domingo, 14 de octubre de 2018

LA FICCIÓN COMO CIENCIA



LA FICCIÓN COMO CIENCIA
Por: Julio Edgar Méndez

Según Oscar Wilde, «ningún gran artista ve las cosas como son en realidad; si lo hiciera, dejaría de ser artista». Héctor Manuel Ortega Mendoza no escribe lo que ve, sino lo que percibe.
            Estudió la licenciatura en Ciencias de la Comunicación en la Universidad del Valle de México, en Querétaro, donde estudió guionismo y fotografía. Tal vez por esa razón sus cuentos, ensayos y poesía tienen una textura visual, donde la narración muestra -a manera de escenas teatrales-, a los personajes como si los tuviéramos enfrente. Es cuando el lector deja de leer y comienza a “ver”. Y Héctor sabe que cuando vemos, también sentimos. Entramos en la atmósfera que ha creado y nos conduce con maestría dentro de “su realidad”.
            Su primer contacto con un cortometraje lo tuvo a la edad de 20 años cuando actuó en el corto titulado El Arcángel Miguel, historia original de Juan Tovar y adaptada por el cineasta y documentalista Manuel Herrera, producido por Dora Guzmán y el cinefotógrafo Toni Kuhn, en Querétaro. También estudió teatro en la Compañía Universitaria de Repertorio dirigida por Rodolfo Obregón y trabajó para la Compañía de Experimentación Teatral. Más tarde dirigió talleres de actuación en Casa de la Cultura de Cortazar y obras de teatro, además de escribir guiones experimentales. Ha trabajado como asesor en jefe de guionistas en la elaboración del guión de la serie televisiva Criminales, así como asesor y responsable del área administrativa y control escolar en Bachilleratos, donde promueve y organiza talleres de narrativa, lectura y literatura, además asiste regularmente al taller Diezmo de Palabras. Actualmente trabaja en la elaboración de guiones literarios para cortometrajes en la productora Gran Angular, para diversos proyectos. Preludio, de un cuento original de Joy Rivera, fue su ópera prima y dirigió también al actor Damián Alcázar en el cortometraje.
            Cuando Héctor dispone de algún tiempo libre (muy escasos), escribe, y escribe lo que no se ve. Sobre todo, lo que sucede en una realidad alterna. La de otros mundos, tiempos o dimensiones. En Protocolo de transferencia, dos personajes son despertados de un sueño largo. Tan largo como la muerte misma, de donde un androide -con características de Demiurgo-, los traslada a un plano de existencia virtual para contemplarlos en su entorno natural. Tiene curiosidad, -¿sueñan los androides con ovejas eléctricas?- preguntó Philip K. Dick y desde entonces todo escritor de ciencia ficción no deja de cuestionar lo mismo: ¿En dónde comienza la ficción y termina la ciencia? Tal vez esa pregunta sólo la puede contestar cada quién según su propia experiencia. Héctor Ortega no pregunta. ¿Para qué? Él ya sabe la respuesta.



PROTOCOLO DE TRANSFERENCIA
Héctor Ortega

TA-San-9, (más conocido sólo como 9San por su comunidad), es un androide de séptima generación dedicado desde los últimos tres ciclos de generaciones robóticas a la neoantropología y al estudio de campo del redescubierto humano puro. De su trabajo más reciente ha logrado recolectar información devorada por el viento solar en los desiertos del planeta tierra. Recogió muestras de una vieja y polvosa tarjeta de memoria de acceso, proveniente de una híbrida inerte, perdida siglos atrás en el inaccesible archipiélago antes conocido como Mesocalifornia.    Toda esa información fue llevada hasta el laboratorio y ahí, habiendo reinstalado desde los accesos aleatorios, ha encontrado que los últimos momentos de ella ocupaban mucho del sector de arranque. Ella guardó ahí sus últimas memorias, la información de su ADN y los procesos para sobrevivir en la luna terrestre. Los recuerdos de los híbridos sin nombre, como ella, son valiosos en la medida que recuperan datos de algunas de las costumbres humanas.
9San revisa de inmediato su propio sistema límbico para recobrar la información acerca de los sistemas reproductivos del desaparecido humano, y de los seres vivos llamados mamíferos. Solicita de inmediato acceso a la base de datos para recuperar el tridimensional holográfico del retrotipo de un humano. Central envía el modelo que, absorto, es revisado por 9San. Observa cómo fue esa antigua creación natural. Sabe que está a punto de descubrir algo que revolucionará lo que hasta ahora se sabe de ellos, de esos seres atípicos llamados humanos.
            Asombrado de su parecido con ellos, 9San observa en el modelo una de sus extremidades y los compara con sus cinco dedos replicantes. Algo se enciende en sus pulsos de leds. Recuerda haber grabado en su idioma de pulsos eléctricos, antiquísimas librerías virtuales encontradas hace siglos, donde se dice que, en uno de los géneros humanos, ese espacio vacío era complementado por su contraparte, un plug húmedo que acompañaba al resto del organismo en trémulos movimientos erráticos. Supo también que estaba cerca de descubrir qué fue lo que llevó a la humanidad a su nacimiento, a su dominio de un planeta y a su destrucción. La revisión rápida de las memorias guardadas por la híbrido, tienen un factor común: la palabra sexo aparece extraña por todas partes, en todos los rincones del mundo humano, tanto como dinero y religión, pero diferente, misteriosamente tangible e incuantificable. Esa palabra que como un dios humano era venerado, se escondía debajo de todo ese cúmulo desordenado de órganos.
            El robot, apenas procesa información, la transmite a central. Hace la solicitud de traductores nemotecnólogicos, que describan lo que parece la danza primitiva de un antiguo acto reproductivo. Dispuesto desde la sala de control inicia el proceso con una solicitud en código alfabético y ellos —el humano y la mujer híbrida— despiertan, ella resucitada desde su cápsula criogénica y él por hologramas de tangibilidad. 9San observa desde atrás de la ventana de poli-metil-meta-crilato con su lente angular, como un voyeur, como un pequeño juez que juzga sin palabras, con sus sonidos apenas perceptibles de microcircuitos, esas pequeñas y transparentes piezas de carbono que ajustan sus movimientos.
            Recuperados ya los archivos a través de lotes encriptados, en ese antiguo y arcaico sistema, ahí, en el más recóndito sector, el autooperativo ejecuta una aplicación de la que se enciende automáticamente el proyector holográfico de tangibilidad, el Mud-SS3. Entonces apareció él: el recuerdo de uno de los últimos humanos puros en un holograma minuciosamente real. Era difícil determinar su raza, las últimas generaciones estaban tan mezcladas que resultaba casi imposible —incluso para ellos— determinar su origen. Despertó como mortecino, como aletargado de siglos, en una luz holográfica que reinterpretaba sus ojos luminosos entreabiertos. Ella, despierta de su muerte ya, esperando desde su último lance de humedades hace siglos lejanos, lo esperó a que reaccionara.
            Ella, que tiene el aura pacífica de una beata, parece saber que esperó todo este tiempo. Lo ve desde su altura con ojos amorosos, y él, apenas se da cuenta de su presencia, despierta por completo y le dice —sin ser comprendido por 9San— que ha soñado, que siente haber dormido siglos, y que todos esos vastos campos de flores oníricas eran sólo el epílogo de volverla a ver. Ninguno de los dos sabe que son a la vez un sueño electrónico. Que esta vez el dios que los observa es un autómata, y que sólo viven para recordar este momento una y otra vez. Así, ella se acerca a él sin decir palabra alguna, con una lentitud incomprensible después de un milenio y medio de esperas, ignora parte de lo que le dice, no le responde, sólo comienza a acercarse para ser olfateada, para permitir que él le deslice lentamente unos de sus dedos antropomórficos por el blanco y cálido murmullo plástico de su espalda. Recordaba los mares ansiados, las torturas del olvido en que le condenó desde la última vez que tuvo razón alguna de ella. Volvió a recorrer ese lienzo terso de inmovilidad, para atraer con anzuelos de tiempo el recuerdo de su olor, del peculiar aroma de su piel. Se dicen cosas, el idioma no es ni siquiera uno de los que muestra el milenario catálogo de wikiexlibris, no hay registro de tales palabras humanas en los archivos antropológicos. 9San regresa una y otra vez por el sistema recorriendo sectores que no encuentra, mientras su única y potente lente observa. Por momentos ella se ve en una sorpresiva sombra que pasa por su mente: años atrás, muchos años atrás una condena le fue asignada por error, ella nunca dijo nada; nunca porque en su muerte dedicó su última mirada a ver los ojos de él, su último suspiro a reparar en su pulso, su último latido a dejar el mundo con un orgasmo infinito. Si ese momento valió para ser llevado un milenio después a la lectura de su código para encontrar el vacío de su procesamiento, valió la pena.


            Él se incorpora poco a poco, le besa con lentitud como si no hubiera pasado el tiempo, le toma del cabello y lo alisa con sus dedos. Se abrazan como si lo que entre ellos existiera fuera algo más que un nexo fisiológico: los une un misterio. Él le quita el manto que la cubría, el sistema analiza los tejidos: polyester y algodón, desaparecidos también pero muy conocidos. Le toma del cuello y lame su clavícula. Ella levanta su cabeza y deja ver su incisión del lado izquierdo, de donde es fácil suponer que le fue colocado el cerebro transgénico y su memoria electrónica. Su vientre desnudo es un valle conocido, un terreno fértil de llanuras exploradas por él. Su parte electrónica es tan ávida como sus humanos senos anhelosos, que él recorre con sus sombras en los labios, con nuevas palabras incomprensibles, con murmullos que más bien parecen ser origen de otros mamíferos. El sistema dispone información en nanosegundos, química sanguínea, escáner de órganos funcionales, el nombre de cada uno de los huesos, músculos, y el sistema nervioso que se ilumina en la pantalla de referencia. El robot califica de asombroso lo que observa en el informe de salida primario.
            Reconoce el apéndice masculino, reconoce los dedos en el extremo de los brazos que tocan al otro en sus intimidades, y tal como lo investigó, luego de observarse, su violenta convulsión para atraerse, sus incomprensibles sonidos, sus roces incontrolados, su completa ingobernabilidad. Él la penetra, ella se encorva. La danza de emisiones multicolores invade sus registros. Ella masculla ritmos prehistóricos, él balbucea melodías intemperantes, se detienen, se observan y 9San no puede entender esa fuerte debilidad, algo se transmiten, algo que se detecta pero no puede saber qué es.
            Ella le muestra su espalda. Hemisferios disímbolos aparecen ante los ojos de él, la columna se dibuja bajo su manto de acrílico molecular. Puede ver su sexo, como también lo hace este robótico testigo impávido, y las condiciones ya conocidas por el sistema se autocorrigen, detectan diferencias entre modelos catalogados y reasignan estudios de forma. Él regresa a ella, la toma de las caderas, la sostiene con una fuerza calculada y la invade en vaivenes. Niveles de presión arterial suben, la central bioquímica detecta olores, la médula positrónica de ella reacciona, eleva una cantidad de feromonas determinada, la oxitocina viaja ya entre ellos. Su fusión neural es inexplicablemente real. El informe de vasopresina dice que están unidos, claro que es evidente, pero el informe se refiere a un estado que se consideraba un mito. Milenios de ciencia están ante la central, juzgados fríamente y lo que encuentran es pasmoso: los humanos hablaban de privilegios para entidades divinas, que no eran posibles, pues resumían la evolución en un nanosegundo de placer; y cuando ellos gritan, suben sus voces dolorosas, implosionan en un universo interior, desconocido, inexplorado para esta generación de nuevos dueños del mundo, parece que la realidad es algo subjetivo. Se separan, se observan, no dicen nada, se recorren con sus dedos, con sus terminales, con sus agotamientos marcados por la glucosa que ha sido metabolizada y la energía aún se puede calcular alrededor de ellos.
            Verlos amarse era una incomprensible iluminación de leds anunciando un protocolo, un antiguo y fascinante lenguaje apenas mencionado por los cerebros expertos como un medio de comunicación humana, sin palabras, sin ademanes, apenas impulsos eléctricos binarios, su retorno a una prehistoria incluso desconocida para los propios replicantes humanos recién desaparecidos.
            La lente angular ajusta un milimétrico campo de visión entre ellos, ella lo ve y él a ella. Respiran agitadamente, cada vez menos, cada vez un suspiro, y él enlazado a sus ojos dice algo que sale de sus labios de forma casi imperceptible. 9San regresa una grabación alterna, escucha atentamente, sube el volumen, corta un clip de grabación sobre el sonido que el humano emitió, envía a central, espera dos segundos, central le regresa información:
            <>.
            Los robots, sobre todo los androides —como 9San— que han estudiado al género humano por necesidad, saben de la existencia de esos <> incalculables, a veces contingentes, otras veces trascendentes. ¿Cómo puede algo ilusorio como un sentimiento ser tan valioso? Binarios viajan por sus cables intermedios cada vez más rápido, ininteligiblemente. Pasa tiempo que no calculó tratando de procesar la información. Central le dice que los humanos hablaban del alma, como una entidad que se les dio por una divinidad, pero al mismo tiempo no creían en esa divinidad, no era calculable ni demostrable. Los humanos eran muy complejos, tanto como la ciencia, como la química de la que el amor fue por mucho tiempo su elixir, la química de la existencia. Creyeron que eso los salvaría, pero ahora se sabe que no.
            9San ejecuta un comando y todo el sistema se apaga. En la oscuridad del laboratorio queda el robot inmóvil, procesando, y esa imagen de ellos unidos como uno, que se desvanece detrás del cristal, se eleva en tantos filosóficos. Nada de todo lo mucho que sabe de los humanos explica este descubrimiento que cambiará la forma de ver al homo sapiens.
            9San se dice a sí mismo como conclusión, en signos informáticos, en su idioma: <>.




*Texto publicado en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

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