha sido de kyries funerales en la parroquia del Jesús de dicha ciudad y al presente profesor de logarítmica en el pueblo de Mama de la península de Yucatán; para el año del Señor 1775”, es ya, en sí mismo, toda una historia. Su autor, el fraile Manuel Antonio de Rivas, fue denunciado al Santo Oficio, en 1773, por sus propios compañeros religiosos. La denuncia, entre otras cosas, menciona: “que negaba la existencia del Purgatorio, que profanaba las imágenes, que injuriaba a sus compañeros de orden, que no se confesaba ni asistía al coro ni a misa. Rivas, educado en el Colegio de Alba de Tormes, estudioso de las matemáticas, tenía “mordaz ingenio”, generalmente dividía “a todos con su lengua infernal” y utilizaba expresiones tan “opuestas a la fe y buenas costumbres” que obligaba con frecuencia a su interlocutor a “huir por el horror”. “Si Sizigias y cuadraturas resulta ser, por desbordar las normas habituales de acercamiento al mundo y abrir la realidad de lo conocido, el primer cuento fantástico escrito en Hispanoamérica, habría que ver, en el origen del género, dos cosas. Primero, los principios de la ciencia moderna asumidos por el pensamiento ilustrado mexicano en la segunda mitad del siglo XVIII y, consecuentemente, una crítica a los modos del pensamiento escolástico inquisitorial. (Carolina Depetris, Viaje fantástico y escolástica inquisitorial: el derrotero lunar del fraile Manuel Antonio de Rivas).
Esta es la primera parte del relato, que lo disfruten. Vale.



Señor Bachiller: tiempo ha que se recibió en este globo de la Luna una carta anónima con data de 5 del mes Epiphi del año de Nabonasar 2510. El terrícola que la escribe se titula el Atisbador de los movimientos lunares; lo que hace ver en su carta nuncupatoria, presentándonos las sizigias y cuadraturas lunares, con las neomenías judaicas modernas, nabonasáreas, áticas, egipcias, arábigas, pérsicas, dispensadas por el año común del Señor 1763. Ciertamente el Atisbador en su carta, a vuelta de uno u otro sarcasmo, que mañosamente, y como al descuido, deja caer; tira algunos bellos rasgos de erudición nada vulgar. ¿Creeréis, vos Señor Bachiller, que no se supo acá qué postillón aéreo condujo esta nuncupatoria, ni por qué plaza entró en este hemisferio? Pues es cosa que aún en el día se ignora.
            Como el Atisbador se nos manifiesta uno de los pocos terrícolas menos desatentos, y más bien criados, pensamos darle alguna Señal de Reconocimiento al oficio con que nos honra, y del aprecio que hacemos de su mérito, candor y humanidad, compensando obsequio con obsequio. A este fin, de las diferentes regiones, en que se divide este orbe lunar, que vosotros en la selenografía llamáis el Platón, y es el País de las Quimeras, se juntaron los mejores computistas versados en la historia del globo terráqueo, para tratar del argumento. Registrando en la más rica biblioteca, que acá tenemos, todo género de noticias pertenecientes a las épocas memorables del orbe terrestre, después de muy pocos millares de años (porque de los siglos remotísimos, el catástrofe infeliz que han tenido nuestras memorias), abajo daré un corto apuntamiento, y será el mismo que vosotros debéis saber, pues consta en vuestra mitología (Ovidio lib 72 Metamorphosis).
            Viniendo ahora al fin desgraciado que tuvieron nuestros antiguos monumentos, bien sabéis, señor Bachiller, que un padre inconsiderado fió el gobierno de los caballos del sol a un hijo joven, arrogante, desvanecido, con sola la vana precaución de un medio tutissimus ibis, el cual, cuando por las vastísimas provincias del Éter, incendió todos los planetas y nuestro orbe, reduciendo a polvo todo cuanto encontró en su superficie, salvándose algunos pocos anctítonas en la profundidad de las cavernas. Como nuestras memorias estaban grabadas en láminas de plata, que es el papel de que aún hoy usamos, no pudieron resistir a la actividad de un fuego voracísimo. En fin, el desvanecido Faetón pagó su loca temeridad cayendo de cabeza en el Pó, otras veces, Eridiano. Tan cierto es que el fausto, la pompa, el valimento y otros cualesquiera halagos de la fortuna -en los palacios regia solis erat-, si no se ajustan a las inspiraciones de la moderación y de la prudencia, llevan insensiblemente al precipicio. En este incendio memorable fijamos nuestra época, según la cual este presente año es el de 7,914,522 del incendio lunar. No os debe hacer novedad este número de cifras, siendo constante en vuestras relaciones (padre Joan Baptista Du Halde, Cartas edificantes) que los más de los cronólogos del dilatado Imperio de la China, el año de Cristo contaban 88,639,860 años de la creación del mundo. También puede seros importante saber que nuestro año lunar consta de 437 días, distribuidos por 12 meses, los cuales son Hidrón, Schtyhón, Crión, Taurón, Dydimón, Kaakinón, Leontón, Pardienón, Zigón, Scorpión, Toxón, Ogón.
            Estando para disolverse el Congreso, a que yo asistí, como secretario y computista, vimos como a distancia de dos millas y media (¡quién lo pensara!), un carro o vajel volante, instruido de dos alas y un timón, puesto donde debe estar, que venía rompiendo nuestra atmósfera con una celebridad increíble. Al principio pensamos que todo era ilusión, pues no hay memoria ni tradición de haberse visto jamás en nuestro orbe hombre alguno en cuerpo y alma. Salimos a conducirle a nuestro Ateneo y, después de haber hecho el arráez una profunda reverencia, dio cuenta muy por menor de su viaje y destino -del que nosotros solo podremos hacer un extracto muy diminuto-, y él, allá de vuelta, podrá explayarse cuanto pueda y quiera. Monsieures, dijo, yo me llamo Onésimo Dutalón: nací en un pequeño lugar del Bayliage dÉtampe, en la Francia; hice mis primeros estudios en mi patria, mas viendo que la filosofía de la escuela era inútil, y que no podía hacer docto chico ni grande, pasé a París, en donde me entregué, con aplicación infatigable, al estudio de la física experimental, que es la verdadera; y, con esta ocasión, después de una meditación pausada en las obras de aquel espíritu de primer orden del suelo británico, el incomparable Isaac Newton, me hice dueño de los más profundos arcanos de la geometría. Vuelto a mi patria, cultivé la comunicación y amistad de un eclesiástico, llamado monsieur Desforges, hombre que sabe apreciar el mérito de los sabios sin respecto a facultades, autoridad ni poder. Como nuestra amistad se iba estrechando cada día, quise darle una prueba de confianza comunicándole el empeño en que estaba de fabricar una máquina volante, la cual es la que veis. Después de una infinita repugnancia, instruí a monsieur Desforges, porque así lo pedía, en todas las reglas que podían dirigir la práctica del secreto comunicado. Yo no podré decíros, monsieures, en que paró la instrucción. Por lo que a mí toca, previniendo que al vérseme discurrir por el aire se encendería una hoguera para ser quemado públicamente en la plaza como mágico, tuve por conveniente, para hacer algunos ensayos antes de remontarme a las esferas, salvarme en una de las Islas Calaminas en la Libia, flotantes o nadantes en la superficie del agua, de que hacen mención Plinio lib. 2, cap. 95, y Séneca lib. 3, cap. 25. Retirado, pues, a una de estas islas, hice el primer ensayo lustrando toda la África. En el segundo, picado de una curiosidad geográfica, quise examinar por mí mismo si había alguna comunicación por la parte del Norte entre nuestro continente y el americano, y hallé que los dividía un euripo del mar glacial. En el tercero, levantando un poco más el vuelo, hice asiento en la eminencia de los dos montes más altos de la Tierra: el de Tenerife, en una de las Canarias, y el de Pichincha, en el Perú. En la cumbre de este último cerro tuve el gusto de experimentar que el agua regia o fuente, libre de la gravitación y presión del aire, no disolvía el oro, poco ni mucho; como también, por esta misma causa, no tenían gusto alguno sensible los cuerpos picantes, y mordaces, como la pimienta, la sal, el azíbar, etcétera. Sobre la elasticidad, o resorte del aire, también hice algunos experimentos, que ahora no importa referir. Después de dos meses y medio, volví a la isla flotante de mi residencia y, mirándome en una disposición ventajosa para emprender un viaje literario a este planeta, me embarqué en mi carro volante, encomendándome a mi buena o mala suerte, hallándose la Luna dicótoma respecto de quien la observa desde la Tierra, de cuyo centro distaba, según su paralaje, 59 semidiámetros terrestres. Como yo en mi viaje no me apartaba del plano de la equinoccial, corridas 273 leguas de atmósfera, tuve la curiosidad de arrojar al fluido, que navegaba una cuartilla de papel de China, y observé, con grande admiración mía, que el papel seguía hacia el Oriente la rotación que llevaba la atmósfera con el globo terráqueo. Antes de salir de esta región, hacía un frío incomparablemente más intenso que el que sentí en la Estotilandia en mi segundo ensayo, sobre lo que hice una reflexión digna de la atención pública en oportunidad favorable, para esforzar la opinión de cierto filósofo moderno, en orden a la causa del frío en sitios elevadísimos sobre el nivel del mar. Tenía yo andados bien seguramente 25 mil leguas, cuando tuve bastante que reír, acordándome del turbillón terrestre de monsieur Descartes, quien, por un rapto de imaginación extravagante, hace dar vuelta a la Luna alrededor de la Tierra en fuerza de su turbillón, de lo que no encontré el menor vestigio. Y para asegurarme más bien, tiré al fluido una pipa llena de agua del río Letheo, que perseveró inmóvil en aquel éter purísimo. Y también vine en pensar que si allí se construyese una torre cien mil veces más alta que la de Babel, se mantuviera eternamente sin vaivén, sin movimiento, sin desunión de sus partes, ni inclinación o propensión a centro alguno.

            Yo (digo la verdad) en medio de aquella materia celeste no sentí frío ni calor, aun herido de los rayos directos del Sol, que congregué en el foco de un exquisito espejo cáustico, y no inflamaron ni licuaron varias materias puestas a conveniente distancia, sin duda por falta del aire heterogéneo; de que concluí que la catóptrica, con sus demostraciones, no tiene qué hacer en aquel éter sutilísimo y homogéneo.
            En fin, monsieures, dijo el maquinario Dutalon, después de los auxilios precautorios que tomé para el uso de la inspiración y respiración en un espacio en donde no puede haberle por su raridad y improporción, no tenéis por qué preguntarme, cuando me veis, que sin pérdida de la vida he arribado felizmente a este orbe. Yo os certifico que cualquiera terrícola durmiendo puede hacer el mismo viaje con la misma felicidad. Yo he continuado observando y filosofando, y, después de todo, me hallo con la satisfacción de haberme desecho de una infinidad de preocupaciones, habiendo registrado las claras fuentes en que deben beberse las noticias experimentales; que es lo que aconseja Marcial en el Epigrama 102 del Libro 9.
Multum, crede mihi, refert a fonte bibatur
qui fluit, an pigro, qui stupet unda lacu.
            Aquí iba a hablar el Presidente del Ateneo, cuando distrajo nuestra atención una tropa de ministros infernales, entrándose en la Asamblea. El jefe, que era de muy mala catadura, sin hacer cortesía, se explicó de este modo: Nosotros, de orden de nuestro Príncipe, vamos muy lejos de aquí, cuanto de aquí dista el globo solar; conducimos la alma de un materialista que en el punto de la separación del cuerpo fue arrastrada a la puerta del infierno, en donde no quiso recibirle Luzbel, diciendo que estaba informado por sus esbirros, que rodean toda la Tierra, que es un espíritu inquieto, turbulento, enemigo de la sociedad racional, y de la espiritualidad del alma; que, en su opinión, la madre que le parió no era de mejor condición que el zorro, el puerco espín, el escarabajo y otro cualquiera vil insecto de la tierra, cuya alma muere con el cuerpo; que no quería aumentar el desorden, la confusión y el horror que eternamente habita en su república, tal cual ella es, con el establecimiento de un impío. Y que luego luego, escoltado por un destacamento de cuatrocientos demonios, fuese llevado a aquel gran pyrofilacio, el Sol. ¿Al Sol?, dijo el Presidente del Ateneo, ¿en donde el Altísimo colocó su trono y pabellón? Sí, monsieur, al Sol, repuso Dutalón: porque en el Sol colocó el infierno un anglicano, natural de Londres, llamado Sevidín, que en una disertación, con los dos versículos 8 y 9 del capítulo 16 del Apocalipsis, pretende persuadir que el lugar de los condenados está en medio del Sol, en donde el Demonio fijó su trono (Actas de los eruditos al mes de marzo, 1745), y que ésta es la razón porque tantas naciones en el orbe terráqueo hayan adorado al Sol como Dios.

            Según creo, dijo el Presidente del Ateneo, que el fatuo Suvidín también pudo con el mismo derecho haber colocado el infierno en este orbe lunar; pues es constante en nuestras memorias que la Luna ha tenido en la Tierra sus adoradores. Por ventura, monsieur Dutalón, prosiguió el Presidente, ¿hay todavía por allá altares consagrados a nuestro culto? Yo no sé, respondio monsieur Dutalón, que se haya renovado las víctimas y holocaustos de aquellos remotos siglos, después del hecatombe que ofreció el fundador de la escuela itálica, Pitágoras, en Crotón, noble población al fondo del seno torrentino en la Calabria, provincia del Procurrente de Italia, en acción de gracias por haber hallado la proposición 47 del libro 1o. de Euclides con que enriqueció las matemáticas. Y vos, materialista, dijo el Presidente, encarando hacia él, ¿habéis estado en el Chirsoniso de Yucatán y tratado o conocido por ventura allí de un Atisbador de movimientos lunares? Yo Señor, respondió el materialista, he paseado todo aquel país y conocido un sinnúmero de atisbadores de vidas ajenas, pero de movimientos lunares sólo he oído hablar de un almanaquista que ocupa el tiempo en esas bagatelas, pudiendo emplearlo más útilmente en formalidades forenses, como: dar traslado a la parte; en vista de autos; escrito de bien probado; acusar la rebeldía; girar los autos, que es ciencia de notarios y se hizo ya de la moda; a que pudiera añadir el leve trabajo de registrar índices de libros de consultas, en romance o en latín, tan claro como el canon de la misa, para hacerse espectable en el vulgo por este camino, ya que no puede por otro. También oí decir que el almanaquista mantiene comunicación epistolar con el Bachiller Don Ambrosio de Echeverría, residente en el pueblo de Mama, hombre de un juicio sólido, muy práctico en los primores de la música moderna y en el manejo del canon trigonométrico; de quien podréis informaros en cuanto deseáis saber. Dicho esto, le arrebataron los demonios, siguiendo su derrota a aquel océano de fuego.


(Continua en publicación del domingo 4 de junio de 2017)
Texto originalmente publicado en:http://revistareplicante.com/wp-content/uploads/2013/06/Sizigias-y-cuadraturas-lunares.pdf
*Texto publicado en El Sol del Bajío, Celaya, Gto. 

domingo, 9 de abril de 2017

POR USTED, ALMA MÍA




POR USTED, ALMA MÍA
-Poetas del Diezmo de Palabras-

“Por usted, alma mía,
vuelve la luz del sol
a nadar en el agua de mis ojos.”
Herminio Martínez

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DEL OTRO LADO DE LA VIDA
Mary Hernández y Víctor Manuel García

En lo que llegas a casa,
esperaré en la ventana
para ver el día
en que te acerques.
El reloj da la media noche,
Encenderé una vela
para iluminar tu camino.
En lo que el sol sale,
prepararé café.
El que tanto te gusta.
Pero si la luna se acerca
y las estrellas ya no están,
aquella puerta se cerrará
y yo te seguiré esperando...
Del otro lado de la vida.

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AUSENCIAS
Laura Margarita Medina

Sombras que no mueren.
Jinetes del pensamiento
que  amortajan el corazón.
Espejos del ayer. Versos secos.
Hojas de papel dormidas.
Imágenes que acechan en silencio
como almas, nos habitan.
No se van, nos huelen, nos vigilan.
Quieren vivir y no pueden.
Despiertan los sentidos y
nos hacen llorar el abandono,
en el anochecer de nuestra historia.

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CAMINO SIN SENTIDO
Vero Salazar G.

Camino despacio, arrastrando los pies
avanzo un paso y me regreso dos.
La vida me toma de la mano
me lleva por la ruta del destino,
no quiero apartarme de la senda
ni perderme en sus laberintos.
Me da miedo seguir
no sé lo que voy a encontrar.
Hoy quiero columpiarme en los recuerdos.
Al vaivén del tiempo, quemarlos despacio
para deslizarse sin cadenas.
Avanzo por donde no quiero
sueño sin sentido
anhelos perdidos en una realidad
donde no caben las fantasías.
No hay sentimientos en este corazón de hielo
se congelaron en los recovecos del trayecto,
ese que sigo sin querer.
Espero no me derribe el viento
no quiero llorar a la vera del sendero
donde las piedras no puedan consolarme.
El aire pasará de largo sin  detenerse.
No me dará consuelo, no me regalara una flor,
ya no podré sonreír, solo caminar… caminar.



ALQUIMIA
Diana Alejandra Aboytes Martínez

Pétalos
remolino de flores
suave contacto de tu labio en mi boca
gusto prolongado del sabor
terciopelo de tu lengua
caricia de la saliva dulce
humedades que satisfacen
la tierra de las penumbras.
Abrazo de los tactos
expresión de lo efímero y perenne.
Alquimia del beso donde encuentro a Dios
y me consumo en el infierno de la carne.

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AMOR
Diana Alejandra Aboytes Martínez

Es principio y es fin.
Sustancia intangible
que se mezcla en nuestra química.
Arde en el tacto
invisible acento.
Aquello que se mueve
detrás de la palabra
de dos que se aman.
Late dentro del sentimiento,
poema y melodía
Le habla al oído al deseo
para nacer entre dos cuerpos
que lo hacen.
Nos ata a la locura
empuja ante el abrazo
y vive en lo profundo del suspiro.
Cuando amamos,
somos carne, espíritu, letra,
compás, viento, mar...
Es un viaje al no sé dónde,
y el no sé quién se hace presente.

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ARENA Y SAL
Diana Alejandra Aboytes Martínez

Estoy mirando al mar
la brisa trae tu aroma
animal, excitante…
Embriagándome los poros
marinero seductor
arquitecto de mi playa.
Besos en movimiento azul
de lenguas como olas.
Latido profundo de un océano
instante auténtico del agua contra la roca.
Poesía en vivo,
abierta a las espumas de los acantilados
tibieza y abundancia de su néctar.


MUJER QUE SUEÑA
Martín Campa Martínez

Es domingo.
Un blues sube y baja por la ventana del silencio,
incita mis sentidos,
los enrojece hasta volverlos fuego en mi vientre.
Desnuda sobre las horas
pienso en tus labios de poeta saboreando mis lágrimas,
en tus manos de arcilla reinventando mi piel.
Abro esta ventana para que entre a refrescarme
un canto de zenzontle
desde el corazón calcáreo que luce el infinito,
pero solo llega un aroma a ciudades en vela,
de ángeles insomnes,
un sabor a sabinos con piel de barro.
Mi cuerpo lleno de ansias
se derrama como lluvia sobre el lecho nupcial
y creo sentirte entrando a mis deseos,
pero no, solo es un falso delirio.
Otra vez apago mi calor
con el susurro de esta noche.

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VACÍOS DE DIOS Y DE ALAS
Adan Morgan

Supongamos que vuelvo vacío.
Sin mitades.
Sin completudes.
Sólo [...]
herido de una costilla.
Sin cielo.
Sin miedos.
Solo […]
(Sin alas)
Supongamos que vuelves.
Y te llamo mía.
Y me nombras […] 1,2 3 veces.
Vacía.
Ausente de ti misma.
Herida de una costilla.
Sola […]
(Sin Dios)
Supongamos que somos uno.
Sin números.
Sin mitades.
Sin completudes.
Solos […]
Vacíos.
Heridos.
Sin alas […] sin Dios.
Supongamos que somos terrenales.
Tan cerca del otro.
Heridos de tantas formas.
Solos […]
Vacíos de Dios y de alas.

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MIRARTE COMO YO TE MIRO
Adan Morgan

Si tuvieras la oportunidad de mirarte.
Si acaso sintieras tu propia piel.
Si tu pecho se agitara.
Y tus manos sudaran.
Si tuvieras la oportunidad de besarte.
Si acaso sintieras explotar tus venas.
Si tus ojos quisieran traspasar la distancia.
Y tu garganta pareciera desgarrarse.
Si tuvieras la oportunidad de sentir tu aliento.
Si acaso sintieras tu propio aroma.
Si notaras la locura que causa tu ausencia.
Y el dolor que provoca la partida.
Si estuvieras en este lugar mío.
Mirarte como yo te miro.
Besarte como yo te beso.
Olerte como yo lo hago.
Entonces […] solo entonces […]
Sentirías lo que estoy sintiendo.



GAMBITO DE DAMA ENVENENADA
Alan Varelas

La guadaña en mi sonrisa agazapada,
te beso y tu alma y calma se desfasan
-lo siento, ya es muy tarde- te disfrazas,
con palabras de verdugo, triste llaga.
Dale a mi tristeza su ambrosía
que tras el llanto de un sol de mediodía
una jauría de labios, voluptuosa sinfonía,
remediará el remedio que me dabas cada día.
Que la luna otra vez sea de piedra
que una lágrima y el mar sepan igual
¡No me importa, ya había puesto yo la alfombra.
tu salida y tu olvido y mi puñal!
Una rosa a las seis mi dicha medra
se acomoda y con su aroma te descombra.

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VISITA DE ALEJANDRA
Antonio Leal

Te besé en la clavícula un domingo no sé cómo
Pero sé que era perfecta,
la anatomía no se deduce
se ve.
Fue un domingo casi casi como otros
lento de familia y comida.
Te pedí un beso torpe y dijiste que, a pesar de todo
a pesar de mí, sí.
Te besé, como aquella vez
locos en un bar de otra vida de donde salimos en un taxi
a buscar nuestro cuerpo, sólido líquido de fuego.
Acaricié tu mano y seguí al cuello, no sé cómo.
Quizá como un caracol porque fue lento y hubo baba
(no sabía que eso te gusta)
y en tu boca habita el cielo, lo sentí con mi bigote.
Qué pequeño es todo en un momento
luego la nada de tus ojos de ave como si nada fuera nada de verdad.
Un beso, luego otro hasta que, a pesar de mí
dijiste sí, sí quiero un domingo lento no sé cómo.




*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya. Gto.

domingo, 2 de abril de 2017

ATRAPADOS POR ARTURO GRIMALDO


ATRAPADOS POR ARTURO GRIMALDO

Toda historia comienza por un principio. El escritor sabe que las primeras líneas son fundamentales para atrapar al lector. Herminio Martínez, nuestro maestro y escritor incomparable, solía decir: “Las primeras líneas vienen de Dios, las siguientes de la experiencia”. En los cuentos de Arturo Grimaldo el inicio nos atrapa. “Lo único que podía encender el pequeño Nati en aquella fría y oscura noche de Navidad, era la llama de la fe; porque en su casa no había para luces, regalos, ni esferas”. Cada una de las historias del nuevo libro de Arturo, CuentaLee,  se abre ante nosotros con sencillez, con un lenguaje directo, bello, a veces erudito, otras veces paternal, como Arturo. Su amplia experiencia como docente comprometido se revela en cada frase. En sus textos encontramos fábulas, historias de terror, un uso adecuado de la parábola y la paráfrasis, humor implícito o directo. La voz de Arturo es de quien ha encontrado el camino y lo sigue consciente de que cada día se puede mejorar sobre el mismo. Utiliza a los personajes para enviar un mensaje al lector. Éste puedes ser tú. Incluso cuando recurre a las fábulas con animales, los humaniza y nos muestra los valores universales propositivos, otro de los grandes méritos de su narrativa.
            La obra de Arturo es recomendable para cualquier edad, en cualquier momento. “Creí que nunca se iría de mi lado y tuvo que volar al infinito para seguir llenando de consuelo a corazones abatidos”, nos dice en Héroe mortal. Incluso cuando el terror es el género, o el leivmotiv un asustado protagonista que no acierta a ser tan malo como aparenta, el autor no pierde la oportunidad de proponer al lector que profundice en los personajes. Nadie es tan malo o bueno como parece. Igual que en la vida real. Y en este afán de mostrar en lugar de decir, yo tampoco quiero tomar más de su tiempo y los dejo para que disfruten la narrativa de Arturo Grimaldo, quien nos atrapa con sus historias. El siguiente cuento es parte de su libro CuentaLee, sueños y reflexiones; su narrativa es fluida, lineal y con un finísimo sentido del humor. Vale.
Julio Edgar Méndez



VUELO TORMENTOSO
Arturo Grimaldo Méndez

Don Anselmo Camarena estaba muy nervioso en el andén número nueve del Aeropuerto Internacional de Villa Bajío. Unos segundos antes se había anunciado a los pasajeros, con destino a los Estados Unidos, que deberían abordar el avión de la compañía Aero-Jet para despegar en media hora.
            Era la primera vez que viajaba en avión y los nervios comenzaron a traicionarlo. Su esposa Ofelia, en cambio, estaba un poco más tranquila, porque ya había vivido una  experiencia similar, cuando joven.
            Una maleta sin marca y medio vacía era todo el equipaje de cada uno. También  una pequeña mochila donde él llevaba sus cosas personales y un par de libros, era lo que le acompañaba. Mientras esperaban en el aeropuerto, escuchó las noticias del clima y vio las imágenes en la televisión, en donde indicaban que las condiciones atmosféricas para ese día no eran muy buenas. Eso contribuyó para que se incrementaran sus inquietudes.
            ─Espero que este aparato aguante todas las inclemencias de allá arriba y si no, que Dios me agarre confesado  −pensó−,   mientras subía la escalera de la aeronave.
            Una vez en el interior, y explicado a los pasajeros todo el protocolo de cómo actuar en caso de accidente por parte de las azafatas, el señor Camarena se acomodó en el asiento del lado a la ventanilla y justo en esa dirección, podía observar el ala del avión.
            El ruido de los motores y un leve movimiento, fueron los signos de alerta de que el despegue estaba por iniciar. Primero de manera lenta, luego mayor velocidad y por último, un desplazamiento muy rápido. Todo eso hacía ver que los objetos, las casas, los árboles y las personas, se alejaban muy de prisa de los pasajeros. El espectáculo se fue haciendo cada vez más emocionante, porque atrás quedó en miniatura todo lo que tenía raíces y  ahora, solo las nubes eran quienes brindaban su mejor color. Por un momento, pareció que el avión quedaba suspendido en el espacio y ya no fue posible calcular la velocidad, pues nada pasaba frente a la mirada expectante de los curiosos, que, como don Anselmo, iban viendo el exterior de la aeronave.
            Varios minutos después de iniciado el vuelo, don Anselmo preguntó:
            ─Oye, vieja ¿Qué aquí no darán nada de comer? Ya tengo hambre.
            ─Parece que no. Creo que todo te lo venden  −le respondió doña Ofelia.
            Sin importar que los demás pasajeros se le quedaran mirando con enfado, don Anselmo le gritó a una de las azafatas que acompañaban en el viaje.
            ─Señorita Zapata, ¿A qué hora nos van a dar de comer?
            ─Perdón, señor, pero todos los productos los ofrece la compañía de aviación a precios módicos. ¿Desea tomar algo?
            ─Pues claro que sí, deme una torta o unos tacos, o lo que caiga primero.
            ─Discúlpenos pero ya solo traemos refrescos, agua y galletas.
            ─¿Y cuánto cuesta cada cosa? –volvió a preguntar don Anselmo.
            ─Cuarenta y cinco pesos cualquier producto.
            ─¡Queeé!  si en mi rancho esas galletas cuestan seis pesos, señorita. Esto es un abuso. Muchas gracias, mejor me quedo así como estoy.
            Unos minutos después, su esposa le corregía  −para que en otro momento no se equivocara y la hiciera quedar mal ante los demás.
            ─Viejo, no se dice señorita Zapata, es Azafata.
            ─Sea como sea, de todas formas dan muy caras las galletas  −le dijo−; oye chaparra, a propósito, este avioncito va muy lento, ¿no? ya llevamos mucho tiempo de camino y no llegamos. Ni que el pueblo de Tijuana estuviera tan lejos. Yo traigo en mi reloj las ocho de la noche y todavía andamos en las nubes.
            ─No, viejito, recuerda que de México a Estados Unidos hay una diferencia de horario y como Tijuana es frontera, tiene el mismo horario que allá. Llegaremos a tiempo, no te preocupes.
            Y como si se tratara de un sueño, no bien se había acomodado para leer, dormir o lo que ocurriera primero, unas indicaciones por el altavoz del avión indicaban que en ese momento comenzaría el descenso de la aeronave.
            Ya en la sala de espera y de llegada, don Anselmo se mostraba inquieto y se dirigió a su esposa:
            ─Aquí me esperas, mientras voy a bajar las maletas del avión.
            ─No, viejito, tú no tienes qué bajar nada, ahorita nos las entregan en otra área. Llegarán solas, en una banda que las trae.
            ─¡Cómo que en una banda! ¿Qué es eso?. Yo tengo que ir por las maletas. ¿Qué tal que se las roban?
            ─No se las pueden robar, están marcadas y tienen nuestros nombres –le respondió su mujer.
            ─Pues yo no estoy muy convencido de eso, pero si tú lo dices…
            Unos minutos más tarde, las maletas de los pasajeros comenzaron a dar vueltas en la banda transportadora y don Anselmo, asombrado por aquel invento, tomó las de ambos. Se dirigieron a la salida del aeropuerto, donde los esperaba su sobrino, Rogelio, en una camioneta, para llevarlos a su casa.

            Después de los saludos y abrazos por la alegría que les ocasionaba que su tío estuviera de visita,  su sobrino y su esposa comenzaron un breve viaje de dos horas para llegar al domicilio.
            ─Han de tener hambre, tío, vamos a llevarlos a comer algo aquí en la frontera –les dijo su sobrino.
            ─Pos la mera verdad sí tenemos hambre, Roge. En el avión vendían puras galletas…
            Saciada el hambre tan agobiante, emprendieron el regreso al domicilio de los anfitriones y durante el mismo, don Anselmo casi no hablaba, iba “pegado” al cristal del automóvil mirando todo lo que podía, como asombrado por estar en tierra extraña. Todo era nuevo para él.
            ─Llegamos, tío. Esta es mi casa  −le dijo Rogelio.
            ─Qué bonita casa tienes, sobrino, te felicito por tu esfuerzo y dedicación para lograr tus sueños. Creo que ha valido la pena estar tantos años lejos de tu país, de tu familia y de tus amigos para conseguir esto.
            Una vez  instalados en la recámara asignada, se dispusieron a cenar y luego a descansar. Las sorpresas del día siguiente los esperaban. Por la mañana, un rico desayuno y la primera  impresión llegó.
            ─Tío, nos vemos más tarde, se quedan en su casa. Mi mujer y yo nos vamos a trabajar.
            ─¿Cómo está eso? ¿Y qué vamos a hacer aquí encerrados mi mujer y yo? ¿Qué no vamos a platicar, a convivir, a tomarnos unas cervecitas bien frías, como allá en el rancho?
            ─Será por la tarde, o en la noche, cuando regresemos, tío.
            Sus familiares se fueron a toda prisa para llegar a tiempo al trabajo. Luego de unas horas, don Anselmo ya estaba un poco fastidiado y daba vueltas en la sala, como mapache en cautiverio.  Se salía al jardín, prendía y apagaba la televisión y nada calmaba sus nervios. Intentó leer, pero hasta las letras le sabían desabridas en un país donde el tiempo es oro, en donde la rapidez para hacer las cosas, para desplazarte de un lugar a otro, es el pan de todos los días; También la poca convivencia con las personas ajenas era común entre todos.
            El condado donde vivía su sobrino le pareció muy bonito, y sin saber que no era el Rancho “El Tepozán”, sino el Estado de California, donde se encontraba, al día siguiente, salió a la calle a dar un paseo.
            ─Gud mornin  −le dijo a una “güera”.
            ─Good morning  −le contestó amablemente la señora.
            ─Yu spic inlish?
            ─Yes, of course. What do you need?
            ─I not onderstan. Yo espic spanish. Tenkius  −le dijo−,   intentando darse a entender con la señora que amablemente le preguntaba si podía ayudarle o necesitaba algo.
            Sin más, dio la media vuelta y se alejó un poco apenado por no poder continuar con la plática. Regresó a la casa de su sobrino con dificultad, pues la distancia que había recorrido era considerable. Luego de varios minutos reconoció la fachada del domicilio de sus familiares.
            ─¿Dónde andabas viejo? me tenías con preocupación −le dijo su mujer.
            ─Salí a buscar trabajo por aquí cerca, pero no me dieron porque dicen que mi inglés no es muy bueno −le contestó a doña Ofelia.
            ─¡Qué trabajo, ni qué trabajo! vinimos a conocer los Estados Unidos y a descansar unos días, no a trabajar  −volvió a decir ella.
            ─Pues será el sereno, pero yo después de estos cinco días ya me siento muy aburrido y me quiero regresar a México, a mi rancho, viejita.
            ─No seas tan desesperado, Anselmo, mira que tu sobrino nos va a llevar el fin de semana a conocer el centro de la ciudad de los Ángeles, a la calle esa tan conocida donde están las estrellas de los artistas y personajes más famosos del mundo.
            ─Bueno, pues que sea lo último que hacemos aquí porque yo extraño mucho el rancho, las vacas y la parcela.
            Llegado el fin de semana, puestos sus huaraches nuevos,  bermudas hawaianas, lentes oscuros y su cámara fotográfica en mano, se dispusieron a conocer la Avenida de las Estrellas y cuanto lugar atractivo se les atravesara. Quedaron encantados, pero muy pronto se les borró la sonrisa, cuando recordaron que al día siguiente, luego de cinco días de estancia entre gringos y mexicanos, tendrían qué regresar a su patria.
            ─Pero una cosa sí te digo, viejita. Yo en avión no me regreso. Prefiero devolverme en camión. Ese avioncito en el que nos vinimos por poco y deja mi columna sin movimiento.
            ─Pero viejo, en camión haremos como dos días de camino. 
            ─No importa. Yo no me subo más a ese pájaro de fierro.
            Y no pudiéndolo convencer de las grandes distancias y de un viaje tan largo por carretera, don Anselmo y su señora Ofelia emprendieron su regreso al rancho. Él, con los ojos cerrados y pensando en voz alta para sus adentros, se saboreaba la comida que ya lo esperaba en su casa.
            ─Hambuguesas, ¡Bah!...Un birote con frijoles y su chile en vinagre, qué. Pollo kentoqui,  mis polainas… mi caldo de gallina de rancho, cómo no. Ay sí, ay sí, pan blanco Woonder para  comer… yo quiero mis tortillas hechas a mano, vieja. Uy, uy, salsa barbiquiur. Ya sueño con mi chile de molcajete, como tú lo sabes hacer. Y qué tal sus papas, agua y galletas en el avión… Cómo extraño el itacate que me pones cuando voy en mi carro de mulas a la pastura. Esto es vida y no gringaderas, mi chula, ¿O no?

            Doña Ofelia ya no le respondió. El sueño y las emociones vividas un día antes, le habían vencido. Movía sus labios de manera extraña. Tal parecía que intentaba pronunciar correctamente la palabra H o ll y w o o d.


*Arturo nació en la Comunidad de la Esperanza, municipio de Dolores Hidalgo. Es el antepenúltimo de quince hijos. Estudió el bachillerato en el Seminario Diocesano de Celaya. Estudió  la  carrera de Licenciado en Administración de Empresas y posteriormente  cursó  una Maestría en Desarrollo Docente en la misma Universidad, ESCACE. Es miembro del Taller Literario Diezmo de Palabras y amante de la lectura. Ha publicado los libros: Mis dos amores, Flores del paraíso y CuentaLee, Sueños y reflexiones, antología de cuento corto.

**Todas las ilustraciones son obra de la artista celayense, Rosaura Tamayo, y fueron hechas expresamente para el libro CuentaLee, de Arturo Grimaldo. 

***Texto publicado en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

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