domingo, 23 de abril de 2017

Y SE HIZO LA LUZ


Y SE HIZO LA LUZ
-Día mundial del libro-

En un lugar de las redes sociales, de cuya página no quiero acordarme, no hace mucho tiempo posteaba un mirrey de los que tienen más nombre que dinero.  Compartía su blog con una asistente que pasaba de los cuarenta y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un programador que así como borraba entradas viejas también preparaba el café. Andaba la edad de nuestro junior en los cincuenta años; era flaco, ojeroso y sin ilusiones. Es, pues, de saber, que este mentado mirrey, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba a leer todos los muros de sus contactos en el feisbuk, con tanta afición y gusto que olvidó por completo salir a los antros, y aún la administración de su herencia; y llegó a tanto su curiosidad por stalkear a los demás, que empeñó muchas cosas de su casa para seguir comprando más megas de internet.
            Si Miguel de Cervantes Saavedra hubiera vivido en nuestra época, tal vez no le habría parecido tan descabellado comenzar así su maravillosa historia del ingenioso hidalgo, don Quijote de la Mancha, o abría muerto de coraje al leer algo tan irreverente. Pero un texto siempre es parte de su momento histórico. Es la lectura lo que nos ubica en el tiempo y en el espacio.
            Leer, aunque sea poco, siempre provocará una reacción impredecible. Leer mucho, dicen, afecta la cordura al grado de concebir en la imaginación que todo puede ser posible. Pero no leer, es garantía de seguir en la más completa oscuridad. Y fueron precisamente los libros impresos en la máquina de Gutenberg (creada desde el año 1438) lo que permitió a la humanidad salir de aquella época de oscurantismo y ayudó al renacimiento de la ciencia, del arte y la historia.


            En 1547 nació en España Miguel de Cervantes Saavedra. En 1564 nació en Inglaterra William Shakespeare. Su obra ha permanecido desde entonces. Sólo la Biblia (como libro) ha tenido mayor trascendencia que los textos publicados por estos genios inmortales. De la Biblia (que es en realidad un grupo de textos de diferente origen y varios autores) se han publicado entre 2.500.000.000 y 6.000.000.000 de ejemplares en 438 lenguas diferentes.
            De El ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, se han publicado entre 200 millones de ejemplares y 400 millones. El Quijote es también el libro más traducido de la historia de España.


            De la obra publicada de Shakespeare sería imposible conocer las cantidades de libros editados o vendidos, pero se ha traducido a muchos idiomas; sus obras de teatro se reproducen todos los días en alguna parte del mundo; su poesía es estudiada, copiada y parafraseada en cualquier momento. Tan sólo estos dos autores, Cervantes y Shakespeare, han sido capaces de inspirar grandes obras, sueños imposibles y romances eternos. Todo a través de un libro.
            Pocos años después de que se publicara el Quijote de la Mancha, en 1605, circuló una segunda parte que fue escrita por alguien con el nombre (falso) de Alonso Fernández de Avellaneda. Este libro apócrifo no deja de ser interesante. Eran los inicios de las obras impresas y ya había plagios, copias no autorizadas y piratería. Nada que no conozcamos actualmente. Pero este Quijote de Avellaneda fue el incentivo para que don Miguel terminara su verdadera segunda parte del ingenioso Hidalgo y de una vez por todas le diera muerte al personaje, para evitar que alguien volviera a hacer caminar por la Mancha a su ilustre caballero. Según Alfonso Mateo Sagasta, en su libro Ladrones de tinta, existieron varios escritores de la época de Cervantes que pudieron ser los autores de esa segunda parte apócrifa, pero son dos los que destacan entre los demás: Jerónimo de Pasamonte (Ginés de Pasamonte en el Quijote) quien se sintió ofendido por el personaje y Juan Blanco de Paz, quien junto con Cervantes estuvo cautivo de los moros y delató el intento de fuga de don Miguel.
            En la verdadera segunda parte del Quijote de la Mancha, el caballero de la triste figura descienda a la cueva de Montesinos (que es real y se ubica en Albacete, España) y se queda dormido mientras está sujeto a una cuerda. Este lapso de aproximadamente una hora (según Sancho) le pareció al Quijote como de tres días. Ahí se encontró con el propio Montesinos y vivió una experiencia fantástica, por decir lo menos (Cap. 22 al 24). Como la literatura es siempre una obra en proceso, 400 años después, Herminio Martínez, en su novela El mar que nos espera, retoma este episodio y nos cuenta lo que su personaje vio dentro de dicha cueva. Así son los libros, historias vivas que nos permiten salir de la oscuridad. Y se hizo la luz. Vale.
Julio Edgar Méndez




EL MAR QUE NOS ESPERA
(Fragmento)
Herminio Martínez

Capítulo 37
Después del alba, ya casi al amanecer, tuve este otro sueño. Me hallaba con don Quijote de la Mancha en la biblioteca conventual. Lo veía y él me veía, pero lo más maravilloso era lo que me contaba que vio cuando Sancho lo hizo descender al fondo de la Cueva de Montesinos:
Vio una polvareda de plumas que no se dejaban atrapar por ninguno de los apologistas que allí andaban mostrando antecedentes de ser buenos gramáticos, pero él, siendo quien era, no pensó que aquél fuese el polvo de oro de las grullas del cielo, sino el de los arcángeles que acompañaban a Dios en su corte de efebos. Había códices en los que se relataba la creación del cosmos. Sustancias anteriores al Diluvio Universal. Amantes impávidos salidos unos instantes de la profundidad del desvarío al duermevela de la realidad que era su sueño. Estribaciones olorosas a guisos y carnes en parrilla. Un sol saliendo de todos los cajones y aun de sus propios poros olorosos a la retama de los montes. Obispos con mancuernillas y zapatos. Mujeres de duras prominencias. Abejas que él sentía tener al lado suyo. Tropas en desorden, que, vestidas con ruanas verdes, podían alcanzar los panoramas del delirio en los flancos neblinosos de una tierra sin  nombre, donde se saboreaban inenarrables victorias al mando de su admirado Amadís de Gaula, quien allí iba llamándose con el único nombre que el desfigurado Hombre de la Mancha recordaba: Beltenebros, como en la penitencia que hizo para no dejarse arrastrar hacia los despeñaderos de la lástima. Vio pendientes de días trabados en luz como si fuesen carretas descompuestas. Orillas que manaban colores sólidos. Elipses de burbujas, donde le llamó la atención, por sus pocas prendas, una Belerma encinta, puesta de pie sobre un suelo de alfombras de insectos venenosos. "A nosotros ya nada ni nadie nos podrá separar -le dijo, festonada por las agujas giratorias de un remolino luminoso-. Ni Durandarte ni Merlín, ni siquiera el tiempo con su lluvia de siglos". Agregó, espantándose una golondrina de la sombra. Allí conoció el apocalíptico parto de las orquídeas y el rugir de un preste, quien, bisojo, alardeando de erudito, se postraba ante una fuente sollozante. Surcó más territorios de ensueño y se dejó caer sobre un piso que retumbaba de tambores. Había noviembres regresando del polvo con sus rojos vestidos de longevidad, cosidos con hilos de oro por ángeles enfermos. Y horribles alimañas de ojos anhelantes que eran lámparas con el aceite vivo. Vio soldados con unas caras de desolación que no podían con ellas. Rumores como de hojas secas rodando sobre un piso de cuernos. Veía. Escuchaba. Veía... El templo color rubí de la palabra escrita. Un viento de astillas húmedas investido de ausencia. El fuego lento de la senilidad antes que cantara la aurora a la orilla de un lago custodiado por una multitud de enamorados de manos grandes y vacías. Cadenas de peregrinos conducidos por una mujer morena con huesos y músculos de hombre, en tránsito hacia el país de los espíritus. Era el mes de las lágrimas. O las voces de una rencorosa amargura venida de fronteras inimaginables. Vio orinales de vidrio repletos de rosas blancas bajo una llovizna intermitente. Una colección de curiosidades de terciopelo pálido en el que el olvido hacía sus siestas de ocio sobre un piso de huesos. Un loco trapajoso pronunciando su nombre con ternura. El dibujo de una cascada cayendo llena de música sobre los hombros de un ser oloroso a hojas de nabo, sólo que feo y estúpido hasta el extremo más odiable.

Vio melocotoneros retorcidos, igual o peor que los que se amaron mucho pero no quedaron satisfechos. Atardeceres verdes dejando caer pulgadas de musgo sobre las calles y los templos. Vecinos de nadie, sentados en escalones invisibles. Celosías de cobre, llorando o cantando al ritmo de una sombra. Cabezas de perro, dejando escapar pausadamente el salmo de unos gruñidos fatigados. Caminos huérfanos de pasos, pero pletóricos de varas de oro ante las que se inclinaban los caballeros y los zorros. Manchas de hierba metiéndose a los patios sin permiso. Alborotos de nostalgia al borde del descuido. Mendigos reconociéndose en la sombra de un árbol derrumbado, la cual sonaba en una melodía tintineante e iba dejando granitos de sal en la lengua de las personas infelices. Y un vendedor de orejas secas puestas en salazón ante un círculo de comerciantes y fantasmas con  pelos de ceniza. El cielo era una sábana de lumbre cobijando los pueblos donde la gente agonizaba con un ritual antiguo en la garganta. Vio copas de sombreros extraños modelando cabezas de hebreos bajo la dirección de Suevia y Norica, las dos esposas de Ariovisto, el vándalo. Las contempló enverdecidas por musgos interiores, comentándole los pormenores de la guerra de Troya al monje Alcuino. También allí había dos fetos gigantescos, arrebujándose en una edad en la que no eran ni pájaros ni flores, pero con el emblema de su estirpe bordado en una banda carmesí que los mantenía unidos por sus partes. Vacacionistas irredentos defendiéndose del verano con jerigonzas enervantes. Centenares de hérulas que sólo vivían para triar telas y narrar cómo, por qué y por dónde, a los buenos poetas las malas noticias les llegaban en lunes. Ojivas que eran libros de cemento. Plazas limpias de anuncios comerciales y coliseos repletos de señores que hablaban con un barniz de clásicos. Vio mercados y tabernas que se llamaban Aristóteles, Platón o Sócrates. Callejones, iglesias, zaguanes y torres de relámpagos. Recovecos de eremitas intonsos llorando a los pies de alguna estrella, la cual tenía el rostro de Hera, la esposa de Zeus, en el momento de parir a Hércules. Castillos de cuyos sótanos emergían lamentos. Haces de aristas relucientes. Laberintos tapizados de venerables y conquistadores tralla en mano, mismos que, aunque pintados, aún podían inspirarle terror al mundo entero, así fuese desde el polvo de una ceja arqueada o el salitre de una boca muerta. Moles grisáceas, construidas por el temor y el infortunio, dijo una voz que no era de animal, ni de hombre, sino la niebla misma. Reinas con arestines de carmín. Espejos cojitrancos saliendo de una habitación hacia un tiempo distinto y con la pasión reflejada en cada luna. Monjas tras los cristales trémulos de otros tocadores. Bellezas sin sosiego con una brasa en el ombligo, a la deriva y acariciándose los flancos por los que chorreaba líquido espumoso. Sedes consistoriales de otras realezas y un ángel de la guarda que todavía no era hijo suyo, pero bien se dio cuenta que era él mismo en un rincón de locos. Vio luces entre conspicuos de vuelos arrasantes, que ensombrecían y embravecían los cielos, dándole rienda suelta a la lucubración de no saber quién o quiénes habían otorgado, a semejantes policías volátiles, el derecho de dejarse caer sobre la vida. Mil veces más volvió a padecer aquel derrame de prodigios. Estaban los intelectuales en la delicia de su cuerda. Presencias insufribles y otros especímenes pensantes, pero de naturaleza pusilánime, prepotentes ocultando la cabeza en cualquier hoyo después de discutir. Pastores que conducían rebaños elegantes hacia una colina de reminiscencias apagadas, en las que, aparte del árbol de la buena ropa, conoció las garrulerías de unos orates frívolos, cuyas farras de órdago eran lo más notable en las mañanas caliginosas de aquel mes desconocido en que vio al Hijo del Hombre postrado ante una tropa de alquimistas, pagándoles con gritos para que le ayudaran a hacer eterno su presente. Pero en tales circunstancias, él era únicamente un camino o acaso el sollozante diapasón de una guitarra muerta... Después, el orbe se hizo caos, vacilación y prisa a bordo de la ilusión en que viajaba, a punto de volverse un ser azul, con plumas en la boca y una enorme cabeza en los omóplatos, pero se salvó de convertirse en tal plumífero, gracias a la carta que un pájaro le trajo, en la que Lanzarote del Lago le comunicaba que Dios Nuestro Señor lo recordaba mucho. Era el atardecer o el amanecer de un domingo de vientos pintados en las nubes. La vibrante ardentía de porras y aclamaciones en su honor, saliendo de las grietas. 



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